Luz de Sombra (Fragmento novela)

Luz de Sombra

                                                                                    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

El hecho fatídico

Eran las seis y treinta minutos de la tarde de aquel día nublado, a principios  del mes de mayo del año 1944, cuando se produjo aquella fatídica emboscada en la Avenida Independencia de San Pedro de Macorís, una localidad ubicada al este de la República Dominicana, en el mismo corazón del Caribe.

El chofer del taxi salvó milagrosamente su vida; desafortunadamente, Alondra, la desventurada  Alondra…

En esta vida todo tiene una razón de ser. Aun los enigmas tienen una explicación, independientemente de que ésta no sea conocida. Pero en el caso de las damas a las que por infortunio les ha correspondido nacer en una nación tercermundista y, para colmo, en el núcleo de una familia sin recursos económicos y establecida en una zona marginada provinciana, es clara la causa de la casi irremediable tendencia a practicar el oficio más antiguo para adquirir el sustento diario.

Alondra es justamente una de estas desdichadas damas. Pero al margen de su desgracia, al menos contaba con una anatomía llamativa, que atraía comúnmente la atención de los señores del pueblo. Era una mulata de pelo negro largo y cuerpo esbelto, pero de pronunciadas caderas.

Ella tenía a su cargo el sustento de su hogar. Su padre era una persona de unos seis pies de estatura y de edad avanzada; estaba pensionado de las Fuerzas Armadas del País. Era un individuo obeso, de tez oscura, pelo crespo y de estrictos métodos para educar a sus hijos, que con Alondra, quien era la menor de todos, sumaban trece.

Su madre era una persona delgada y de baja estatura, aproximadamente veinte años más joven que su padre. Era de piel trigueña y de pelo lacio. Por haber empezado a dar a luz desde muy temprana edad y por un largo período, no tuvo oportunidad de asistir a la escuela y, por tanto, con un marcado sentimiento de dependencia económica, era sumisa a las directrices trazadas por el “hombre de la casa”.

Los hermanos de Alondra no asistieron ninguno a la escuela. Eran, a parte de ella, seis varones y seis hembras. Sólo uno de ellos fue inscrito en la academia militar para seguir los pasos de su anciano padre, pero éste no cumplió con los rigores mínimos de disciplina y desertó, yéndose a la calle, igual que los demás hermanos, a dedicarse a hacer algunos trabajos, no siempre dentro del marco de la ley, para obtener su sustento diario.

Las seis hermanas casaron con hombres machistas que las tenían en la casa sin oportunidad de desarrollo alguno. De los varones, algunos se establecieron en el país y otros emigraron a probar suerte en suelo extranjero. Pero todos abandonaron el hogar familia, a excepción de Alondra.

“ElHoyo Cundil”  era el nombre del barrio donde vivía Alondra. Estaba ubicado al lado de un residencial donde habitaban personas de clase social media alta; la diferencia en las condiciones de vida en ambos lugares era muy marcada. Pero esa cercanía de dos barrios de tan diferentes realidades económicas, facilitaba la captación de clientela asidua de aquellos servicios de amor por paga. 

Alondra no tenía en su acervo valores y principios que provocaran en su ser vergüenza por dedicarse a esa actividad tan mal vista socialmente. Y es que ser la más pequeña, sus padres ya mayores, sin mucha fortaleza, descuidaron su educación, la que –por demás- no es que haya sido la mejor en relación a sus hermanos mayores.

Durante los años de juventud de Alondra, la nación sufría los estragos de una dictadura que duraría finalmente treinta y un años. Toda su vida discurrió bajo las sombras del régimen; no supo lo que era vivir en democracia.

Una mañana cualquiera del mes de abril del año 1943, una amiga de Alondra que también se dedicaba a ofrecer caricias por paga, la visitó a la casa donde vivía con sus padres y le digo –Alondra, cámbiate, que dentro de poco se estará celebrando una actividad donde irán muchos clientes. Hoy es nuestro día, cuero.

Alondra al instante respondió –Excelente, cuero, ahora mismo me pongo la faldita más corta que tenga para llamar la atención de esos clientes poderosos que dices.

La actividad a la que se refería la amiga de Alondra la había organizado el hijo del dictador, a quien le gustaba practicar polo con sus amigotes, alardeando constantemente de los caballos de raza que tenía en la finca familiar, en las afueras del pueblo.

Los laterales de aquella finca estaban cercados con alambres de púa, lo que permitía ver hacia la periferia con facilidad. En efecto, la figura de Alondra, que destacaba al lado de la de su amiga, quien no era tan agraciada físicamente, llamó poderosamente la atención del hijo del sátrapa. Al verla, se desmontó abruptamente de su caballo, pidió un receso en el juego de polo y se acercó diciendo –Hola, joven. ¿Qué hacen tan distantes? pueden pasar ambas, que aquí no mordemos. Justamente, estoy con unos amigos ingiriendo algunas bebidas alcohólicas y fumando buenos puros, están invitadas.   

La veterana Alondra, como parte de su estrategia, al advertir que el joven pretendiente desconocía su pedigrí de la vida alegre, optó por fingir inocencia y, tímidamente, respondió –Caramba, no sé… qué pensarán ustedes, es que no nos conocemos… Su interlocutor respondió –Insisto, acompáñenme, son mis invitadas.

Alondra y su amiga se habían salido con la suya. Lograron entrar a la actividad, nada más y nada menos que invitadas por el anfitrión de la misma. Una vez dentro de la finca, el joven y apuesto anfitrión las introdujo, presentándoselas a sus amigos, que en total eran ocho hombres y tres mujeres, compañeros todos de la universidad.

La amiga de Alondra, con el designio predeterminado de definir alguna estrategia, le pidió que la acompañara al baño. Alondra esperó unos minutos hasta recibir el trago que le había ya ofrecido el anfitrión del encuentro y, enseguida, con trago en mano se disculpó y marchó con su compañera de andanzas al sanitario.

Una vez solas, Alondra se adelantó y dijo –Amiga, debo decir que el joven que me ha servido el trago que estoy ahora disfrutando, quien, dicho sea de paso, es el propietario de toda esta propiedad, me agrada. No voy a revelarle mi oficio; prefiero conquistarlo y así salir de la pobreza, dándome la mejor de las vidas disfrutando de opulencias y amando a un verdadero hombre, un muñeco.

La amiga, atónita al escuchar esas palabras tan inusuales en Alondra, quien por norma general tenía sexo con personas para recibir una retribución, exclamó –Cuero, ¿tú te estás volviendo loca?, ¿Tú crees que estamos en una novela donde la típica mujer pobre se encuentra con el clásico galán adinerado y viven felices por siempre? Bájate de esa nube. Estás hablando del hijo de un dictador, de un asesino que no tiene ningún tipo de contemplación para quitarle a vida a quien sea; y más a ti que no tienes apellino sonoro ni dinero. Olvídate de eso, o ponemos claras nuestras tarifas desde el inicio o dejamos esto aquí mismo y nos largamos de inmediato.

Alondra insistió y advirtió a su amiga sobre su firme convicción de no revelar su verdadera ocupación, dijo –Amiga… sabes que te aprecio y he andado contigo muchos caminos inseguros de la vida; casi nunca te he contradicho, pero ahora lo siento… me voy a quedar contigo o sin ti. Y lo haré sin decir nada sobre mi pasado.

–Estás loca, conmigo no cuentes. –Respondió la amiga.

Efectivamente, del baño salieron ambas, excusándose la amiga fingiendo un dolor de cabeza y marchándose casi al instante. Ninguno de los hombres insistió para que permaneciera en el lugar, ya que, a diferencia de Alondra, la amiga no tenía muy buenos atributos físicos que digamos.

Todo pintaba de colores para Alondra: logró entrar a la finca, aparentando ser pura casualidad que estuviera por esos alrededores, y sin que nadie se enterara de su real oficio. Luego consiguió estar a solas con aquel joven apuesto que la cautivó desde un inicio.

Esos buenos momentos, igual que dos cubos de hielo en un vaso de licor, se consumieron con rapidez; y es que –súbitamente- el tirano se apareció en la finca con una muy reducida escolta. Al parecer había olvidado que temprano en la mañana su hijo le había solicitado que le prestara la finca para ir con sus amigos a practicar su deporte favorito, el polo.

Al momento preciso de apersonarse el sátrapa, su hijo y Alondra estaban en el jardín delantero de la cabaña de la finca, y estaba punto de producirse un primer beso. El padre del nuevo pretendiente de Alondra quedó prendado de los ojos de ella. Fue una especie de amor a primera vista; tan pronto la vio, ejerció su patria potestad sobre su hijo, casi ordenándole que fuera con sus amigos y lo dejara a solas con la dama que prácticamente podía ser su nieta.

En efecto, disgustado, pero obediente, el joven que hasta ese instante fue pretendiente de Alondra, abdicó de sus pretensiones y fue con sus amigos. Esa fue la primera y la última vez que la vio.

El tirano continuó viéndose con Alondra, quien los primeros días sufrió por no volver a encontrarse con el hombre que realmente le había cautivado, pero con el tiempo se acostumbró y empezó a aceptar las prebendas obsequiadas por aquel señor poderoso que casi le triplicaba la edad. En definitiva, la vida la había habituado forzosamente a prestar su cuerpo para recibir una remuneración que le permitía subsistir. 

Nunca confesó sus antiguas andanzas por las malas artes del amor por papeletas. El tirano jamás sospecharía al respecto, pues estratégicamente Alondra fingía una timidez que realmente no era consustancial a su personalidad extrovertida y aguerrida; todo con el firme propósito de continuar percibiendo beneficios económicos a cambio de prestar su piel con un poco de sudor y saliva.

Transcurrieron unos seis meses de encuentros de sábanas clandestinos entre Alondra y el poderoso Dictador, a espaldas de la esposa de este último, quien era una señora de clase social alta, pero sin mucho brillo intelectual. Como consecuencia de saber que su esposo le era recurrentemente infiel, era muy dada al chisme y, en ese ámbito, contaba con amistades que la mantenían siempre informada sobre las generales de las amantes de su marido.

Durante el sexto mes de estos encuentros apasionados, la esposa del sátrapa se entera por conducto de una de sus fieles amigas, de que era con Alondra con quien en los últimos tiempos su esposo se estaba viendo a escondidas, siéndole infiel. 

De inmediato investigó el historial de Alondra y le reclamó duramente a su esposo. Exclamó –¡Por Dios, no te conformas con humillarme acostándote con otra, lo haces con una mujerzuela de la vida alegre; eres un degenerado!. Por si no lo sabías, esa jovencita con la que te has estado acostando los últimos meses, es la prostituta del barrio “El Hoyo de Cundín”, al lado de un residencial de gente decente, de buena familia. Todos conocen de su sucia reputación; prepárate… serás el hazme reír del pueblo. Con tanto poder y no eres capaz de galantear y conquistar sin pagar a una mujer que valga la pena. 

El tirano desconcertado, atribuyó esas acusaciones contra Alondra, a la entendible indignación producto de la infidelidad que evidentemente había quedado al descubierto.

Al día siguiente, no pudo el degenerado infiel concentrarse en sus habituales labores. De inmediato contactó a sus agentes de investigación y ordenó averiguar la vida de Alondra, quien era perfectamente conocida por sus guardaespaldas, ya que en los últimos tiempos era sólo con ella que se la pasaba en la cabaña de su finca, ubicada en las afueras de la ciudad. Antes de cruzarse Alondra por su camino, las mujeres que le acompañaban en sus momentos de perversión variaban casi a diario.

Llegó el informe, todo estaba contenido en él; había más de lo que la propia esposa engañada pudiera imaginar. Esa investigación no sólo reveló que, efectivamente, Alondra era una mujer de la mala vida, sino que ésta tenía ya unos meses de embarazo del tirano.

Estupefacto con la información, el sátrapa manda a cerrar la puerta de su despacho, situado en el Palacio Presidencial de la nación. Ordena a Anneo, su colaborador más cercano, que cierre la puerta. Una vez aislados, sólo él, Anneo y dos de sus agentes militares de confianza, expresa –Carajo, esto no puede trascender. Nadie puede saber que voy a ser padre de un bueno para nada, hijo de una prostituta. Eso es algo denigrante, algo que no puede ni va a pasar. ¿Entienden? Eso no puede pasar.

Así, sin pronunciar ninguna otra palabra, la escolta del dictador captó la ordenanza sutil. De inmediato pasaron los presentes a planificar la desaparición de Alondra, a fines de evitar que aquel embarazo se concretice, convirtiendo al tirano en padre de una criatura procreada con una mujer de dudosa reputación.

Anneo, quien era, además del colaborador más cercano del tirano, el estratega de muchas de las operaciones macabras que se llevaban a cabo durante el régimen, desapareciendo a todo aquel que les representara alguna amenaza en términos políticos o sociales, dijo a sus compañeros –Amigos, según mis investigaciones, Alondra pasa todos los días por un tramo inhóspito de la Avenida Independencia para llegar a su casa; eso es por las inmediaciones del cementerio municipal. Es en ese trayecto que debemos interceptarla y eliminarla. Todo se orquestó para ejecutar las instrucciones de Anneo.

Tal como fue programado, a eso de las seis y treinta, durante el mes de mayo del año 1944, colaboradores de la dictadura, trasladados en vehículos negros último modelo, interceptaron al taxi en el que se transportaba Alondra, como era usanza, para llegar hasta su hogar luego de culminar sus labores de poca tela y mucha piel.  

Al acercarse al taxi, uno de los matadores expresó –Oigan, la mujer está embarazada, le veo la panza; es un estado avanzado de gestación!. Otro de los victimarios respondió –Olvídate de todo, tenemos instrucciones precisas; o es ella o somos nosotros, procedan!.

Sólo estaban en el interior del taxi siniestrado, Alondra y el taxista. Las balas perforaron como cráteres los cristales de la parte trasera del vehículo. Apenas un disparo se efectuó al conductor, impactándolo en una pierna. El resto de los más de cincuenta balazos fueron a parar al asiento donde estaba sentada Alondra, quien perdió la vida al instante.

 -Me alegro de que hayan linchado a esa prostituta! Esa basura se había acostado ya con todo el pueblo, menos conmigo; una lacra menos.

–Al escuchar esos improperios, el cura de la parroquia del pueblo mandó a callar al instante a Papolo, un individuo con problemas mentales conocido por toda la comunidad, justamente por su alto tono de voz y por su vulgar vocabulario. Expresó el cura –Papolo, en el nombre de Dios… haz silencio, de qué rayos estás hablando?.

 –Papolo, quien además de sus problemas mentales adolecía de una pronunciada tartamudez, todo sudoroso externó –Padre, ay padre… Le dispararon a la morena prostituta de “El Hoyo  Cundil”. La rellenaron de plomo, Padre. La explotaron…”.

El padre, cuando vio el estado de Papolo, al instancia presintió que algo atroz había sucedido, pues si bien era ya conocido por todo el pueblo que este personaje pintoresco solía vocear una serie de frases inadecuadas y, por tanto, los lugareños habían perdido la capacidad de asombro  cuando de él se trataba, en este caso concreto las expresiones corporales de Papolo ponían de manifiesto la ocurrencia de un evento de gravedad. Sin dudarlo, el padre dio parte a la Policía del Pueblo, la cual –en efecto- unos breves instantes más tarde, al llegar a la escena del crimen, encontró el cuerpo de Alondra bañado en sangre. El chofer había emprendido la huída, abandonando a su pasajera en el acto.

El agente a cargo expresó –Llamen al médico legista de inmediato, esta mujer estaba embarazada, por Dios!

–En efecto, la patrulla policial contactó por la radio al legista de la jurisdicción, quien conjuntamente con el representante del Ministerio Público, se trasladó a la escena del crimen para hacer el levantamiento de cadáver correspondiente.  Pero al cerciorarse del embarazo de Alondra, el médico legista solicitó apoyo paramédico, a fines de realizar un parto de emergencia en ese mismo lugar.

CAPÍTULO II

La ocurrencia del milagro

En el escenario del crimen la labor paramédica fue titánica. Por más de dos horas estuvieron batallando para intentar salvar la criatura en el vientre del cadáver de Alondra. En la medida en que transcurría el tiempo, se iban aglutinando personas curiosas, presenciando el impresionante acontecimiento.

Súbitamente, ante los ojos de alrededor de una decena de personas, ocurrió…

Porque la vida misma es un enigma; porque la dimensión de un átomo en comparación con el grosor de un cabello humano es equivalente a un millón de átomos de carbono, y aun así la ciencia ha permitido su estudio y apreciación; porque sencillamente los milagros son eventos atribuidos a la intervención divina y no son explicables por las leyes naturales, la criatura que engendraba Alondra en su vientre vino a la luz con vida. Era una luz de vida que vino de la sombra de la muerte de su progenitora; era una verdadera luz de sombra.

–Es hembra! –exclamó el doctor que dirigía el parto improvisado. A seguidas, se produjo el primer llanto de la recién nacida, el cual provocó lágrimas de emoción en todas las personas presentes.

–La criatura ha nacido saludable, a Dios gracias… Es un verdadero milagro –sostuvo el médico.

La criatura fue trasladada de inmediato al hospital público de la ciudad. Allí le siguieron el protocolo correspondiente para mantener su estado de salud controlado, bajo vigilancia. El padre de la parroquia del pueblo se encargó de dar a los familiares la trágica noticia de la muerte de Alondra.

Como es natural, el dolor embargó el hogar de la malograda mujer. La amiga de Alondra al poco rato tomó conocimiento de la situación y se encargó de organizar un sepelio digno para aquel ser que, en las buenas y en las malas, en vida estuvo con ella desde la infancia. Así, consciente de las precariedades que tenían los familiares de su amiga ida a destiempo, asumió ella los costes y Alondra finalmente fue enterrada en el cementerio municipal.

Unos días después del entierro, la clínica contactó a los familiares de la fallecida Alondra para notificarles que ya la criatura estaba lista para el alta. Los padres, abuelos de la bebé, se apersonaron al centro hospitalario, firmaron unos formularios protocolares y llevaron consigo al retoño sobreviviente de las entrañas de Alondra.  

Milagro fue el nombre elegido para la recién nacida, producto de las precarias circunstancias en que vino a este mundo. Milagrosamente nació saludable, llena de vida.  

Con Milagro en sus brazos, y frente a un retrato de Alondra colgado en la pared de la sala, su madre dijo –Mi hija querida, donde quiera que estés, aquí tengo en mis brazos la sangre de tu sangre, un verdadero milagro. La cuidaremos y le daremos todo el amor que me faltó brindarte durante los años que restan de mi vida, porque las circunstancias han alterado la dialéctica de la existencia de los seres humanos; yo te traje al mundo, era a ti que te correspondía despedirme de él. Es más duro que una madre vea morir a un hijo, que un hijo ver partir a un padre. En todo caso duele, lo sé… pero como el dolor de una madre –créeme- no hay otra cosa. Mi hija, amando a Milagro te amo a ti, porque ella es sangre de tu sangre y, por extensión, sangre de mi sangre.

El esposo de esta madre desconsolada, un ser de muy poco hablar, desde la cocina escuchó aquellas palabras de dolor. Sin articular ninguna frase, se le acercó por detrás y la abrazó, dándole un beso en la cabeza, al tiempo de sostener delicadamente las diminutas manos de la pequeña Milagro.

Pasaron los años, y a base de mucho sacrificio los abuelos de Milagro le dieron educación y la disciplina que no inculcaron a sus hijos. Fue un reto para ellos, ya cansados por la edad madura y con serias limitaciones económicas, se propusieron hacer de Milagro una persona de bien, y finalmente lo lograron. Milagro se alfabetizó y, gracias a gestiones de su abuelo, quien era un militar en retiro, ingresó a las filas de las Fuerzas Armadas; institución que le gestionó una beca para realizar sus estudios superiores en la universidad del Estado. Se recibió de abogada con los más altos honores académicos; y para su fortuna ya en el país se permitía a las mujeres ejercer la profesión, pues unos años previos, había trascendido la noticia de que a una dama destacada por sus luchas contra el régimen, le prohibieron ejercer la abogacía, no obstante haber terminado por igual la carrera con un ejemplar índice académico.

Durante su estadía en la academia militar, Milagro mostró grandes habilidades físicas y de liderazgo. Muchas puertas se le cerraron como secuela del machismo imperante en ese medio militar y en la sociedad misma, durante la época de aquella nefasta dictadura.

El dictador, con el paso de los años, perdió el rastro a Milagro. Con sus constantes ocupaciones para mantener su régimen, a base de sembrar terror constantemente en el seno de la sociedad, dejó de lado sus situaciones personales, priorizando su labor como mandatario de Estado, ilegítimo por demás.

Ya como abogada, Milagro empezó a publicar interesantes artículos en periódicos de circulación nacional. Sus escritos eran básicamente sobre estrategias militares y en relación a los derechos y deberes de los cuerpos castrenses.

Sus artículos llamaron la atención de allegados al cuerpo militar del Jefe. Por sugerencia de un veterano militar muy encumbrado, se contactó a Milagro para ofrecerle un trabajo en el palacio presidencial. Al enterarse de la noticia, Milagro se llenó de alegría y aceptó sin vacilar.

-Abuela, abuela! adivine qué! -exclamó Milagro al llegar a su hogar aquel día caluroso.

–Dime, mi vida. A qué se debe tanta emoción? –respondió la abuela.

 –Es que me han ofrecido trabajo en el cuerpo militar asignado al palacio presidencial; eso es una gran cosa, abuela. Estaré directamente con el Jefe; podré crecer militarmente.

Preocupado, el abuelo de Milagro expresa –Corazón, he escuchado desde mi habitación las buenas nuevas. Me alegro por ti, pero como tu abuelo debo advertirse que, muy confidencialmente, el Jefe no es la persona recta que piensas. Sé que como militar ves en él un individuo estricto y exitoso; pero sólo quiero alertarte para que las cosas salgan lo mejor posible. Evita quedarte a solas con él y siempre duda, nunca te fíes ciegamente en ese medio. Con el tiempo entenderás mejor lo que te estoy diciendo.

 –Gracias, abuelo, valoro mucho tus consejos, sé que quieres lo mejor para mí, te quiero!

Milagro, colmada de ilusión por su nueva posición, tuvo un excelente desempeño en cada tarea militar asignada. Fue desde encargada de la lavandería donde se lavaban los uniformes de los militares de la escolta del Dictador, encargada de la puerta trasera del palacio, hasta llegar a ser la encargada de seguridad de la vivienda familiar del tirano.

Ya estable en la posición y con las mejores referencias, Milagro fue ganándose la confianza del equipo del dictador. Casi nunca tenía contacto directo con él; mediante intermediarios su buena reputación llegaba a sus oídos y daba el visto bueno a cada ascenso o movimiento que se le sugería en relación a Milagro.

CAPÍTULO III

El amor de Milagro

El veterano militar que inicialmente la sugirió para que formara parte de la escolta del tirano, tenía un trato muy directo con Milagro. Ella sintió una gran atracción hacia él desde el primer momento que le vio, pero no se atrevió a externarlo por la marcada diferencia de edad que había entre ambos; además de que ella trataba siempre de comportarse lo más profesionalmente posible.   

La química entre Milagro y el veterano militar de la escolta del tirado fue consolidándose con el discurrir de los tiempos. El constante intercambio de miradas entre ellos era fuego que calentaba sus adentros. Se deseaban entre sí, pero ninguno se atrevían a decirlo.

 El evento que produjo valentía en el militar veterano para abordar a Milagro, fue el acercamiento a ella que, súbitamente, un día cualquiera tuvo un joven y apuesto militar que también trabajaba en la escolta de la residencia del tirano. Por celos y algo inseguro, dada la diferencia de edad y la posible desventaja que tenía ante la juventud de aquel nuevo rival, el veterano militar contactó a Milagro sutilmente, y le dijo –Milagro, necesito hablarte. En la hora del almuerzo nos vemos por el lago donde están los patos.

 –Muy bien, allá nos vemos –respondió.

No pasó ni media hora desde que aquel joven y apuesto militar se le insinuara a Milagro, cuando éste fue trasladado para la escolta de seguridad del jefe en una de sus haciendas, en las afueras de la ciudad. Nunca supo a qué se debió tal inesperado traslado. La verdad era que el veterano militar quería asegurar su triunfo con el amor de Milagro, eliminando todo obstáculo que impidiera la consecución de tal propósito.

Al llegar la hora del almuerzo, Milagro acudió a la cita. El pretendiente, tímidamente expresó –Milagro, eres una joven muy interesante. Eres trabajadora, muy disciplinada, pero sobre todo … Debo decir, muy hermosa.

Milagro, al escuchar esa declaración de amor, intentó agradecer tales palabras, pero de inmediato sus labios fueron sellados con un apasionado e inesperado beso que le diera el veterano militar, quien estaba buscando asegurar su presa para evitar que otro prospecto se le adelantara.

-Caramba, General, no sé qué decir.

–Di que sí, que sí me darás la oportunidad de demostrarte mis buenas intenciones hacia ti. Delante de este lago y bajo ese cielo azul, te prometo un amor sincero.

 –Sí, claro que sí… acepto su promesa de amor –respondió emocionada Milagro-. Esto es algo que vengo sintiéndolo desde hace mucho. Su mirada me ha estado cautivando desde hace ya varios meses.

Pasaron los días, semanas y meses. El amor del veterano militar y de Milagro fue creciendo como el follaje de un pavo real cuando está cortejando a la hembra, lleno de colores. Los hilos de su amor iban tejiendo redes que atrapaban los corales situados en el fondo del océano que formó el néctar de sus deseos. La luna fue testigo de muchas noches de frenesí, mientras fungían como seguridad en la escolta de la vivienda del tirano. Solían aprovechar cuando todos dormían en la casa y se dirigían al patio de la propiedad, mientras el resto de la escolta permanecía en la fachada frontal.

Allá, junto a aquel lago donde por primera vez él le prometió a ella amor pleno, las caricias fueron torrentes que inundaron la cordura y la piel fue la envoltura de pasiones descomedidas que eran arcos que lanzaban flechas de amor que se clavaban en lo más profundo de su corazón.   

La pasión entre Milagro y el veterano militar llegó a un nivel tal, que ya no era posible ocultarlo. Cundió la noticia sobre ese romance, hasta que por sugerencia del Tirano, para evitar comentarios mayores, Milagro fue trasladada a un puesto militar en el centro de la ciudad, con un muy alto rango.

Esa separación no hizo otra cosa que aumentar su deseo carnal. Todas las horas libres la pasaban juntos; se complementaron tanto como pareja que decidieron mudarse juntos.

El veterano militar, cumpliendo la tradición impuesta socialmente, fue al hogar de los abuelos de Milagro a anunciar que tenía buenas intenciones con ella. El hecho de que el abuelo le llevara tantos años a la abuela convino para que la marcada diferencia de edad entre él y Milagro no constituya un obstáculo para la aprobación de la familia.

El Abuelo, sorprendido y no del todo de acuerdo expresó –Confío  en Milagro, sé que ella es muy madura y decidida en lo que quiere en la vida, pero usted sabe… Nosotros somos una sociedad muy tradicional. Todos sabemos que no es bien visto que las jóvenes de familia se muden con su pretendiente sin previo sacramento matrimonial. Para tener la aprobación y bendición de la familia, necesariamente debe casarse con nuestra querida Milagro, como Dios manda.

De inmediato miró a la abuela de Milagro, buscando aprobación y, en efecto, sin mediar una palabra, tan solo con la mirada dirigida primero al pretendiente y luego a Milagro, fijamente, dio aquiescencia a la condición planteada por el abuelo.

Cuente con eso –externó el veterano militar. –Boda desea esta familia, pues boda tendrá. Mi amor hacia Milagro es el tesoro más preciado que yace en mi corazón. Su hermosa nieta se ha adueñado de mi discernimiento como la primavera suele apropiarse de las mejores inspiraciones de los poetas. Construiré castillos de amor con ladrillos de ilusión y compuertas de comprensión y entrega plena. Descuide, señor, sé que más que abuelo usted ha sido un padre en los últimos tiempos para Milagro; también sé que usted es un militar en retiro. Siento respeto hacia su persona; aunque no le había visto personalmente, ya siento que le conocía, porque Milagro lo menciona constantemente, igual que a su abuelita. Pueden estar orgullosos, pues el amor que, por la razón que sea, no le brindaron a sus hijos, se lo han dado a su nieta. Milagro es una persona de bien, un ser con principios desde la cuna.

La abuela, al escuchar las palabras pronunciadas por el veterano pretendiente, cargadas de amor y sinceridad sobre su nieta, se echó a llorar; aclarando al instante –No te sientas mal, no has dicho nada inadecuado. Simplemente he evocado momentos difíciles en nuestra familia, pero en cuanto a sus intenciones con nuestra querida Milagro, cuenta usted con mi aprobación, y sé que también con la de su abuelo, verdad, amor?

Claro, vida. Se trata de una persona que ha evidenciado que realmente siente algo importante por nuestra querida Milagro –Respondió el abuelo.

Luego de unas horas departiendo, conociéndose mejor todos; después haber degustado varias rondas de café sembrado por el propio abuelo de Milagro, el pretendiente se marchó.

Mi adorada nieta, sabes que eres el brillo de los ojos de tu abuela y mío; nos importas más que nada en estos momentos. Pero estás realmente segura de que esa es la persona con quien  deseas formar familia –Preguntó con evidente preocupación el abuelo.

Milagro, algo desconcertada, pues en presencia del veterano militar que pretendía su amor su abuelo se había mostrado a favor de la relación, expresó –Abuelito, me sorprende esa pregunta. Pensaba que la impresión había sido positiva, pues charlamos durante un tiempo considerable y salieron a relucir muchas cosas en común entre mi pretendiente y usted, sobre todo en términos militares. Qué lo intranquiliza, dígame, que yo le conozco como la sombra al cuerpo.

El abuelo, algo nervioso y sudoroso, bajó la voz y se acercó a Milagro, tomándola de la mano, y dijo –Milagro, eres muy joven e ignoras muchas cosas sobre esta maldita dictadura en que nos ha tocado vivir. Soy militar, sí … pero no hay nada de lo que me pueda enorgullecer. He tenido que hacer cosas indebidas por imposiciones. Si te ayudé a entrar a las filas de esta institución es porque vi en ella una oportunidad de estudiar una carrera profesional, como en efecto has hecho. Si me preguntas, te suplicaría que te dediques a tu profesión y dejes atrás la milicia y todo lo que ello implica; de del ejército obtuvimos lo que necesitábamos.

Milagro, más confundida aún, mira a su abuelita, quien se había quedado unos pasos atrás cuando el abuelo se acercó a ella para exponerle su desacuerdo con la relación, le pregunta –Abuelita, pero por qué el abuelo me dices estas cosas; por qué ahora, si no he hecho otras cosa que desarrollarme sentimentalmente. Es que acaso no les agrada la idea de que yo me independice y abra tienda aparte, qué está pasando?

El abuelo sostuvo con mayor firmeza las manos de Milagro e insistió diciendo –Milagro, no hay cosa que nos alegre más a tu abuela y a mí que encuentres tu felicidad; que formes tu familia que, en definitiva, será también la nuestra. Es que ese pretendiente, además de ser mucho mayor que tú, es un colaborador muy cercano del Dictador. Ha de tener una lista muy negra en su haber. Sinceramente, no me consta ninguna acción oscura que pueda endilgársele directamente, pero muchos de esos asesinatos que tanto repudiamos como sociedad, alguno ha de ser su hechura, pues es un secreto a voces que él es un gran estratega, pero desafortunadamente, las circunstancias lo han llevado a ser un estratega del mal, de la mano del tirano que tanto daño le ha hecho a esta patria. La aprobación que viste de nuestra parte fue más por temor que por otra cosa.

La abuela, con los ojos lagrimados, externó –Deja que nuestra nieta viva su propia vida. No podemos cargar con ellas nuestros temores. Esa persona me pareció que quiere a nuestra Milagro; ella se merece ser feliz. Yo le doy mi bendición y te ruego que le des la tuya, querido compañero.

Milagro abrazó a su abuela y le dio un beso en la frente. Luego abrazó a su abuelo y le miró fijamente a los ojos, y le dijo –Abuelito, él es un gran militar, créeme. Y sobre todo, me ama; me ama con todo su corazón; qué más puedo pedir a la vida? Necesito tu bendición, tú y abuela son los pilares donde todo estos años a reposado mi corazón, mi vida.

Nieta querida… mi amada Milagro. Si eso es lo que te dicta tu corazón, cuenta conmigo. En estos pocos años que me quedan de vida, no quiero más que verte feliz. Te doy mi bendición –dijo resignado el abuelo a su nieta.

Los tres, los abuelos y su nieta, se abrazaron en el medio de la sala de su humilde hogar y todos se confundieron entre besos y caricias tiernas.

Al cabo de unas semanas, el veterano militar organizó una velada matrimonial a los más altos niveles. A esos fines gestionó el club del ejército y la banda de dicha institución. Desafortunadamente, la boda tuvo que ser pospuesta por unos meses, ya que inesperadamente el abuelo de Milagro sufrió un infarto en el miocardio y falleció mientras dormía durante la madrugada de un día muy lluvioso.

Las malas lenguas aseguraban que le muerte súbita del abuelo de Milagro, en gran medida, fue secuela del tormento que produjo en él, quien conocía perfectamente el proceder de los militares en aquellas época de dictadura, el saber que su nieta se fuera a matrimoniar con alguien que, por su cercana relación con el tirano, no había forma de que estuviera libre de culpa respecto de muchas acciones indebidas durante el régimen. El abuelo era un militar que, para su pesar, fue forzado a torturar a enemigos del sistema y eso le amargó durante toda su vida.

 

Pasó el tiempo, y se fijó nueva fecha para el matrimonio. La abuela, aunque con muy avanzada edad, asistió para apoyar y dar su bendición a Milagro, quien no tenía otra familia cercana; casi todos los invitados eran de parte del veterano militar.

Se matrimoniaron por la ley, incluyendo en la ceremonia unos minutos de silencio en honor a la memoria del amado abuelo de Milagro. El silencio lo rompió la abuela, exclamando –¡Amén! Tu abuelo está ahora en el cielo, bendiciéndote desde el más allá. Él te amó profundamente durante toda su vida; yo que estuve con él más de la mitad de mi vida y, por tanto, lo conocí más que nadie, te puedo asegurar que él era débil contigo, eras su niña mimada, aunque no te lo expresara constantemente, pues –como sabes- no era de mucho hablar. Que siga la fiesta, que él ha de estar mejor que nosotros mismos en estos momentos, disfrutando de la gloria de Dios.

¡Amén! –Exclamaron casi al unísono muchos de los presentes. Y en efecto, continuó la ceremonia.

Luego de casi una hora de solemnidad en el medio del salón, frente al oficial del estado civil a cargo del matrimonio, la música en vivo de la banda del ejército sorprendió amenizando el primer baile de los esposos.

Aquel vals puso a soñar con los pies a la pareja enamorada, la cual bailó toda la pieza mirándose fijamente a los ojos, evidenciando ante todos la entrega plena del uno hacia el otro. Finalizado el vals, inició el repertorio de música bailable, integrándose a la pista todos los invitados.

Fue una celebración cargada de emociones. Momentos de nostalgia, llenos de recuerdos de personas queridas que ya habían dejado de existir, como Alondra y el abuelo de la novia, y momentos de alegría plena producto del regocijo por la unión de la pareja que recién comenzada una nueva etapa en sus vidas.

Los invitados estuvieron hasta la madrugada disfrutando de las mejores bebidas y de la mejor comida. Los novios rompieron el protocolo y, en vez de marcharse primero del salón, permanecieron hasta el final departiendo con los invitados.

La abuela de Milagro, por su avanzada edad, se marchó a su hogar casi inmediatamente después de culminar la pieza de vals bailada por los novios. Significó mucho para Milagro que su abuelita, quien era prácticamente la única familia cercana que tenía, estuviera con ella en ese momento tan especial de su vida.

En la medida en que la llegada del alba ocultaba las estrellas oriundas de la noche, los invitados comenzaron a marcharse a sus hogares, satisfechos por la opulenta velada. La pareja fue la última en abandonar el lugar. Se quedaron solos a esperar el sol, obnubilados por la magia de su amor.

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