La vejez y la soledad

LA VEJEZ Y LA SOLEDAD

          Alguien dijo alguna vez que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Esta –sin dudas-  es una reflexión que tiene subyacente una triste resignación a la irrefragable situación de que durante la etapa de ancianidad los seres queridos contemporáneos partirán de este mundo y los más jóvenes que permanezcan con vida se irán alejando paulatinamente, en la medida que le vamos resultando menos interesantes, producto de la natural pérdida de nuestras tradicionales habilidades, como secuela de la impronta de los años.

          Las cotidianas ocupaciones de las personas que aún están activas en la productividad laboral y en los afanes del hogar, así como la marcada diferencia de intereses generacionales, también constituyen causas de la soledad que en una primera impresión –ciertamente- parecería consustancial a la tercera edad. 

          Paradójicamente, durante la vejez, mientras se debilita el físico, se fortalece la sabiduría como corolario de la experiencia acumulada durante el discurrir de los años vividos. Esta experiencia no necesariamente tiene que corresponderse con un área del saber científico; la sola vivencia de una etapa concreta de la historia del país, los recuerdos relativos a nuestra infancia, etc., constituyen informaciones de invaluable significación para todo individuo racionalmente pensante; por tanto, no debería nunca dejar de ser interesante sostener un diálogo con una persona anciana. 

           Este diálogo a que hacemos alusión, con mucho amor, pudiera incluso desarrollarse en silencio con el ser querido, en casos de una vejez avanzada o de alguna convalecencia que le impida el habla; esto con la sola manifestación de cariño, reviviendo gratas experiencias mediante la articulación de dulces palabras acompañadas de tiernas caricias.

          La soledad no debe asustarnos, en honor a la verdad; sólo mediante ella logramos conocernos plenamente a nosotros mismos. Pero importa resaltar que la vejez no necesariamente ha de vivirse en soledad constante. Debe sembrarse durante el transcurrir de los años, incentivando y promoviendo la integración familiar, para en la ancianidad cosechar el merecido afecto de nuestros seres queridos, quienes perfumarán nuestra existencia permitiéndonos lidiar con cualquier limitación de esta etapa de senectud.  

             Nadie más que un hijo está llamado a acompañar a sus padres durante su ancianidad. Todo hombre de bien genera el respeto y la admiración de los demás; sin embargo, en el lecho de la enfermedad, incursos en las peores adversidades, el discurrir de los tiempos ha aleccionado en el sentido de que sólo la descendencia y la pareja agradecida por el buen trato, hacen acto de presencia -acompañando al viejo querido- de manera constante y desinteresada.

            El vínculo afectivo no sólo ha de ser sanguíneo. El aprecio se gana en función de la naturaleza de la relación experimentada con cada quien. Es posible, y en efecto ocurre con frecuencia, que el lazo afectivo entre dos personas que no son familiares en términos sanguíneos, alcance un punto mayor que aquel establecido con un familiar de sangre. La clave entonces para no sufrir las penumbras de una vejez esencialmente solitaria, está en ir tejiendo redes de amor con el paso de los tiempos, atendiendo a la historia de cada persona en particular.

           Hay quienes no se matrimonian, quienes no pueden tener hijos, en fin … dependiendo de cada historia, los nexos de afecto se pueden afianzar de diferentes maneras. Lo importante, como suele expresarse llanamente, es “hacerse querer”; pero sobre todo, para que la vejez no sea triste, debe llegarse a ella conscientes de que irremediablemente pasaremos más tiempo acompañados de nuestros propios adentros, ya que la capacidad de disposición del tiempo, con el trajín diario, no es igual para los jóvenes que para los más viejos. Y sería algo egoísta pretender que los que aún pueden llevar a cabo ciertas actividades que no son compatibles con la tercera edad, prescindan de ellas para acompañarnos descomedidamente. No olvidemos aquel pensamiento aristotélico que reza: “la virtud está en el punto medio”: si bien es sano contar con el calor de nuestros seres queridos cuando tengamos avanzada edad, ese afecto no debe dar al traste con el derecho que les asiste de vivir plenamente cada etapa de su propia vida.

           Durante la ancianidad es preciso aprender a resaltar en nuestras relaciones afectuosas lo cualitativo ante lo cuantitativo, en el sentido de apreciar no tanto la frecuencia de las visitas hechas por nuestros allegados, sino la calidad de éstas, en términos de cariño externado. 

           El novelista francés, Víctor Hugo, sostuvo que los ancianos tienen tanta necesidad de afectos como de sol. En ese orden de ideas, merece la pena razonar en el sentido de que la vejez en el lienzo es muy triste. De nada sirve que los seres que nos quieran tengan nuestro rostro colgado en la pared de su hogar en un cuadro o en un retrato, si no nos manifiestan vivamente su cariño.

         Las diversas fechas relativas a la unión familiar, si bien son propicias para intercambiar con las personas de mayor edad en la familia, no deben ser los únicos momentos para interactuar con ellos: las condiciones para llevar a cabo intercambios afectivos se crean a base de disposición y voluntad, no necesariamente vienen predeterminadas por el calendario. 

          La vida es una sucesión de eventos irrepetibles. Es muy positivo contar en nuestro haber con recuerdos vividos con nuestros seres queridos de una edad avanzada. Y, sin lugar a dudas, para nuestros ancianos la compañía impregnada de amor de sus seres queridos, será el mejor remedio para cualquier achaque propio de la edad. Amando nos amamos más a nosotros mismos, porque amar al prójimo igual que al ser propio constituye un mandado bíblico.

           Estadísticamente se ha establecido que durante la ancianidad los recuerdos suelen vivirse nueva vez y tienden a tener más presencia –inclusive- que los nuevos acontecimientos. En palabras del connotado escritor español, Pío Baroja: “Cuando uno se hace viejo, gusta más releer que leer”.      

            Durante el vuelo de las aves el aire debe estar presente. No se puede tener una buena volada sin viento. Y lo propio, no es posible tener una vejez buena en ausencia del aliento de los seres queridos, que son las brisas que facilitan el difícil vuelo final sobre el mar formado por la sustancia de los recuerdos que hasta entonces se han vivido.

Yoaldo H.P.

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