Una mirada al Liberalismo Social: modelo para reconciliar capitalismo y justicia social

Por.: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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En un contexto global marcado por la desigualdad, la desconfianza en las instituciones y los límites del mercado desregulado, el liberalismo social se presenta como una propuesta capaz de equilibrar libertad individual y justicia social. Este modelo defiende que es posible hacer compatible el capitalismo con la equidad, siempre que el Estado intervenga activamente para garantizar condiciones reales de oportunidad y dignidad para todos. A partir del pensamiento de John Rawls, Ronald Dworkin y Amartya Sen, esencialmente, se explora cómo un sistema basado en el respeto a la libertad, pero consciente de las desigualdades estructurales, puede ofrecer un camino democrático, ético y sostenible para enfrentar los retos del siglo XXI. Lejos de ser una postura moderada, el liberalismo social es una apuesta transformadora por una sociedad más justa sin renunciar al dinamismo económico.

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Palabras claves

Libertad, justicia social, Estado, igualdad de oportunidades, capitalismo, intervención estatal, redistribución, derechos sociales, equidad, liberalismo clásico, libertad positiva, bien común, piso mínimo de dignidad, desigualdad estructural, ciudadanía activa.

Contenido

I.- Introducción, II. Fundamentos del liberalismo social, 2.1 No debe confundirse con el libertarismo que promueve en Argentina Javier Milei, III. El capitalismo como sistema de generación de riqueza, IV. Instituciones justas para un capitalismo equitativo, V. Justicia social: más allá de la redistribución,VI. Retos actuales y vigencia del liberalismo social, VII. Conclusión.

I.- Introducción

El nombre “liberalismo social” nace como una evolución del liberalismo clásico, surgido en el siglo XVIII, al integrarse con preocupaciones propias del pensamiento social del siglo XIX y principios del XX. Su denominación responde a un intento de reconciliar dos grandes valores: “Liberalismo”, que representa la defensa de las libertades individuales, el Estado de derecho y la economía de mercado; “social”, que alude a la necesidad de justicia social, intervención del Estado y protección de los sectores vulnerables.

Sobre el origen histórico y uso del término, interesa resaltar que en Inglaterra (finales del siglo XIX y principios del XX) se dio uno de los primeros usos del término “social liberalism”, y se atribuye a pensadores como Leonard Trelawny Hobhouse[1] y Thomas Hill Green[2], quienes argumentaban que, en concreto, el Estado debía intervenir para garantizar las condiciones materiales necesarias para que la libertad fuera real. Hobhouse, en su obra Liberalism (1911), sostenía que:”La libertad verdadera requiere no sólo la ausencia de coacción, sino también las condiciones sociales adecuadas para su ejercicio”.

En Alemania (siglo XX) surgió el concepto de “sozialer Liberalismus”, también traducido como liberalismo social, que influyó partidos como el Partido Democrático Libre (FDP) en su vertiente más progresista. Por otro lado, en América Latina y Europa continental, en muchos países, el término “liberalismo social” se usa para diferenciarlo del neoliberalismo, reivindicando una tradición liberal que no es exclusivamente económica, sino también profundamente democrática y social.

En Estados Unidos, lo que en Europa y América Latina se denomina “liberalismo social”, suele llamarse simplemente “liberalism”. Pero aquí es clave notar una diferencia terminológica importante: en Estados Unidos, la palabra “liberal” se asocia culturalmente con la izquierda moderada, el Partido Demócrata y políticas públicas que promueven la intervención estatal, los derechos civiles, la igualdad de oportunidades, el sistema de salud pública, etc. En cambio, en Europa, “liberal” se asocia más con el liberalismo clásico o económico, es decir, menor intervención del Estado, mercado libre y énfasis en la propiedad privada.

Las ideas del liberalismo social tienen una profunda influencia en EE. UU., aunque bajo otras etiquetas, por ejemplo: Franklin D. Roosevelt y su New Deal (década de 1930) son expresiones claras de liberalismo social: intervención estatal, regulación de los mercados, derechos laborales, y protección social. Aunque nunca se llamó así, su enfoque es muy afín. De su lado, John Rawls, con su obra A Theory of Justice (1971), es el mayor exponente teórico del liberalismo social en EE. UU. Aunque no usó esa etiqueta explícitamente, su propuesta de justicia como equidad es la base filosófica del liberalismo social moderno.

El liberalismo social también se refleja en políticas defendidas por líderes como Barack Obama: acceso universal a la salud (Affordable Care Act), ampliación de derechos civiles, y apoyo a programas sociales.

Surge la pregunta, ¿por qué “liberalismo social” y no simplemente “socialdemocracia”? Pues hay que decir que, aunque ambos modelos pueden coincidir en algunos fines (como la equidad), el liberalismo social se distingue por su énfasis más firme en las libertades individuales,el pluralismo y los límites del Estado. No busca reemplazar el mercado, sino regularlo para hacerlo más justo.

En pocas palabras, el nombre liberalismo social nace de la intención de mantener la libertad como valor central, pero entendida en un sentido más profundo: una libertad que solo es auténtica si está acompañada de justicia y oportunidades reales para todos.

En definitiva, en un mundo atravesado por profundas desigualdades económicas, tensiones políticas y desafíos globales como el cambio climático o la automatización laboral, resurgen con fuerza los debates sobre el papel del Estado, el mercado y la justicia social. Frente al neoliberalismo —que privilegia la autorregulación del mercado— y al estatismo excesivo —que tiende a sofocar la iniciativa individual—, el liberalismo social se erige como una vía intermedia. Se trata de un modelo político y económico que reconoce la capacidad del capitalismo para generar riqueza, pero que exige intervenir para garantizar que dicha riqueza no sea privilegio de unos pocos.

Mediante este abordaje exploramos la posibilidad de que el liberalismo social constituya una propuesta teórica y práctica eficaz para hacer compatible el capitalismo con la justicia social, promoviendo la libertad individual sin renunciar a la equidad. A través del pensamiento de autores como John Rawls, Ronald Dworkin y Amartya Sen, esencialmente, se analizará cómo el Estado puede actuar como garante de condiciones equitativas sin anular el dinamismo del mercado.

II. Fundamentos del liberalismo social

El liberalismo social nace como una evolución del liberalismo clásico. Mientras este último pone el énfasis en la libertad negativa —la no interferencia del Estado en la vida del individuo—, el liberalismo social incorpora la noción de libertad positiva: la capacidad real de ejercer los derechos y participar en la vida social y económica.

Para los liberales sociales, la libertad no puede reducirse a la ausencia de coacción, sino que requiere condiciones materiales mínimas que permitan a todos los individuos desarrollar sus proyectos de vida. En palabras de Amartya Sen: “La pobreza no debe ser vista sólo como una privación de ingresos, sino como una privación de capacidades”
(Desarrollo y libertad, 1999).

El liberalismo social, por tanto, justifica la intervención del Estado no como una amenaza a la libertad, sino como su garantía efectiva, en la medida en que crea condiciones que permiten ejercerla.

En suma, el libertarismo de Milei sostiene que la libertad individual se maximiza con la mínima intervención estatal posible, confiando en que el libre mercado y las decisiones privadas resolverán los problemas sociales; sin embargo, esta postura suele ignorar las desigualdades estructurales que limitan el acceso real a oportunidades, dejando a muchos sectores vulnerables sin protección ni acceso a bienes esenciales como la educación, la salud o la vivienda.

Distinto al liberalismo social, que —en síntesis— promueve una libertad efectiva mediante la intervención responsable del Estado para corregir desigualdades estructurales, garantizando el acceso universal a derechos básicos como la educación, la salud y la protección social, con el fin de construir una justicia social que permita la igualdad real de oportunidades para todos.

En palabras llanas, mientras el libertarismo apuesta a que la libertad se logra con la mínima intervención del Estado y que el mercado resuelve por sí solo las necesidades, el liberalismo social sostiene que para que la libertad sea real, el Estado debe intervenir para garantizar derechos básicos y corregir desigualdades. La distinción esencial radica en que el libertarismo prioriza la libertad negativa (ausencia de coerción), mientras que el liberalismo social prioriza la libertad positiva (capacidad real de decidir y actuar).

Supongamos que hablamos del caso de un niño nacido en una familia pobre en un barrio marginal, sin recursos, con servicios públicos deficientes y sin acceso a una educación privada de calidad. En la cosmovisión libertaria (como la de Javier Milei, por ejemplo), el Estado no debe intervenir: cada individuo es responsable de su propio destino. Eliminaría la educación pública y los subsidios: el niño (o su familia) debe pagar por su educación, si la quiere. Cree que ofrecer servicios estatales viola la libertad individual, ya que implica que alguien más paga impuestos para cubrirlos. El mercado privado debe ofrecer opciones educativas; quien no pueda pagarlas, no las recibe. Punto.

Resultado en la práctica, a la luz del libertarismo: el niño, al no tener recursos, no accede a educación. Crece con menos oportunidades y queda atrapado en un ciclo de pobreza estructural, sin posibilidades reales de competir con quienes sí pudieron pagar su formación. Para el libertarismo, eso no es injusticia: es simplemente libertad en acción.

Por otro lado, conforme a la visión del liberalismo social, la libertad solo es real si existen condiciones materiales mínimas para ejercerla. El Estado debe garantizar educación pública de calidad, ya que sin ella no hay igualdad de oportunidades. No basta con dejar a todos “en libertad de elegir”, porque no todos tienen los mismos puntos de partida. El gasto en educación es visto como una inversión en justicia social y en el desarrollo individual.

Como resultado en la práctica del modelo del liberalismo social,el niño accede a una escuela pública gratuita y de calidad. Con el tiempo, tiene la posibilidad de ir a la universidad y competir en igualdad de condiciones con otros jóvenes. Su libertad no solo fue respetada, sino hecha posible por la acción del Estado.

III. El capitalismo como sistema de generación de riqueza

El capitalismo ha demostrado ser extraordinariamente eficaz para generar innovación, crecimiento económico y prosperidad general. Sin embargo, como reconocen los propios liberales sociales, el mercado no es un mecanismo neutral: tiende a generar desigualdades, consolidar privilegios heredados y excluir a sectores vulnerables.

El desafío, entonces, no es suprimir el capitalismo, sino reformarlo para hacerlo más justo. Como señala John Rawls en Teoría de la justicia (1971), la desigualdad económica solo es aceptable si: “…está sujeta a dos principios: el principio de libertad igual para todos y el principio de diferencia, que permite desigualdades sólo si benefician a los menos favorecidos”.

Este marco permite mantener la economía de mercado, pero bajo criterios morales de justicia, evitando que el éxito económico dependa exclusivamente del azar social o la lotería del nacimiento.

IV. Instituciones justas para un capitalismo equitativo

El liberalismo social apuesta por un conjunto de instituciones públicas robustas que mitiguen los efectos adversos del mercado sin interferir en su dinamismo. Esto incluye: educación pública universal de calidad, salud accesible para todos, seguridad social, regulación laboral y políticas fiscales progresivas

Ronald Dworkin, en su obra La justicia con toga (2006), introduce la idea de “igual respeto y consideración” como principio básico de toda política pública legítima. Según Dworkin, las desigualdades no deben reflejar ventajas arbitrarias, sino diferencias basadas en elecciones personales y esfuerzo. El Estado debe, por tanto, crear un sistema en el que: “…las personas tengan iguales oportunidades para convertir sus recursos en vidas valiosas”. El liberalismo social no propone el igualitarismo rígido, sino la equidad como base para la libertad real.

V. Justicia social: más allá de la redistribución

Una crítica frecuente al liberalismo social es que se limita a redistribuir riqueza sin cambiar las estructuras que la producen. Aquí, el aporte de Amartya Sen resulta esencial. Su enfoque en las “capacidades” introduce una dimensión más profunda: no basta con redistribuir ingresos, es necesario empoderar a las personas.

Esto implica políticas que mejoren la calidad de vida, promuevan la participación política, protejan derechos y reduzcan barreras estructurales como el racismo, el sexismo o el clasismo. Para Sen: “El desarrollo debe entenderse como la expansión de las libertades reales que disfrutan los individuos”.

El liberalismo social, cuando incorpora este enfoque, deja de ser solo una corrección del capitalismo y se convierte en una propuesta ética de convivencia democrática y digna.

VI. Retos actuales y vigencia del liberalismo social

En la actualidad, el liberalismo social enfrenta desafíos complejos: la crisis ecológica, la concentración del poder corporativo, el avance de tecnologías disruptivas y el debilitamiento de la cohesión social. Frente a estos problemas, ni el mercado desregulado ni el estatismo autoritario ofrecen respuestas satisfactorias.

El liberalismo social, por el contrario, propone un camino de reformas inteligentes, guiadas por principios de justicia y sustentabilidad. Esto incluye:

  • Inversión en energías limpias y transición justa
  • Nueva fiscalidad sobre las grandes fortunas y la economía digital
  • Garantía de renta básica o piso de protección social
  • Renovación de los mecanismos de representación política
  • Promoción activa de la igualdad de género y la diversidad

Lejos de ser un compromiso tibio, el liberalismo social debe asumirse como una tarea radicalmente democrática, que combine progreso económico con equidad y derechos humanos.

VII.- Conclusión

El liberalismo social representa una de las apuestas más sólidas y coherentes del pensamiento contemporáneo para hacer viable una sociedad libre, justa y próspera. Reconoce los méritos del capitalismo como motor de riqueza, pero también sus límites éticos y sociales. A través de políticas públicas que garanticen condiciones equitativas y libertades efectivas, el liberalismo social ofrece una ruta para reconciliar eficiencia económica y justicia social.

En tiempos de polarización y desencanto, su defensa de un Estado fuerte pero no invasivo, de una economía libre pero regulada, y de una ciudadanía empoderada pero solidaria, lo convierten en una propuesta profundamente moderna y necesaria.

Diría un poeta que, para la condición humana, en el ámbito social, el liberalismo social no sería otra cosa que la búsqueda de una libertad con rostro humano: una forma de vivir en la que cada persona pueda alzarse con dignidad, no solo libre de cadenas, sino también provista de alas.


[1] Leonard Trelawny Hobhouse (1864–1929) fue un sociólogo, filósofo político y economista británico, ampliamente reconocido como uno de los principales teóricos del liberalismo social en el mundo anglosajón. Su pensamiento ayudó a transformar el liberalismo clásico del siglo XIX —centrado en la no intervención del Estado— hacia una forma más moderna que reconocía la necesidad de garantizar igualdad de oportunidades, justicia social y derechos colectivos.

[2] Thomas Hill Green (1836–1882) fue un filósofo, teólogo y político británico, considerado uno de los fundadores del liberalismo social moderno y una figura central del llamado “nuevo liberalismo” en el Reino Unido. Su pensamiento reformuló el liberalismo clásico, alejándolo del individualismo absoluto para acercarlo a una concepción más comunitaria, ética y comprometida con la justicia social.

Del formalismo al debido proceso y la tutela judicial efectiva: extraer principios, construir justicia

Por: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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¿Cómo se descubren los principios que sostienen el proceso? Esta breve aproximación recorre, con énfasis en la materia civil, el tránsito del formalismo a una visión instrumental del proceso, mostrando cómo los principios —más allá de la ley escrita— son claves para resolver casos concretos, llenar vacíos normativos y garantizar justicia efectiva. Una invitación a pensar el proceso no como un fin, sino como un camino razonado hacia la tutela de derechos.

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Palabras clave

Principios, proceso, debido proceso, tutela judicial efectiva, normas, reglas, interpretación,argumentación,sistematicidad,dinamismo, instrumentalidad.

Contenido

I.- Contextualización de la temática del proceso como rama científica del derecho, II.- El límite de las reglas y la necesidad de los principios, III.- Diferencias conceptuales: valor, principio y regla,IV.- Características de los principios procesales, V.- De la teoría a la práctica: utilidad de los principios en el litigio diario,VI.- La utopía (y necesidad) de la unificación procesal, VII.- El proceso como garantía de la razón: argumentar para convencer,VIII.- Conclusión.

I.- Contextualización de la temática del proceso como rama científica del derecho

“La clave para determinar si se está ante un verdadero principio procesal radica en su capacidad para explicar de forma satisfactoria un conjunto significativo de normas del proceso civil”. Jorge W. Peyrano

El proceso, en sus orígenes, fue visto como una mera sucesión de actos, un ritual formal destinado a canalizar pretensiones jurídicas[1]. Sin embargo, esa mirada mecanicista se fue superando paulatinamente, dando lugar a una concepción mucho más profunda y sistémica: el proceso como instrumento de tutela jurisdiccional[2]. Esta evolución conceptual, impulsada por doctrinarios de gran enjundia[3], permitió el surgimiento de una teoría general del proceso, capaz de dotar a esta disciplina de coherencia, organicidad y profundidad científica.

En este marco, los principios procesales se revelan como elementos vertebradores del sistema. No son meras normas generales o aspiraciones éticas, sino construcciones jurídicas abstractas que emergen por inducción o generalización a partir de un conjunto normativo, y que permiten dar sentido y dirección al derecho procesal en su conjunto. A diferencia de las reglas, que están diseñadas para prever casos específicos, los principios permiten resolver situaciones no previstas, dotando al sistema de flexibilidad, coherencia y capacidad adaptativa[4].

Por ejemplo, en el ámbito de las reglas, la ley puede establecer plazos determinados para presentar una demanda o interponer un recurso; estos plazos son estrictos y su incumplimiento suele acarrear consecuencias procesales precisas, como la caducidad o la inadmisibilidad. Las reglas, en este sentido, actúan bajo una lógica binaria: se cumplen o se infringen. Su aplicación es cerrada, sin margen de ponderación[5].

Por otro lado, en el contexto de los principios[6], como el de economía procesal[7] y el de concentración[8], aunque no esté expresamente en la ley, pudiera justificarse que, mediante una misma sentencia, se ordenen varias medidas (comunicación de documentos, comparecencia personal de las partes, inspección de lugares, etc.). Igualmente, en virtud del principio de saneamiento procesal[9], oponerse a una excepción de nulidad por no citarse dentro del plazo del avenir (dos días francos), dado que, estando presente la parte citada, no ha probado agravio alguno y, justamente, el referido principio de saneamiento procesal expurga cualquier situación que impida el fiel desenvolvimiento de la instancia, dejando la nulidad, como sanción procesal, como última ratio, etc.

II.- El límite de las reglas y la necesidad de los principios

Las máximas de experiencia han aleccionado en el sentido de que, en la práctica judicial, las reglas no lo pueden prever todo. El legislador, por más meticuloso que sea, no puede anticiparse a todas las variables que el día a día pudiera aparejar y, en general, a todo lo que la vida social presenta[10]. Es en este punto donde la principiología procesal se convierte en una herramienta práctica y necesaria. Frente a lagunas normativas, ambigüedades o situaciones nuevas, los principios operan como criterios de solución, permitiendo resolver con justicia y racionalidad casos concretos que las reglas no alcanzan a contemplar[11].

Evidentemente, los principios no surgen en el vacío ni pueden invocarse como construcciones arbitrarias. Deben derivarse de preceptos ya consagrados en el ordenamiento procesal, a partir de una labor de inducción o generalización sistemática[12]. No se trata de crear normas nuevas al margen de la legalidad, sino de extraer, a partir de lo que ya está previsto, líneas de sentido capaces de orientar la solución de casos que la ley no reguló expresamente.

Así, por ejemplo, cuando se permite que se deposite fuera de plazo el original de una copia que ya ha sido aportada dentro del plazo, se manifiesta el principio de saneamiento procesal, en tanto y cuanto se están subsanando vicios procesales no esenciales, siempre que no se cause indefensión ni se vulnere el debido proceso. En efecto, si ya se había aportado la copia dentro de plazo y el original solo refuerza lo ya presentado, su ingreso posterior puede considerarse una subsanación formal, no una nueva prueba. Y ello derivaría del derecho a la prueba, que se recoge en un principio procesal, el cual ya consta en el ordenamiento procesal. No es una construcción arbitraria, parte de algo que ya existe.

Sin embargo, debe hacerse una advertencia importante: este tipo de razonamientos, que “saltan la regla” y se anclan en uno o en varios principios[13], no deben convertirse en la regla general. Por razones de seguridad jurídica y previsibilidad, el punto de partida natural debe ser siempre la regla expresa. El derecho procesal no puede vivir permanentemente en la excepción ni en la indeterminación. Las reglas aportan certeza, delimitan expectativas y reducen arbitrariedad. Por tanto, el respeto a las mismas es esencial.

Ahora bien, cuando la regla resulta insuficiente o inaplicable para el caso concreto, y su aplicación rígida conduciría a una solución injusta o desproporcionada, entonces sí se justifica el recurso a los principios. En esas circunstancias, los principios actúan como válvulas de escape del sistema que permiten adaptarlo sin traicionar su coherencia, preservando su racionalidad interna y garantizando una solución más ajustada a los fines del proceso: la tutela judicial efectiva. Tutela que, incluso, para ser verdaderamente efectiva, debe ser diferenciada cuando lo sugieran las circunstancias.

Este delicado equilibrio entre regla y principio es parte de la madurez del derecho procesal contemporáneo. Ni formalismo ciego ni voluntarismo interpretativo: un sistema basado en normas, pero guiado por principios cuando las normas no bastan para alcanzar la justicia.

III.- Diferencias conceptuales: valor, principio y regla

Es fundamental no confundir los principios con los valores ni con las reglas. Los valores[14] son fines ideales del sistema jurídico (como la justicia, la igualdad, la paz social), mientras que los principios son mandatos de optimización que orientan la interpretación y aplicación de normas, sin pretender agotar las situaciones que abarcan. Por su parte, las reglas son mandatos específicos, de todo-o-nada, cuya aplicación se agota en un solo caso[15].

La regla puede ser inaplicable o injusta si se la usa de forma rígida; el principio, en cambio, permite adaptar el derecho a las particularidades del caso, generando soluciones más justas, equitativas y razonables. Por ello, los principios no solo complementan a las reglas, sino que muchas veces las superan como fuente jurídica en momentos de conflicto o incertidumbre.

Así, por ejemplo, un caso de “valor” sería la justicia, entendida como un ideal que orienta al sistema jurídico en su conjunto, pero que no prescribe conductas específicas ni tiene operatividad directa. La justicia es una finalidad, una referencia ética que impregna las normas, pero no se aplica por sí sola a un caso concreto sin mediaciones normativas o interpretativas.

Un caso de “regla” sería el que dispone que una apelación debe interponerse dentro del mes a partir de la notificación de la sentencia. Se trata de un mandato concreto, con un plazo determinado, cuya aplicación es binaria: se cumple o no se cumple. Si se presenta fuera del término, la consecuencia es clara: inadmisibilidad por ser caduco el recurso. No hay margen de ponderación, salvo disposición excepcional.

Un caso de “principio” sería el de contradicción, que garantiza que ninguna decisión judicial válida puede tomarse sin que la parte afectada haya tenido la posibilidad de ser oída. Este principio no establece un único modo de operar, sino que orienta diversas normas del proceso (traslados, notificaciones, audiencias, plazos) y permite corregir situacionesen las que, aunque la ley se haya cumplido formalmente, el derecho de defensa pudo haberse visto afectado en su sustancia. Así, incluso si se cumplió una regla procesal, podría anularse un acto si el principio de contradicción fuere vulnerado.

La razonabilidad[16], hay que decir, es un concepto complejo y multifacético en el derecho y, aunque no suele ser regla, principio y valor al mismo tiempo, en sentido estricto, sí puede actuar como los tres en distintos niveles del sistema jurídico. En efecto, En su sentido más abstracto, la razonabilidad puede entenderse como un valor jurídico general, ligado a la justicia, proporcionalidad y racionalidad en la toma de decisiones. En este nivel, inspira al sistema jurídico en su conjunto, guiando tanto al legislador como al juez para que las normas, interpretaciones y sentencias no sean arbitrarias ni absurdas. Ejemplo: el valor de la razonabilidad exige que las leyes y decisiones sean coherentes, equilibradas y no desproporcionadas.

Por otro lado, en un plano más operativo, la razonabilidad se presenta como un principio jurídico, especialmente útil en el control de constitucionalidad, en la interpretación judicial y en la aplicación del derecho administrativo y procesal. Como principio, no indica una solución única, sino que orienta decisiones hacia lo que es justo y proporcionado en el caso concreto. Por ejemplo, si una norma procesal establece un plazo excesivamente corto para ejercer un derecho y esto impide el acceso a la justicia, el juez puede declarar su inaplicabilidad por vulnerar el principio de razonabilidad.

Respecto a la razonabilidad como regla, que -de entrada- pudiera resultar chocante. Hay que decir, en rigor jurídico-procedimental, que pudiera verse, con matizaciones, como regla. Ciertamente, la razonabilidad no suele ser una regla en sentido técnico, porque no establece un supuesto de hecho con una consecuencia jurídica automática. Sin embargo, en algunos contextos, puede ser positivizada en normas que operan casi como reglas, especialmente en control judicial o revisión de actos administrativos. Tal es el caso en que la ley exige que una sanción sea “razonable y proporcional al hecho”, esa exigencia funciona como una norma concreta aplicable, lo que se acerca a una regla, aunque su contenido se determine caso por caso.

En suma, la razonabilidad es ante todo un “valor”, puede actuar como “principio” y en ciertos contextos puede positivarse en forma de “regla”. Como valor: inspira todo el sistema. Como principio: guía la interpretación, integración y control judicial. Como regla: excepcionalmente, cuando se positiviza con efectos directos, aunque su contenido siga siendo evaluativo: por casuística.

Pero, además, se ha reconocido que la razonabilidad es un “derecho”. Esto así, porque el derecho no se reduce a reglas escritas; también incluye principios, valores, estándares y criterios interpretativos que tienen fuerza normativa. La razonabilidad, en muchas ramas del derecho (constitucional, procesal, administrativo, penal, etc.), tiene efectos jurídicos concretos y puede ser invocada,exigida y controlada judicialmente. Por ejemplo, el control constitucional: las leyes que imponen cargas o restricciones desproporcionadas pueden ser declaradas inconstitucionales por falta de razonabilidad. En el caso de los tribunales inferiores, se inaplicarían dichas leyes al caso concreto, mediante el control difuso, con efecto inter partes.

Igualmente, el caso del derecho procesal: las decisiones judiciales deben ser razonables; una sentencia arbitraria puede ser anulada por violar el debido proceso[17]. Lo propio, incluso, respecto del derecho administrativo: los actos de la administración deben ser razonables; si no lo son, pueden ser anulados judicialmente. En todos estos casos, la razonabilidad opera como una fuente jurídica con efectos normativos reales, no solo como una referencia ética o teórica. Un verdadero derecho.

Por otro lado, la dignidad humana es una de las nociones más potentes del derecho contemporáneo y, al igual que la razonabilidad, ocupa múltiples planos normativos al mismo tiempo. Pero en el caso de la dignidad, su triple carácter —valor, principio y derecho— está aún más consolidado y reconocido.

La dignidad es, ante todo, un valor fundante del orden jurídico. Está en la base de todo el sistema normativo, y le da sentido y legitimidad. No es un valor cualquiera: es el valor supremo en muchos ámbitos (como el constitucionalismo moderno), a partir del cual se construyen derechos fundamentales y se limitan los poderes públicos. Tal es el caso de la Constitución alemana (Grundgesetz), que inicia afirmando: “La dignidad del ser humano es inviolable”. No se trata solo de un preámbulo, sino de un valor que irradia al resto del orden normativo. Y lo propio prevé nuestra Constitución en su artículo 5, que reza: “Fundamento de la Constitución. La Constitución se fundamenta en el respeto a la dignidad humana y en la indisoluble unidad de la Nación, patria común de todos los dominicanos y dominicanas”.

La dignidad también actúa como un principio jurídico, es decir, como un mandato de optimización que orienta la interpretación y aplicación de normas, especialmente en los conflictos de derechos fundamentales o en contextos donde la ley permite múltiples interpretaciones. Verbigracia, el principio de dignidad obliga a interpretar las normas de modo tal que no cosifiquen a la persona (que no la traten como una “cosa”), ni la degraden, ni la instrumentalicen. Como principio, la dignidad no se agota en un solo caso ni ofrece soluciones únicas, pero guía el sentido general de las decisiones.

Además, la dignidad ha sido reconocida expresamente como un derecho fundamental en muchas constituciones, tratados internacionales y jurisprudencia. En nuestro caso, la Constitución dominicana, refrendado por el Tribunal Constitucional, ha situado a la dignidad como el eje de los derechos fundamentales; la sombrilla que ampara todos los derechos fundamentales. Como derecho, puede ser invocado directamente por las personas y exigido judicialmente. Ejemplo: la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha afirmado repetidamente que la dignidad humana es, como hemos señalado, el fundamento de todos los derechos humanos, y ha amparado a personas en contextos de tortura, tratos degradantes o condiciones indignas de detención.

Justamente, el lema actual del Poder Judicial dominicano es “justicia al día para garantizar la dignidad de las personas”. Finalmente, hay que decir que la dignidad[18] no ha de ser vista, distinto a la razonabilidad, como una “regla”. ¿Qué es una regla en sentido jurídico? Tal como hemos expuesto más arriba, una regla es una norma cerrada, específica y de aplicación binaria: si se dan los hechos previstos, se aplica directamente; si no, no se aplica. Su estructura es condicional y exhaustiva, con un margen de interpretación reducido. Ejemplo: “el recurso debe interponerse en 30 días”: se cumple o no.

Entonces, ¿la dignidad cumple ese rol? No directamente. La dignidad no establece un supuesto de hecho específico ni una consecuencia jurídica determinada, sino que funciona como un principio rector, abierto y ponderativo.No hay una “regla de dignidad” que diga: “si ocurre X, entonces se viola la dignidad y se impone Y”. Lo que hay son interpretaciones, estándares y aplicaciones que derivan del principio de dignidad, no reglas cerradas.

Surge, pues, la pregunta, ¿puede positivizarse la dignidad en una norma que actúe como regla? Sí, pero incluso entonces mantiene su carácter de principio. Por ejemplo, si una ley establece: “ningún detenido podrá ser sometido a tratos incompatibles con la dignidad humana”. Podría parecer una regla, pero en realidad es un principio positivizado. ¿Por qué? Porque requiere interpretación: ¿qué trato es compatible o no con la dignidad? La norma no lo determina de forma cerrada, sino que abre la puerta al juicio valorativo. No se da entonces el característico supuesto de hecho de las reglas.

IV.- Características de los principios procesales

Los principios procesales presentan varias características esenciales[19]:

  • Bifronte: Son normas jurídicas y a la vez postulados valorativos. Tienen una faz normativa (prescriben conductas) y una faz axiológica (proyectan valores).
  • Complementariedad: No sustituyen las reglas, sino que las completan, guían su interpretación y permiten llenar lagunas.
  • Dinamismo: Evolucionan con el tiempo, adaptándose a nuevos contextos y exigencias sociales.
  • Función argumentativa: Permiten justificar decisiones innovadoras, más allá del texto estricto de la ley.
  • Capacidad expansiva: Aunque muchos códigos modernos incluyen principios de manera expresa, esta enumeración nunca es taxativa. Los principios pueden surgir también de la práctica, la doctrina y la jurisprudencia.

De estas características de los principios se deriva que su conocimiento y dominio no puede limitarse a una comprensión meramente teórica o decorativa, porque cumplen un papel activo, práctico y decisivo en la solución de casos concretos, especialmente cuando las reglas resultan insuficientes, ambiguas o injustas en su aplicación literal.

Es así como, al ser bifrontes, los principios no solo orientan conductas, sino que también expresan valores que dotan de sentido al ordenamiento jurídico. Al ser complementarios, no desplazan a las reglas, pero sí las enriquecen, las interpretan y las articulan con otros mandatos. Y gracias a su dinamismo y capacidad argumentativa, permiten al operador jurídico construir soluciones razonables, fundadas y actualizadas, incluso ante situaciones no previstas normativamente.

En consecuencia, los principios procesales no deben verse como cláusulas retóricas o meramente aspiracionales, sino como instrumentos operativos fundamentales para la práctica forense, útiles tanto para formular peticiones creativas (medidas conjuntas, reposición de plazos, etc.) como para oponerse a incidentes o nulidades que, aunque formalmente correctas, resultan contrarias al sentido profundo del proceso justo.

Así, dominar los principios no es un lujo teórico, sino una verdadera herramienta de litigación estratégica, en la que se conjugan el conocimiento técnico con la capacidad argumentativa, para lograr respuestas jurídicas razonables y coherentes con la finalidad tutelar del proceso. Y, desde el punto de vista judicial, son esenciales (los principios) para ejercer la tutela judicial efectiva que instituye el artículo 69 de la Constitución.

V.- De la teoría a la práctica: utilidad de los principios en el litigio diario

A diferencia de lo que pudiera creerse, conocer los principios no es un lujo teórico, sino una necesidad práctica, tal como hemos visto en los apartados anteriores. Dominar la lógica de la principiología permite al litigante construir argumentos más sólidos, creativos y eficaces. También sirve para impugnar decisiones que, aún amparadas en una regla, resultan contrarias al sentido profundo del proceso[20].

Incluso, la nueva práctica casacional pasó de sancionar la “infracción a la ley” a reprimir la violación de “las reglas de derecho”. Esto así, conscientes de que el derecho transciende la ley, y está integrado por reglas y principios. Por lo que, a la luz de la vigente Ley núm. 2-23, de Recurso de Casación, la violación de un principio pudiera fundar la procedencia del referido recurso extraordinario[21].

Desde una perspectiva práctica, los principios procesales permiten fundamentar solicitudes que, sin estar expresamente previstas en la ley, encuentran respaldo legítimo en la lógica del sistema. Así, por ejemplo, cuando se pretende que un testigo ya examinado en primera instancia sea nuevamente oído en grado de apelación, puede invocarse con fundamento el principio de inmediación, que exige el contacto directo del juez con los medios probatorios ofertados, especialmente cuando de su valoración depende la credibilidad y fuerza persuasiva del testimonio.

Del mismo modo, ante la maniobra de una parte que, advertida de que un testimonio puede resultar desfavorable a sus intereses, intenta desistir del mismo para impedir su valoración, es posible oponerse mediante el principio de comunidad de la prueba (o adquisición procesal). Este principio establece que las pruebas, una vez introducidas válidamente al proceso, pertenecen al expediente y no a la voluntad de las partes, lo que habilita a la contraparte a servirse legítimamente de ellas, independientemente del cambio de estrategia procesal del oferente original.

En definitiva, son incontables los casos prácticos en que los principios sirven para someter pedimentos verdaderamente útiles con base jurídica. Y es que los principios procesales, vale resaltar, tienen naturaleza jurídica normativa, en tanto y cuanto tienen efecto de norma y, por tanto, funcionan como sustento jurídico: tanto las reglas como los principios son normas, por regla general.

VI.- La utopía (y necesidad) de la unificación procesal

Existe una tendencia doctrinaria a unificar los procedimientos de todas las materias (penal, civil, inmobiliario, contencioso-administrativo, etc.) bajo un modelo común. La idea responde al loable deseo de simplificación, coherencia y racionalidad del sistema. Sin embargo, esta tendencia, aunque deseable, encuentra límites prácticos. Ciertas materias, como el derecho penal, el contencioso-administrativo o el inmobiliario, tienen particularidades propias que justifican procesos diferenciados.

No obstante, esto no impide que se avance en una armonización de principios comunes, que puedan regir transversalmente en todos los procesos: oralidad, inmediación, celeridad, contradicción, publicidad, etc. La unidad no debe ser confundida con uniformidad absoluta, sino con unidad de finalidad y principios rectores. De hecho, desde ya, además de los principios generales u orgánicos de cada materia, los principios constitucionales (juez natural, acceso a la justicia, etc.) son aplicables a todos los subsistemas jurídicos (laboral, inmobiliario, NNA, etc.).

VII.- El proceso como garantía de la razón: argumentar para convencer

Finalmente, como lapidariamente ha dicho COUTURE, el proceso no tiene un fin en sí mismo[22]. No es una estructura formal vacía, sino un instrumento para tutelar derechos sustantivos. Un proceso bien estructurado y bien aplicado es la mejor garantía de que la razón tenga una oportunidad de triunfar. Pero, como recuerda VIGO: no basta tener razón, hay que saber decirla.

La argumentación procesal, inspirada y sustentada en principios, es la herramienta fundamental para lograr ese cometido. Un litigante que domina la lógica de los principios no solo comprende mejor el sistema, sino que puede hacerlo funcionar de manera más justa, ágil y coherente.

Por ejemplo, no es lo mismo solicitar una medida procesal (experticia caligráfica, informativo testimonial, inspección de lugares, etc.) invocando únicamente una norma aislada, que fundamentarla articuladamente sobre el principio que le da sentido y proyección en el caso concreto. En el primer caso, el pedido puede percibirse como meramente formal o incluso forzado. En cambio, cuando el litigante demuestra que la solicitud se inscribe dentro de la lógica del sistema, orientada por principios como la tutela judicial efectiva, la economía procesal o la verdad material, la petición cobra fuerza, coherencia y legitimidad argumentativa.

En este último caso, sin dudas, el juez no solo recibe una pretensión técnicamente mejor construida, sino que se ve compelido a ponderarla desde una dimensión más amplia del derecho, que trasciende el “literalismo normativo” y se compromete con una solución justa y racional. Así, la argumentación basada en principios no solo fortalece la posición del abogado, sino que activa la dimensión más profunda del derecho procesal: la que lo concibe como instrumento de justicia y no como simple sucesión de actos rituales.

Así las cosas, en un proceso en el que se debate la validez de un contrato aparentemente formal y debidamente suscrito, la parte demandante solicita la comparecencia personal de los litigantes y la recepción de una declaración testimonial de un tercero que, según afirma, conoce la verdadera intención de las partes al momento de la firma, esto es, que el contrato fue simulado.

A primera vista, el tribunal podría inclinarse por rechazar tales medidas con base en una interpretación rígida, en el sentido de que los actos jurídicos se prueben por escrito. Sin embargo, una interpretación estrictamente literal de esta regla atentaría contra la posibilidad real de demostrar la simulación, dado que —como reconoce la mejor doctrina y jurisprudencia— la simulación es un hecho jurídico, no un acto jurídico, y como tal se prueba por todos los medios, sin restricción formal[23].

Aquí es donde los principios procesales despliegan su verdadera fuerza operativa. El principio de verdad material, que en nuestro medio oponemos a la verdad jurídica (la que se construye con base en la prueba) que orienta al proceso hacia la reconstrucción fiel de lo ocurrido, exige que el tribunal no se limite a las formas aparentes del negocio jurídico envuelto en la casuística, sino que investigue la realidad subyacente.

Por su parte, el principio de libertad probatoria en materia de hechos jurídicos, así como el de tutela judicial efectiva, habilita y justifica la admisión de medidas como la comparecencia personal de las partes —medida útil para explorar contradicciones y evaluar la veracidad de las posiciones— y el informativo testimonial, que podría aportar datos esenciales sobre las circunstancias reales que rodearon la contratación en cuestión.

En pocas palabras, aunque la regla general exige prueba escrita para los actos jurídicos, los principios permiten al juzgador superar esa apariencia cuando se discute una simulación, habilitando una vía probatoria más amplia y adaptada al objeto del proceso. Negarse a ello, sería tanto como cerrar la puerta a la verdad del caso, en favor de una apariencia documental que, precisamente, se impugna como fingida. Esto, por solo citar un caso ilustrativo más sobre la utilidad práctica de los principios.

VIII.- Conclusión

Los principios procesales no son adornos retóricos, sino pilares estructurales del sistema procesal. Permiten comprenderlo, aplicarlo con sentido, completarlo cuando es insuficiente y proyectarlo hacia soluciones más justas. Son la expresión más refinada de un derecho procesal que ha dejado de ser una mera técnica de rituales para convertirse en un verdadero instrumento de tutela judicial efectiva.

Conocer los principios, dominarlos y saber argumentarlos es, hoy más que nunca, una necesidad práctica y estratégica para todo operador jurídico que aspire a hacer del derecho procesal un vehículo de justicia, y no una trampa de formas.


[1] “La clásica noción procedimentalista concebía el “juicio” como una mera sucesión de actos procesales (de iniciación, de alegación, de aportación normativa y probatoria, y de conclusión), llevados a cabo en el tiempo y la forma requeridos por la respectiva ley ritual” (PEYRANO, Jorge W. El proceso civil, p. 7).

[2] En palabras de COUTURE: “el proceso es, por sí mismo, un instrumento de tutela del derecho” (COUTURE, Eduardo J. Fundamentos del derecho procesal civil, 4ta. edición, p. 120).

[3] Autores como los italianos Giuseppe Chiovenda, Francesco Carnelutti, el uruguayo Eduardo Couture, los argentinos Jorge W. Peyrano y Osvaldo Alfredo Gozaíni, el español Jaime Guasp, entre otros, han aportado significativamente a la cuestión procesal como rama científica del derecho, más allá de una mera sucesión de actos conforme a las formas previstas en una “ley-ritual”.

[4] “(…) el descubrimiento de la existencia de principios que presiden el proceso permitió advertir la congruencia lógica de algunas fórmulas legales aparentemente inmotivadas. Es que, en último análisis, la más humilde disposición legal no es otra cosa que la asunción, o la excepción, de las consecuencias que acarrea la recepción de un principio procesal determinado. Coincide COUTURE al decir: Toda ley procesal, todo texto particular que regula un trámite del proceso, es, en primer término, el desenvolvimiento de un principio procesal, y ese principio es, en sí mismo, un partido tomado, una elección entre varios análogos que el legislador hace” (Op. Cit, PEYRANO, Jorge W., pp. 7-8).  

[5] “Las reglas son normas que ordenan algo definitivamente. Son mandatos definitivos. En su mayoría, ordenan algo para el caso de que se satisfagan determinadas condiciones. Por eso, son normas condicionadas. Sin embargo, las reglas pueden revestir también una forma categórica (…) es un mandato definitivo y debe hacerse exactamente lo que ella exige. Si esto se hace, entonces la regla se cumple; si no se hace, la regla se incumple. Como consecuencia, las reglas son normas que siempre pueden cumplirse o incumplirse” (ALEXY, Robert. Teoría de la argumentación jurídica, 2da. edición, pp. 349-350).

[6] “Los principios son normas que ordenan que algo sea realizado en la mayor medida posible, de acuerdo con las posibilidades fácticas y jurídicas. Por ello, los principios son mandatos de optimización. Como tales, se caracterizan porque pueden ser cumplidos en diferentes grados y porque la medida de cumplimiento ordenada depende no solo de las posibilidades fácticas, sino también de las posibilidades jurídicas. Las posibilidades jurídicas se determinan mediante reglas y, sobre todo, mediante principios que juegan en sentido contrario” (Ídem). “Las reglas nos proporcionan el criterio de nuestras acciones, nos dicen cómo debemos, no debemos, podemos actuar en determinadas situaciones específicas previstas por las reglas mismas; los principios, directamente, no nos dicen nada a este respecto, pero nos proporcionan criterios para tomar posición ante situaciones concretas, pero que a priori aparecen indeterminadas (…) Puesto que carecen de supuesto de hecho, a los principios, a diferencia de lo que sucede con las reglas, solo se les puede dar algún significado operativo haciéndolas “reaccionar” ante algún caso concreto. Su significado no puede determinarse en abstracto, sino solo en los casos concretos, y solo en los casos concretos se puede entender su alcance” (ZAGREBELSKY, Gustavo. El derecho dúctil, pp. 110-111).

[7] Además del tradicional enfoque del ahorro de tiempo, COUTURE resalta también el factor económico dentro del concepto de “economía procesal”, sosteniendo que “el, proceso, que es un medio, no puede exigir un dispendio superior al valor de los bienes que están en debate, que son el fin. Una necesaria proporción entre el fin y los medios debe presidir la economía del proceso. Por aplicación de este principio, los procesos modestos en su cuantía económica son objeto de trámites más simples, aumentándose las garantías a medida que aumenta la importancia económica del conflicto” (Op. Cit., COUTURE, Eduardo J., p. 155). Con visión más genérica, abarcando tanto lo económico como la duración del proceso, GOZAÍNI sostiene que “el principio de economía procesal proyecta un alcance superior al de lo estrictamente ritual, en la medida que importa una temática de política procesal que ocupa aspectos genéricos y específicos que lo ubican como un verdadero principio rector del proceso (…) Los puntos de interés principal ocupan la duración del proceso y su onerosidad para deducir de cada uno variaciones que definen particularidades especiales (…) Economía de gastos y economía de esfuerzos son, entonces, los capítulos decisivos para comprender este principio” (GOZAÍNI, Osvaldo Alfredo. Teoría general del derecho procesal, p. 134).

[8] “Se trata de cumplir en el menor número de actuaciones la mayor cantidad posible de actos útiles para el progreso del expediente” (Ibídem, p. 136).

[9] Este principio se instala en el campo de las facultades de los jueces, procurando expurgar aquellos vicios que inducen al entorpecimiento de la causa o que provocan dificultades para reconocer claramente el objeto de la discusión (…) en el campo de la celeridad procesal, el principio pretende dos objetivos: a) depurar al proceso de vicios que inciden en la utilidad del litigioso y b) asegurar que el objeto del proceso se encuentre precisamente determinado, liberándolo de manifestaciones dispendiosas o de pruebas inconducentes que sean, en definitiva, un estrobo insalvable para resolver” (Ídem, pp. 138-139).

[10] “El legislador puede proveer justicia tan solo en un plano relativamente general y abstracto. La tarea de realizar lo que Aristóteles llamó “justicia animada”, la de impartir justicia en el caso concreto, le corresponde al juez” (TRÍAS MONGE, José. Teoría de adjudicación, p. 400).

[11] Jorge W. Peyrano aborda con enjundia la temática de los principios generales como solución integradora de las lagunas procedimentales, en su libro previamente citado titulado El proceso civil, p. 9 y sgts.

[12] “(…) mientras los conceptos corresponden a realidades objetivas, aunque a veces deformadas por el derecho, las construcciones jurídicas son de naturaleza más artificiosa. Consisten en un procedimiento que trata de alcanzar la verdad en el derecho abstrayendo de las normas existentes y de los conceptos, por inducción o generalización, una idea más amplia, que permita explicarlos y crear así nuevas normas (…) La utilidad de estas construcciones jurídicas reside en que permiten dar una arquitectura más orgánica al derecho. Al introducir una mayor sistematización en el complejo de normas existentes, facilita no solo la exposición, sino también el manejo de esas normas, y permite alcanzar nuevas soluciones con ayuda del procedimiento de analogía” (MOUCHET, Carlos y ZORRAQUÍN BECÚ, Carlos. Introducción al derecho, 5ta. edición, p. 141).

[13] No olvidemos que, justamente, dentro de los caracteres de los principios está la complementariedad. Uno, como señala EISNER, puede arrastrar otro y, si se invocan juntos, es más persuasivo el argumento (Cfr EISNER, Isodoro. Principios procesales, “Revista de Estudios Procesales”, núm. 4, p. 50.

[14] De entrada, un “valor” se entiende que es algo que una persona o una sociedad considera importante y que guía su comportamiento, decisiones y juicios sobre lo que es correcto o deseable. Pudiendo variar según la cultura, la educación y las experiencias individuales, y pueden incluir conceptos como la honestidad, la justicia, la solidaridad, entre otros (…) No es ocioso recordar, a propósito de que los valores son ese “motor inmóvil” que mueve a cumplir con los principios, que la teoría aristotélica sobre el movimiento se basa en la idea de que todo cambio o movimiento tiene una causa o un principio que lo impulsa. Según Aristóteles, todo lo que se mueve es causado por algo más, ya sea una fuerza externa o un impuso interno inherente a la naturaleza de la cosa misma. Esta teoría es conocida, tal como se ha visto, como la doctrina del “motor inmóvil”, que sostiene que hay una entidad inmutable que mueve todo lo demás sin ser movida por nada más. Para este filósofo griego, este “motor inmóvil” es el principio supremo y causa final de todo movimiento en el universo. Aplica, por ende, este concepto de “motor inmóvil” al ámbito de los valores y principios: el valor mueve a que se cumpla el principio, como se ha dicho más arriba ((Apuntes y consideraciones sobre el conversatorio sobre “Problemas y dilemas éticos” celebrado, el 16 de abril de 2024, en las instalaciones de la Escuela Nacional de la Judicatura, con el docente Armando Andruet, ex presidente del Tribunal Supremo de Córdoba, Argentina, y titular de la cátedra de Filosofía del Derecho y Filosofía Jurídica. En línea: www.yoaldo.org).

[15] Más arriba nos hemos ocupado de abordar los principios y las reglas, valiéndonos de doctrinas autorizadas como ALEXY y ZAGREBELSKY.

[16] Este principio es abordado con gran enjundia por Juan Cianciardo, en su libro titulado El principio de razonabilidad, bajo los cuidados de la Universidad Austral, Editorial Ábaco de Rodolfo Depalma.

[17] El plano lingüístico es esencial para que la sentencia se baste. Pudiera ser razonable y, por tanto, justa. Pero, si no se explica sola, por no usar un lenguaje claro, de nada serviría la razón contenida en ella. Como sostiene VIGO, hay que saber decir la razón, y para ello hay que saber argumentar, lo que implica un buen uso del idioma. Eso aplica tanto desde la perspectiva forense, respecto de los litigantes y sus escritos, como bajo la óptica judicial, en relación a sus sentencias.

[18] Dignidad es, dicho sea de paso, una noción abstracta. Pudiera ser agua en un caso, educación en otro, habitación en otras casuísticas, etc. Debe darse concreción al concepto al caso dilucidado. 

[19] PEYRANO aborda estas características en su libro, previamente citado, titulado El proceso civil, a partir de la página 36.

[20] Sobre la utilidad práctica de los principios, en el contexto procesal, me he referido en el libro Soluciones procesales, 2da. edición, a partir de la página 369.

[21] “Una de las novedades más interesantes del nuevo régimen casatorio, a partir de la L. 2-23, es el reemplazo, en la construcción del concepto nomofiláctico, de la vieja fórmula referida a la mala aplicación de la ley por la de no conformidad de la sentencia impugnada con “las reglas de derecho”. No se habla ya, como antes lo hacía el art. 1 de la derogada L. 3726-53, de una censura a la deficiente aplicación de la ley, sino, en general, de las reglas de derecho: una redacción ambiciosa y omnicomprensiva que, más allá del precepto legal en frío, se extiende al principialismo, es decir, a aquellas pautas abstractas o principios que legitiman al derecho formalmente legislado, porque, como enseña DWORKIN, el quehacer jurídico no solo se nutre de leyes materiales y procesales. También lo hace de principios que orbitan a su alrededor, dan sentido a su contenido e incluso le anteceden en el tiempo y relevancia. Siendo así, todo sugiere que, en lo adelante, no será ninguna rareza escuchar pedir y a la SCJ fallar la casación de una determinada decisión judicial por ser violatoria de alguno de estos principios implícitos en la norma” (ALARCÓN, Edynson. Los recursos en el procedimiento civil, 4ta. edición, pp. 397-398).

[22] COUTURE resalta que el proceso no tiene un fin en sí mismo, más que tutelar el derecho. Es un instrumento de tutela y, para que dicho instrumento no falle en su cometido, deben evitarse interpretaciones rígidas, excesivamente formalistas, porque ello llevaría a que el proceso “aplaste al derecho” (Cfr COUTURE, Eduardo J., p. 120).

[23] En el contexto de la simulación, como situación de hecho que es, importa recordar que, tal como ha aclarado la mejor doctrina, los hechos jurídicos (que no nace directamente de la voluntad: accidente de tránsito, etc.) se prueban por todos los medios, mientras que los actos jurídicos (que emanan de la voluntad: pagaré, contrato, etc.) son lo que precisan de prueba escrita, primordialmente (Cfr LARROUMET, Christian. Derecho civil. Introducción al estudio del derecho privado, p. 405).

Una mirada a la estructura judicial francesa y su relevancia para el derecho dominicano

Por: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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Se estudia la configuración del sistema judicial en Francia, luego de sus reformas más recientes, y su impacto en la evolución del derecho en la República Dominicana. Aunque ambos sistemas comparten raíces, Francia ha seguido evolucionando, tanto en lo procesal como en el ámbito material o sustantivo, mientras nuestro ordenamiento se ha quedado rezagado. Conocer los tribunales franceses y sus equivalentes en el país —o la falta de ellos—, así como figuras y trámites incorporados en aquella nación más avanzada, nos permite repensar y modernizar nuestra justicia.

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Palabras clave

Derecho comparado, sistema judicial, Code de l´organisation judiciaire, figuras y trámites novedosos, Francia, República Dominicana, tribunales, unipersonal, colegiado, equivalencias, Ley 834, derecho civil, casación, juez de puesta en estado, juez de ejecución, corte de apelación, modernización, retardo normativo, jurisdicciones especializadas.

Contenido

I.- Aproximación inicial, II.- Juge des contentieux de la protection (Juez de los litigios de protección), 2.1 Equivalente en República Dominicana: Juzgado de paz, 2.2 Comparación funcional,  III.- Tribunal de Première Instance / Tribunales de Primera Instancia, IV.- Tribunal de Commerce / Tribunal de Comercio, V.- Conseil de Prud’hommes / Tribunal Laboral, VI.-  Cour d’Appel / Corte de Apelación, VII.- Cour de Cassation / Suprema Corte de Justicia (en función de casación), VIII.-  Conseil d’État / Tribunal Superior Administrativo, IX.- Cour des Comptes / Cámara de Cuentas, X.- Jurisdicciones especiales y constitucionalidad, XI.- Contextos penal y administrativo, XII.- Conclusión.

I.- Aproximación inicial

La globalización ha impulsado la necesidad de observar otros sistemas jurídicos como referencia, no solo para comprender la dinámica del derecho comparado, sino también para analizar cómo se abordan cuestiones fundamentales como la constitucionalidad, los derechos fundamentales y la organización judicial.

En este contexto, el sistema jurídico francés continúa siendo de especial interés para la República Dominicana. Aunque diferentes influencias han moldeado el derecho dominicano, el derecho civil francés, y en particular su proceso civil, sigue siendo uno de los pilares esenciales de nuestra normativa actual.

La importancia del sistema judicial francés no es meramente histórica. En 1978, con la promulgación de la Ley 834 que modifica el Código de Procedimiento Civil en la República Dominicana, se incorporaron elementos procesales que en ese momento eran novedades del derecho francés. No obstante, mientras Francia ha continuado reformando y modernizando su ordenamiento jurídico y su estructura judicial misma, la República Dominicana se ha mantenido estática en varios aspectos fundamentales, generando un desfase entre ambos sistemas.

Por esta razón, conocer figuras y trámites novedosos, así como el dato de cómo está organizada la justicia en Francia, cuáles tribunales la componen a partir de su Code de l´organisation judiciaire (COJ)[1], y cuál es su equivalente —o la ausencia de este— en nuestro sistema nacional, es esencial para entender los retos de nuestra estructura judicial y su posible modernización.

En efecto, resulta de gran valía una aproximación a figuras como “injonction de payer” (requerimiento de pago)[2], al uso ampliado del référé provisión, sin necesidad de probar urgencia, siempre que la obligación de pago no esté seriamente contestada[3], a la evolución en el campo de las obligaciones[4], simplificando, clarificando y adaptando el derecho de las obligaciones a las necesidades contemporáneas[5], entre otros puntos de interés. Evidentemente, resulta imprescindible adoptar una visión realista al observar el sistema jurídico francés en la actualidad, porque existen elementos propios de un país desarrollado como Francia que, por el momento, no son viables en nuestro contexto nacional.

 Tal es el caso, por ejemplo, de un fondo de reparación para víctimas (Fonds de Garantie des Victimes des actes de Terrorisme et d´autres Infractions -FGTI-) o un sistema mixto de seguros eficaz en materia de accidentes de tráfico: privado obligatorio y, además, un fondo público de garantía para casos excepcionales como vehículos no asegurados, fuga, etc. No obstante, en el plano institucional —cuyas mejoras no necesariamente requieren recursos inalcanzables para países con limitaciones económicas como el nuestro—, deben valorarse los avances del modelo francés, dada su influencia histórica en nuestro ordenamiento jurídico[6].

Aunque pueda parecer utópico aspirar en el corto plazo al nivel de desarrollo de una nación más avanzada, no debe olvidarse, como bien señaló Fernando Birri, que la utopía, al igual que el horizonte, se aleja a medida que nos acercamos a ella: si caminamos dos pasos, se aleja dos; si avanzamos tres, retrocede otros tantos. Pero precisamente para eso sirve la utopía: para impulsarnos a caminar. Caminemos, entonces, hacia el progreso jurídico, guiados por el análisis comparado y el ejemplo de sistemas más consolidados.

En lo que tiene que ver con la estructura judicial, el Code de l´organisation judiciaire de Francia (que, en alguna medida, equivale a la Ley núm. 821 de Organización Judicial en nuestro país) estructura sus tribunales en dos grandes órdenes jurisdiccionales: Orden judicial (ordre judiciaire), encargado de asuntos civiles y penales, los cuales se dividen en:

a) Jurisdicciones civiles:

Tribunal judiciaire, de competencia general civil.

Conseil de prud´hommes, de conflictos laborales

Tribunales de commerce, de asuntos mercantiles

Tribunal paritaire des baux ruraux, de arrendamientos rurales.

b) Jurisdicciones penales:

Tribunal correctionnel, que conoce delitos

Cour d´assises, que decide sobre crímenes

-Tribunal de pólice, que ventila faltas de menos envergadura.

Igual que en nuestro país, la clasificación de las infracciones penales deriva del monto de la pena (reglado por el artículo 1 del Código Penal), siendo el de mayor sanción el crimen, luego el delito y, finalmente, las más leves, las faltas-contravenciones.

Tanto lo civil como lo penal, en el orden judicial, tienen instancias superiores. Estas son:

Cour d´appel, que conoce las apelaciones contra las decisiones de primera instancia.

Cour de Cassation, que conoce los recursos de casación.

Por otro lado, está el orden administrativo (ordre administratif). Este orden está encargado de litigios contra la administración pública. Está compuesto de la siguiente manera:

Tribunaux administratifs

Cours administratives d´appel

Conseil d´État (máxima instancia administrative).  

Nada de lo anterior, evidentemente, escapa al control constitucional. Igual que en la República Dominicana, en Francia existe un órgano con atribuciones constitucionales. En efecto, el Conseil constitutionnel (Consejo Constitucional) no pertenece a ninguno de los órdenes jurisdiccionales tradicionales (judicial o administrativo). Es una jurisdicción autónoma, con función constitucional específica. Incluso, distinto al sistema dominicano, el referido Conseil constitutionnel ejerce un control a priori (antes de la promulgación de las leyes), además del control a posteriori que, en Francia (igual que aquí), mediante la question prioritaire de constitutionnalité (QPC), desde el 2010, permite a los ciudadanos impugnar una ley vigente por inconstitucionalidad. 

Daremos, en los temas subsecuentes, una mirada puntual a los tribunales más relevantes de los mencionados previamente.

II.- Juge des contentieux de la protection (Juez de los litigios de protección)

Desde 2020, en Francia, el antiguo “juge de proximité” (juez de proximidad) y ciertas funciones del “tribunal d’instance” se integraron en una figura única conocida como el “juge des contentieux de la protection”, que opera dentro del Tribunal judiciaire (tribunal de primera instancia).

Este juez conoce de asuntos civiles de menor cuantía, especialmente en temas como:

  • Litigios entre particulares de hasta cierto monto (generalmente inferior a 10,000 euros).
  • Conflictos de arrendamiento y vivienda.
  • Sobreendeudamiento de personas físicas.
  • Tutelas y curatelas.

2.1 Equivalente en República Dominicana: Juzgado de paz

En la República Dominicana, el Juzgado de Paz es el tribunal más próximo al ciudadano, con competencia para conocer asuntos de menor envergadura económica y de integridad física, aunque muchas veces de alta importancia social (riñas, cobros de ciertos montos, asuntos especializados de tránsito, municipales, etc.). La gran diferencia es que en Francia es un juez especializado, pero de primera instancia. Es parte del tribunal judiciaire[7].

Existen en el sistema dominicano juzgados de paz ordinarios que, como tribunales de excepción, conocen todo lo que la ley les atribuya expresamente (manutenciones de menores de edad, ejecuciones en materia de garantías mobiliarias, etc.). Y, por otro lado, los juzgados de paz especializados, como los de tránsito y para asuntos municipales, con atribuciones más restringidas a la especialidad de la ley en cuestión.

2.2 Comparación funcional

Aunque el nombre no sea idéntico y el sistema francés no tenga un “juzgado de paz” con esa denominación, el “juge des contentieux de la protection” cumple muchas de las funciones que realiza un Juzgado de Paz dominicano: resolución de litigios sencillos, cercanía con el ciudadano y procedimientos más ágiles y menos formales.

En definitiva, existe una figura -si se quiere- equivalente en Francia al juez de paz, aunque se encuentra integrada en la estructura del Tribunal judiciaire (de primera instancia) y actualmente no opera como un tribunal autónomo con el nombre “juzgado de paz”.

III.- Tribunal de Première Instance / Tribunales de Primera Instancia

En Francia, el Tribunal judiciaire (antes llamado Tribunal de grande instance y fusionado con otros tribunales menores) conoce la mayoría de los casos civiles y penales en primera instancia. En República Dominicana, su equivalente más directo serían los Juzgados de Primera Instancia, que conocen de asuntos civiles y penales en su fase inicial. Sin menosprecio de los juzgados de primera instancia en materias especializadas (trabajo, NNA, etc.).  

En jurisdicciones de gran flujo de trabajo, en nuestro país se han creado cámaras a lo interno del Juzgado de Primera Instancia y estas, a su vez, se dividen en salas. Así, por ejemplo, el Juzgado de Primera Instancia del Distrito Nacional tiene una Cámara Penal y otra Civil. Y cada cámara, igualmente, está dividida en salas con un presidente. Y lo propio a nivel de alzada: la Corte de Apelación el Distrito Nacional está dividida en Cámara Penal y otra Cámara Civil, cada una con sus salas. Y lo propio en materias especiales: el Juzgado y la Corte de Trabajo, igual que en NNA, etc., se dividen en salas cuando existe flujo importante de trabajo.

El Tribunal judiciaire, que es el tribunal civil de primera instancia en Francia, desde la reforma de 2020 (resultado de la fusión del tribunal de grande instance y tribunal d’instance), funciona principalmente con un solo juez (juge unique) en la mayoría de los casos civiles.

Sin embargo, ciertos asuntos más complejos o delicados pueden ser conocidos por una formación colegiada (de tres jueces). Esto depende de la naturaleza del caso (por ejemplo, sucesiones complicadas, demandas de gran cuantía); igualmente, la decisión del presidente del tribunal puede disponer que el caso sea conocido por un panel de jueces. También hay salas especializadas, como las de asuntos de familia, propiedad, ejecución forzosa, que pueden ser dirigidas por jueces únicos o colegiados, según el caso.

En la República Dominicana, los Juzgados de Primera Instancia civil también son unipersonales. En materia penal, sin embargo, es colegiado atendiendo a la pena de la infracción. Lo civil se ve de manera colegiada ya a nivel de alzada y en sede casacional.

En Francia, cuando el tribunal es colegiado intervienen tres jueces de lo civil, que sonjueces de carrera[8], integrantes del Tribunal judiciaire; uno de ellos actúa como presidente de la formación.En esta configuración, cada juez tiene voz y voto, y las decisiones se toman por mayoría. Esta colegialidad refuerza la imparcialidad, equilibra la interpretación del derecho y da más peso institucional a la decisión.

En pocas palabras, en Francia, los tribunales civiles de primera instancia (Tribunal judiciaire) son principalmente unipersonales.Se vuelven colegiados, como hemos dicho, en casos complejos o por disposición legal o del presidente del tribunal.Esta organización busca mayor celeridad y eficiencia, manteniendo la colegialidad solo cuando es estrictamente necesario.

El juez de puesta en estado (juge de la mise en état) aplica tanto en casos colegiados como en casos unipersonales, siempre que el procedimiento sea escrito y complejo.

¿Cuándo se usa un juez de puesta en estado? Para contestar esta pregunta, hay que saber lo siguiente:

  • No depende de si el tribunal es unipersonal o colegiado, sino del tipo de procedimiento.
  • Se aplica cuando el procedimiento es escrito, como en la mayoría de los litigios civiles importantes (por ejemplo, en derecho de contratos, responsabilidad civil, sucesiones).
  • Sirve para preparar el expediente antes del juicio, asegurando que las partes intercambien todos los documentos, pruebas y escritos necesarios.

¿Qué hace el juez de puesta en estado?

  • Ordena plazos.
  • Supervisa la presentación de las pruebas.
  • Resuelve incidentes procesales (como excepciones o inadmisibilidades).
  • Declara cerrado el caso cuando ya está listo para audiencia.

¿Y si el juicio es unipersonal?

Si el tribunal está compuesto por un solo juez, puede suceder lo siguiente:

  • Ese mismo juez puede actuar también como juez de puesta en estado, es decir, prepara y luego juzga.
  • O bien, otro juez del tribunal puede ser designado solo para la puesta en estado, y luego el juez titular del caso juzga el fondo.

Esto depende de la carga de trabajo, la organización del tribunal y la complejidad del caso.

Por otro lado, está el JEX, que es un juez dentro del Tribunal judiciaire, encargado exclusivamente de supervisar y controlar la ejecución forzosa de las decisiones judiciales civiles.

Esto incluye:

  • Autorizar embargos (de bienes, cuentas bancarias, salarios, etc.)
  • Resolver oposiciones o incidentes que surjan durante la ejecución
  • Dirimir conflictos entre acreedores y deudores
  • Autorizar el desalojo en casos de recuperación de inmuebles
  • Vigilar el respeto de los derechos fundamentales durante la ejecución

Aunque forma parte del mismo Tribunal judiciaire, el juez de la ejecución, en Francia, es un magistrado especializado, designado para manejar exclusivamente estos asuntos. No juzga el fondo del litigio original (eso ya fue decidido); solo interviene cuando hay problemas o resistencia en el cumplimiento de una decisión ya dictada.

En República Dominicana, a pesar de que el Tribunal Constitucional exhortó al Congreso para que crear la figura del juez de ejecución civil, mediante su emblemática sentencia núm. 110, sobre la fuerza pública, hay que decir que, actualmente, los actos de ejecución (como embargos, desalojos, etc.) son realizados por los alguaciles[9], con la asistencia del juez de paz cuando las puertas estén cerradas; pero no existe una figura como el JEX francés, con especialización exclusiva. En el ámbito penal, el Código Procesal Penal dominicano sí prevé un juez de ejecución de la pena. También, en nuestro país, se prevé en materia de NNA.

IV.- Tribunal de Commerce / Tribunal de Comercio

En Francia, los Tribunaux de commerce son tribunales especializados en conflictos mercantiles, compuestos en parte por jueces no profesionales (comerciantes elegidos). En República Dominicana, la jurisdicción comercial también existe, pero no se presenta como un tribunal autónomo, sino como una sala especializada dentro de los Juzgados de Primera Instancia (Sala de lo Comercial). Aquí ya se percibe una diferencia: en Francia, hay un tribunal mercantil especializado con independencia funcional, mientras que en República Dominicana esta especialización está subordinada al tribunal ordinario.

Y, hay que decir, la implementación de salas comerciales dentro del Juzgado de Primera Instancia Civil es relativamente reciente. Tradicionalmente, el tribunal de derecho común era “civil y comercial”; incluso, la Suprema Corte de Justicia tuvo ocasión de decidir que no existía “incompetencia” por el hecho de algo se comercial y someterse en materia civil (o lo contrario9, ya que, siendo el mismo tribunal, lo que en todo caso habría sería una nulidad, pero para ello habría que probar el agravio.

Todo ello ilustra sobre la concepción dominicana de ver los aspectos comerciales dentro de la órbita civil de derecho común. Incluso, las máximas de experiencia aleccionan en el sentido de que pocas veces se discrimina, en rigor, entre lo que es comercial y lo que es civil. Por lo general asuntos comerciales se canalizan con arreglo al proceso civil, lo cual no siempre es conveniente, porque en materia comercial existe una libertad probatoria más amplia que en lo civil, que solamente se ve en materia de hechos jurídicos, no de los actos, que se prueban por escrito, por regla general.

V.- Conseil de Prud’hommes / Tribunal Laboral

El Conseil de prud’hommes es un tribunal francés especializado en conflictos laborales entre empleadores y empleados. En República Dominicana, existe un equivalente funcional: los Tribunales de Trabajo, establecidos también como instancias especializadas en las relaciones laborales.

La principal diferencia radica en la composición; en Francia, los jueces son elegidos entre empleadores y trabajadores, mientras que en República Dominicana son jueces profesionales, aunque integrados por “vocales” representantes de los diversos sectores tripartitos propios del ámbito laboral.

VI.-  Cour d’Appel / Corte de Apelación

La Cour d’appel francesa revisa las decisiones tomadas por los tribunales inferiores. En República Dominicana, este rol lo cumple la Corte de Apelación, la cual puede tener varias salas (civil, penal, laboral, etc.), dependiendo de la organización territorial y del volumen de casos. Ambas jurisdicciones comparten la idea de revisión de los fallos por una instancia superior, pero el acceso a estas cortes y la naturaleza de la revisión pueden variar.

En República Dominicana, el tribunal de primera instancia puede fungir como alzada respecto de las decisiones de los juzgados de paz. En lo penal, por ejemplo, es distinto en el país, ya que solamente la Corte de Apelación conoce de dicho recurso ordinario, aunque la decisión impugnada provenga de un juzgado de paz en atribuciones penales (tránsito, riña, etc.). Ese es el esquema del Código Procesal Penal.

VII.- Cour de Cassation / Suprema Corte de Justicia (en función de casación)

En el vértice de la justicia ordinaria francesa se encuentra la Cour de cassation, que no reexamina los hechos, sino la correcta aplicación del derecho. En República Dominicana, la Suprema Corte de Justicia, cuando actúa como Corte de Casación, cumple una función similar. Aquí sí existe una equivalencia directa y funcional, aunque con la nueva Ley núm. 2-23, de Recurso de Casación, hemos incorporados novedades de otras latitudes, tales como el interés casacional y la propia casación de instancia, para lo cual solemos abrevar en la jurisprudencia española, principalmente, más que francesa.

Pero, por otro lado, con la creación del Consejo del Poder Judicial, que le quita a la Suprema Corte de Justicia la carga administrativa y disciplinaria, la Corte de Casación dominicana se aproxima más a la francesa, en el sentido de centrarse en la producción jurisdiccional. De hecho, la nueva ley de casación debió suprimir el vocablo “Suprema”, dejando el nombre de esta alta Corte dominicana, igual que la francesa, como Corte de Casación dominicana, ya que las funciones constitucionales concentradas las tiene el Tribunal Constitucional, lo contenciosos electoral el Tribunal Superior Electoral y lo disciplinario el Consejo del Poder Judicial. Ya de “Suprema” nada. Actualmente es una verdadera Corte de Casación, sin distracciones competenciales que no sea la estrictamente casacional.

VIII.-  Conseil d’État / Tribunal Superior Administrativo

El Conseil d’État francés es tanto asesor del gobierno como la más alta jurisdicción en materia contencioso-administrativa. Es un órgano especializado, técnico y con una larga tradición. En República Dominicana, el equivalente funcional sería el Tribunal Superior Administrativo, aunque con competencias más limitadas. Mientras que en Francia el Consejo de Estado tiene poder para anular actos administrativos con efectos generales, en República Dominicana esta capacidad es más restringida, y su desarrollo jurisprudencial es más reciente.

La Tercera Sala de la Suprema Corte de Justicia conoce los recursos de casación en contra de las decisiones del Tribunal Superior Administrativo que, dicho sea de paso, está actualmente operando como órgano de única instancia, a pesar de desde el 2010 la Constitución ha previsto una primera instancia contenciosa administrativa.

Pudiera hablarse ahí de una inconstitucionalidad por omisión, en tanto y en cuanto existe un tribunal que, a despecho del texto constitucional, está conociendo los asuntos en única instancia, con la vía casacional habilitada en primer orden y, en su caso, la revisión constitucional ante el Tribunal Constitucional, en caso de conculcación de algún derecho fundamental, típicamente el de defensa.

IX.- Cour des Comptes / Cámara de Cuentas

La Cour des comptes francesa se encarga de la fiscalización de los fondos públicos y de la gestión económica del Estado. Su equivalente en la República Dominicana sería la Cámara de Cuentas, aunque su naturaleza como órgano constitucional autónomo, no judicial, la distancia en parte de su homóloga francesa. Aun así, ambas comparten el objetivo de controlar el buen uso de los fondos públicos y emitir informes vinculantes.

X.- Jurisdicciones especiales y constitucionalidad

Francia cuenta también con jurisdicciones especiales como los Tribunaux pour enfants (tribunales de menores) o juridictions militaires (tribunales militares), que tienen paralelos en la República Dominicana, como los tribunales de niños, niñas y adolescentes o tribunales militares en tiempos de guerra, con restricción competencial a partir del Código Procesal Penal.

Sin embargo, uno de los elementos más importantes es el Conseil Constitutionnel, que revisa la constitucionalidad de las leyes. En la República Dominicana, esta función recae en el Tribunal Constitucional, que fue creado más recientemente (2010) y representa un avance importante en la modernización institucional, superando incluso al modelo francés en algunas capacidades de control preventivo y posterior.

XI.- Contextos penal y administrativo

En Francia, en el área penaly administrativa, funcionan los tribunales siguientes:

  1. Tribunal correctionnel
  2. Cour d’assises
  3. Tribunal pour enfants
  4. Tribunaux administratifs de première instance

Veamos, puntualmente, cada uno de ellos.

Tribunal correctionnel. Trátese de una sección penal del Tribunal judiciaire, que conoce delitos menos graves (délits).Aunque forma parte del tribunal ordinario, actúa como tribunal penal de primera instancia para delitos que no son faltas ni crímenes.

En República Dominicana, su equivalente sería el tribunal colegiado penal, que es parte de la Cámara Penal del Juzgado de Primera Instancia. Aquí, los asuntos más sencillos, de acción penal privada, los conoce un tribunal unipersonal penal: violación de propiedad, ley de cheques, etc.

Cour d’assises. Este es el tribunal penal francés que juzga los crímenes más graves (como homicidios).Está compuesto por tres jueces profesionales y un jurado popular.No tiene equivalente directo en República Dominicana, ya que aquí no existe jurado en el proceso penal, aunque, en cuanto a su composición colegiada por tres jueces, pudiera parecerse a los tribunales colegiados de primera instancia penal, que conoce de crímenes, es decir, infracciones mayores de dos años.

En Francia, en lo penal, igual que aquí, existe un juez de instrucción (juge d´instruction[10]) para instruir los casos que aparejen penas criminales. El Código Procesal Penal dominicano lo llama “Juez de la Instrucción”. Dicho código deriva de uno tipo Iberoamericano, el cual se aparta, en alguna medida, del esquema procesal penal francés, orientándose más a un proceso acusatorio adversarial, en vez de mixto como era antes bajo el influjo francés[11].

En definitiva, este juez instruye el caso antes de llegar a la etapa de fondo. Abre y cierra todas las posibles puertas indagatorias para llegar a la verdad y que, finalmente, el juez de fondo aplique el derecho a esos hechos imputados. Por ejemplo, en el icónico caso denominado Air cocaine, que involucraba dos politos de nacionalidad francesa transportando maletas hacia Punta Cana, República Dominicana, con una cantidad importante de cocaína, la jueza de instrucción de Francia a cargo del caso, abriendo y cerrando puertas en la fase de investigación, incluyó al ex presidente francés Nicolas Sarkozy, pero luego lo excluyó del caso.

Tribunal pour enfants. Este es un tribunal especializado en delitos cometidos por menores de edad.  Estácompuesto por un juez de menores de edad y, en algunos casos, un tribunal colegiado con asesores especializados.En RD, su equivalente sería el Tribunal de Niños, Niñas y Adolescentes.

Tribunal administratif (Tribunal administrativo). Aunque hemos mencionado más arriba el Conseil d’État, no se mencionaron los tribunales administrativos de primera instancia, que conocen los recursos contra actos de la administración. En el país se han barajado posibilidades de agregar esas funciones de primer grado tanto al tribunal de derecho común como a los juzgados de trabajo, similar a lo que sucede en la Suprema Corte de Justicia, que la tercera sala concentra múltiples atribuciones.

Sin embargo, lo ideal es crear tribunales administrativos especializados, igual que en Francia, a fines de alegar los márgenes de error en una materia tan especializada. Francia tiene un sistema contencioso-administrativo más desarrollado, con múltiples niveles.

XII.- Conclusión

La estructura judicial francesa continúa siendo un referente crucial para el derecho dominicano, especialmente en materia de derecho común. A pesar de que en 1978 se tomaron, en materia procesal, elementos modernos del sistema francés con la Ley 834, la República Dominicana no ha evolucionado al mismo ritmo, ni en lo procesal ni en el marco del derecho civil sustantivo, provocando una brecha entre los dos sistemas.

Conocer figuras novedosas y la evolución en diversos ámbitos, así como los tribunales franceses y sus funciones, identificando sus equivalentes —o la ausencia de estos— en nuestro país, permite visualizar las oportunidades de reforma y adaptación de nuestro sistema judicial. Mientras el derecho francés avanza, el nuestro requiere una revisión profunda para no quedarse anclado en un pasado normativo que ya no responde a las necesidades de una justicia moderna y eficiente.

 


[1] Ver en línea: Code de l’organisation judiciaire – Légifrance

[2] La “injonction de payer” es un mecanismo expedito, iniciado de forma no contradictoria, que permite al acreedor obtener una orden judicial de pago sin audiencia previa. Solo si el deudor impugna se activa la fase contradictoria. Para ampliar sobre este trámite, consultar el trabajo de nuestra autoría titulado El “injonction de payer” (requerimiento de pago) y su viabilidad en la reforma procesal civil dominicana: una reflexión desde la tutela judicial efectiva y el derecho de crédito”, colgado en: www.yoaldo.org

[3] Distinto al actual criterio de la SCJ del país (Sentencia SCJ, 1ra. Sala, núm. 63, del 30 de junio del 2021, B.J. núm. 1327, pp. 571-596), en Francia la posibilidad, para el juez de référé, de otorgar una provisión no requiere la constatación de urgencia, sino solo la existencia de una obligación no seriamente impugnable (Civ. 2, 11 juill. 2013, F-P+B, n. 12-24.722; Civ. 1, 4 nov. 1976, Bull. Civ. I, n. 330; RTD civ. 1977. 361; Civ. 3, 6 déc. 1977, Bull. civ. III, n. 428; Civ. 2, 18 janv. 1978, Bull civ. II, n. 20; D. 1979. IR 512, obs. Julien; RTD civ. 1978. 713, obs. Normand; Civ. 1, 10 mars. 1983, JCP 1984. II. 22213, note Daverat; 4 nov. 1987, Bull. civ. I, n. 282).

[4] En su libro titulado “Contratos y cuasicontratos en derecho domonicano”, William Cecil Headrick justifica la presentación de una segunda edición de dicha obra, además del tiempo transcurrido desde la primera entrega, la promulgación en Francia de la Ordenanza núm. 2016-131 del 10 de febrero del 2016 sobre Reforma del Derecho de las Obligaciones, que se ha incorporado en el Código Civil en los artículos 1100 y siguientes. Explicando el referido jurista que esta reforma se inspira no solamente en la abundante jurisprudencia de la Corte de Casación y cortes de apelación, sino también en múltiples proyectos europeos e internacionales propuestos para uniformar el derecho de los contratos, elemento esencial para la unificación europea y la globalización del comercio. Y destaca que, tal como sugerimos en estas breves líneas, la mencionada reforma no dejará de hacerse sentir en la República Dominicana, la que, por lo menos en Derecho Civil, está profundamente anclada en la tradición francesa.

[5] En suma, la Ordonnance n. 2016-131 reformó profundamente el régimen de las obligaciones en el Código Civil francés. Introdujo principios de buena fe, reforzó la autonomía de la voluntad, codificó figuras como la imprevisión, el abuso de dependencia y modernizó la teoría general del contrato, al esclarecer temas sensibles como la formación misma, la nulidad y la ejecución del contrato, entre otros puntos relevantes.

[6] Hay que tener en cuenta también que, hasta ahora, distinto a la Unión Europea, no tenemos un derecho internacional nucleado. Aunque se ha hablado de una suerte de bloque de países en el Caribe y Las Américas, eso está aún lejos de materializarse.

[7] Históricamente, Francia tuvo los juges de paix (jueces de paz), creados durante la Revolución Francesa (1970), encargados de asuntos civiles menores y conciliaciones. Fueron suprimidos en 1958 y sus competencias pasaron a los tribunaux d´instance. Luego, en 2020, el tribunal d´instance fue fusionado con el tribunal de grande instance en el actual tribunal judiciaire. 

[8] Igual que aquí, en Francia se ingresa por concurso a la carrera judicial y los magistrados deben formarse en la Escuela, que allá se llama Escuela Nacional de la Magistratura. Aquí se llamó inicialmente así, pero luego se expandió a los servidores que no son jueces e, incluso, a miembros de la comunidad jurídica, en general, por lo que pasó a llamarse Escuela Nacional de la Judicatura, cambiando el vocablo “Magistratura” por “Judicatura”. Para ampliar sobre el acceso a la carrera judicial en Francia:https://www.dalloz.fr/documentation/Document?id=DZ%2FOASIS%2F001072

[9] La Ley núm. 140-11, del Notariado en la República Dominicana, le dio a los notarios la función de ejecución que antes era de los alguaciles. Esto, ante las numerosas irregularidades que se registraban en materia de vías de ejecución (sobre todo en el este profundo). Pero el modelo notarial no dio los resultados esperados, por lo que, mediante la Ley 396-19, que regula el otorgamiento de la fuerza pública, se devolvió esas atribuciones a los alguaciles.

[10] La última reforma significativa que afectó directamente al juge d´instruction en el sistema procesal penal francés fue mediante una ley promulgada en el año 2000, la cual introdujo la figura del juge des libertés et de la détention (JLD). Este cambio retiró al juez de instrucción una parte importante de sus competencias, especialmente en materia de détention provisoire (prisión preventiva), pasándoselas al JLD, quien ahora es responsable de autorizar esas medidas.

[11] El proceso penal francés se dice que es mixto, porque combina elementos escritos y orales, inquisitivos y acusatorios. Lo escrito predomina en la fase de instrucción o investigación, que con el viejo Código de Procedimiento Criminal dominicano se llamaba “sumaria” (la investigación que hacía el entonces juez de instrucción sobre el crimen, de forma “secreta”, sin vistas públicas). Por otro lado, la oralidad interviene en el juicio, que es público y contradictorio, donde las partes presentan sus argumentos verbalmente ante el tribunal. En suma, el proceso penal francés es escrito e inquisitivo en la fase de instrucción y oral y acusatorio en la etapa de juicio, ante el tribunal de fondo. Por otro lado, el nuevo proceso penal, a la luz del Código Procesal Penal dominicano, lo que antes hacía el juez de instrucción ahora lo realiza el Ministerio Público. La “acción” en esta materia pasa a ser, en vez de “pública”, “penal”. De ahí que la acción penal, según el artículo 29 del CPP, puede ser Pública o privada. Más concretamente, es privada (art. 32), a instancia privada (art. 31) y puramente pública (para las infracciones que no estén ni en el art. 31 ni en el 32). El Ministerio Público interviene en la que es a instancia privada y en la puramente pública, no así en la acción penal privada, en la que es la víctima, debidamente constituida en querellante (y en actor civil, si lo entiende), quien realiza las investigaciones por sí y, si enfrenta algún impasse para obtener alguna prueba, puede (y debe) pedir el auxilio judicial. El proceso penal actual en RD es más garantista, prevé vías alternas de resolución, por lo que el proceso no solo termina con una sentencia de fondo condenatoria o absolutoria, entre otras novedades.

14 de Junio: la gesta heroica que encendió la llama de la libertad

Por: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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El 14 de junio de 1959 marcó un hito en la lucha por la libertad dominicana. Esta breve reflexión revive la expedición que desafió a Trujillo, una acción valiente que, pese a ser sofocada, encendió la llama de la resistencia y dio origen al Movimiento 14 de Junio. Más que una derrota, fue un legado de coraje, ideales y esperanza.

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Palabras clave

Libertad, resistencia, dictadura, Trujillo, expedición, Constanza, Mainón, Estero Hondo, héroes, movimiento, justicia, represión, democracia, coraje, patriotas, sacrificio, memoria, esperanza.

Contenido

I.- Precisiones iniciales, II.- La expedición armada: Constanza, Maimón y Estero Hondo,III.- El impacto de la gesta: más allá del fracaso militar,IV.- El nacimiento del Movimiento 14 de Junio (1J4), V.- El Legado del 14 de Junio, VI.- Conclusión.

I.- Precisiones iniciales

El 14 de junio de 1959 marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea de la República Dominicana. En esa fecha, un grupo de valientes dominicanos, acompañados por combatientes internacionalistas, se lanzó en una acción armada contra la férrea dictadura de Rafael Leónidas Trujillo[1].

A pesar de que la insurrección fue sofocada con violencia, este intento de liberación se convirtió en un símbolo de lucha, que posteriormente daría origen al Movimiento 14 de Junio (1J4). Este breve escrito se propone destacar la gesta militar de esa jornada histórica y luego explicar cómo su legado se canalizó en una organización política con profundas raíces en el ideal revolucionario.

El historiador Orlando Inoa ha expuesto que el 14 de junio de 1959 se produjo el segundo intento organizado contra Trujillo que, desde el exterior, alcanzó suelo dominicano. Un avión procedente de Cuba, pintado con los colores de la Fuerza Aérea Dominicana, aterrizó en el municipio de Constanza; en él llegó un grupo de 56 expedicionarios como parte de un frente de lucha que se completaría en dos desembarcos por mar en las playas de Maimón y Estero Hondo, en la costa norte, para totalizar unos 200 combatientes[2].

II.- La expedición armada: Constanza, Maimón y Estero Hondo

La acción armada del 14 de junio de 1959 fue cuidadosamente planificada por un grupo de exiliados dominicanos que, con apoyo logístico y entrenamiento militar recibido en Cuba, decidieron tomar las armas para derrocar al régimen trujillista. El objetivo era claro: detonar una insurrección popular que se extendiera por todo el país y pusiera fin a más de tres décadas de dictadura.

Los expedicionarios llegaron en dos fases. El primer grupo desembarcó en la zona montañosa de Constanza, el 14 de junio, transportado por avión. Días después, otros dos grupos desembarcaron por mar en las costas de Maimón y Estero Hondo[3]. En total, unos 198 combatientes participaron en la operación.

Aunque el número de combatientes era reducido en comparación con el aparato militar de Trujillo, su determinación era inquebrantable. Se trataba de patriotas dispuestos a dar la vida por liberar a su país. Sin embargo, el factor sorpresa no fue suficiente. El régimen, mediante una poderosa maquinaria de inteligencia y represión, respondió con fuerza desproporcionada. En pocos días, los expedicionarios fueron rodeados, capturados, torturados y en su mayoría asesinados. Sólo unos pocos lograron sobrevivir.

Sobre las matanzas registradas en esa época oscura de nuestra historia, Frank Moya Pons ha sostenido que muchos dominicanos fueron asesinados en 1960, entre ellos tres hermanas de la sección de Conuco, Salcedo, pertenecientes a la respetada familia Mirabal, cuyos esposos estaban encarcelados por participar en la conspiración originada por la invasión del 14 de junio del año anterior. El asesinato de las hermanas Mirabal, ocurrido el 25 de noviembre de 1960, colmó los ánimos de la gente sensata y decente contra Trujillo y acrecentó la atmósfera de profunda animadversión que ya existía contra el gobierno[4].

El referido historiador ha establecido que, de las dos invasiones que realizaron los exiliados dominicanos, la de Luperón, en junio de 1949, y la de Constanza, Maimón y Estero Hondo, en junio de 1959, fue esta última la que, a pesar de su fracaso, creó problemas insolubles al régimen, pues luego muchos dominicanos creyeron que podrían encontrar apoyo en el gobierno cubano dirigido por Fidel Castro, que tomó el poder en enero de 1959, y se dispusieron a conspirar. Esa conspiración se extendió ampliamente, pero fue descubierta y ya en 1960 las cárceles del país estaban llenas de centenares de presos políticos de todas clases sociales, mientras el régimen acentuaba sus viejos métodos de terror, vigilando en forma ostensible y amenazadora a los ciudadanos y torturando y matando a los presos políticos y a los opositores al gobierno[5].  

III.- El impacto de la gesta: más allá del fracaso militar

Aunque el levantamiento fue militarmente aplastado, su significado político y simbólico fue mucho más duradero. La acción del 14 de junio evidenció ante el mundo que existía una oposición real y organizada contra Trujillo. Además, desmoralizó a sectores del régimen y estimuló el surgimiento de una conciencia colectiva de resistencia entre los dominicanos.

Internacionalmente, el régimen comenzó a perder legitimidad. La brutalidad con la que Trujillo aplastó la insurrección fue condenada por organismos y gobiernos, especialmente en América Latina y Europa. Pero el mayor impacto fue interno: la semilla de la rebelión había sido plantada, y sería cosechada poco después por nuevos actores[6].

IV.- El nacimiento del Movimiento 14 de Junio (1J4)

Inspirado en el sacrificio de los expedicionarios caídos, se fundó poco después el Movimiento 14 de Junio (1J4), nombrado así en honor a la fecha del levantamiento. El movimiento fue liderado por jóvenes idealistas como Manolo Tavárez Justo, Leandro Guzmán y las hermanas Mirabal, quienes asumieron la misión de continuar la lucha por la libertad, esta vez desde la clandestinidad y con un enfoque más político e ideológico.

A diferencia de la expedición militar, el movimiento no se limitó a una acción de combate, sino que construyó una estructura organizativa dentro del país, promoviendo la educación política, la resistencia civil, y la preparación para una futura insurrección más amplia. Sus principios se basaban en la justicia social, la democracia y la defensa de los derechos humanos.

V.- El Legado del 14 de Junio

El levantamiento armado del 14 de junio de 1959 y el posterior movimiento político que tomó su nombre constituyen dos capítulos entrelazados de una misma historia de lucha por la libertad. La expedición representó el acto de valentía más audaz hasta ese momento contra la dictadura. Aunque fue un fracaso militar, provocó una reacción en cadena que debilitó las estructuras del régimen y alentó la creación de una oposición más organizada.

El Movimiento 14 de Junio heredó no solo el nombre de aquella heroicidad, sino también su espíritu: la convicción de que el pueblo dominicano merecía vivir en libertad. Tras la caída de Trujillo en 1961, el 1J4 intentó participar en la vida política del país, aunque fue reprimido nuevamente por sectores conservadores del poder[7].

VI.- Conclusión

El episodio armado del 14 de junio de 1959 no debe ser visto simplemente como una invasión fallida, sino como el primer gran estallido de la resistencia organizada contra Trujillo. Fue un acto de heroísmo que encendió la chispa de la rebelión y que, a pesar de su derrota táctica, se transformó en una victoria moral y política a largo plazo. El Movimiento 14 de Junio surgió como continuidad y evolución de aquella lucha, canalizando el sacrificio de los caídos en un proyecto político de liberación nacional. Recordar este episodio es honrar la memoria de quienes, en condiciones adversas, decidieron enfrentar al miedo y luchar por la dignidad de todo un pueblo.


[1] En el periódico El Nacional del 13 de junio del 2025 fue publicado un trabajo titulado La gesta histórica de 14 de junio, suscrito por dicho medio de prensa, en el que se expone sobre dicha gesta que fue protagonizada por jóvenes de clase media alta, en su mayoría profesionales graduados en el exterior, contra la férrea tiranía de Trujillo, de la cual se cumplen (el 14 de junio de 2025) 66 años, estando revestida de un particular simbolismo:  La gesta histórica de 14 de junio

[2] INOA, Orlando. Breve historia dominicana, pp. 230-231.

[3] Existe en el Distrito Nacional un monumento a los Héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo, originalmente creado como Monumento a la Paz y Confraternidad del Mundo Libre en 1955. En su origen fue la culminación de un ambicioso proyecto de renovación urbana de la capital dominicana desarrollado en la década de los cincuenta durante la dictadura (1930-1961). Al caer el dictador se cambia su nombre por el actual, en honor a una expedición de cientos de jóvenes que el 14 de junio de 1959 intentó derrocar la dictadura que había dominado a la República Dominicana por 31 años.

[4] MOYA PONS, Frank. Manual de historia dominicana, edición 16, p. 505.

[5] Ibidem, pp. 504-505.

[6] Tal como plantea Orlando Inoa en su libro titulado Breve historia dominicana, página 231, militarmente, los expedicionarios fueron derrotados en pocos días, pero dejaron un ejemplo que pronto sería seguido por otros jóvenes del país.

[7] En su obra La fuerza del sol de junio: el significado histórico de la expedición de 1959, el abogado, poeta y ensayista Edgar Hernández Mejía, colaborador de la Academia Dominicana de la Historia y del Instituto Duartiano, rinde un valioso homenaje a los 198 expedicionarios, cuyos nombres cita en orden alfabético. Destaca en ellos el desprendimiento, la unidad y la grandeza de espíritu que los llevó a inmolarse por un ideal. Movido por esta profunda admiración, el autor compone un emotivo poema, precedido por una breve reseña histórica que contextualiza la gesta del 14 de junio —desde los antecedentes de la dictadura de Trujillo hasta las expediciones de Cayo Confites y Luperón—, con el propósito de hacer comprensible su significado al pueblo llano.

Existir filosóficamente: la búsqueda de la felicidad y la fortaleza espiritual en tiempos modernos

Por: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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Este ensayo propone una reflexión profunda sobre cómo enfrentar el sufrimiento, encontrar sentido y alcanzar la felicidad a través de una filosofía de vida consciente. A partir del estoicismo y el existencialismo, y ante los desafíos de la era digital, se plantea la necesidad de una nueva corriente: el humanismo lúcido, una guía ética y espiritual para vivir con serenidad, libertad y responsabilidad en tiempos de ruido, incertidumbre y sobreexposición.

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Palabras clave

Filosofía, existencialismo, estoicismo, sentido, libertad, responsabilidad, serenidad, autenticidad, sufrimiento, humanismo, tecnología, conciencia, virtud, adaptación, felicidad.

Contenido

I.- Aproximación introductoria, II.- El estoicismo: fortaleza y virtud ante el dolor, III.- El existencialismo: libertad, responsabilidad y el sentido en un mundo absurdo,IV.- Coincidencias y diferencias: estoicismo y existencialismo,V.- La filosofía en la era digital: urgencia de una nueva adaptación,VI.- Conclusión: elegir conscientemente una filosofía para ser feliz.

I.- Aproximación introductoria

La vida, en su vastedad impredecible, nos obliga a enfrentarnos a momentos de intenso dolor: la muerte de un ser querido, el derrumbe de sueños largamente acariciados, la traición, la soledad, el fracaso. En tales circunstancias, surge una pregunta que no puede ser desoída: ¿cómo vivir sin sucumbir al absurdo, sin ceder a la desesperanza?

En este contexto, se hace urgente una afirmación: para existir plenamente y alcanzar una felicidad auténtica, es necesario acogerse a una filosofía de vida. No se trata de una verdad dogmática, sino de una necesidad existencial. La filosofía no es un lujo académico, sino una herramienta de supervivencia, una brújula interna frente al caos inevitable del mundo.

Tal como lo plantea con agudeza Fernando Savater, la filosofía es, ante todo, una herramienta que nos permite interrogarnos sobre el sentido de nuestra existencia. Pero —advierte— para que no se convierta en un mero ejercicio de pedantería o un adorno intelectual propio del esnobismo, debe brotar de experiencias reales, muchas veces dolorosas. Según su visión, todos nos volvemos filósofos en algún momento, generalmente a raíz de un acontecimiento que sacude nuestros cimientos: la pérdida de un ser querido, el colapso de un proyecto vital, la traición de una causa en la que creíamos.

Parece, sugiere Savater, que quien transita por la vida sin tropiezos carece aún de motivos profundos para pensar, pues mientras todo marcha bien, la reflexión puede parecer innecesaria. Es el golpe, la grieta o el fracaso lo que nos obliga a detenernos, a mirar más allá de lo inmediato y a comenzar, por fin, a filosofar[1].

De las reflexiones anteriores, en sintonía con el presente ensayo, pudiéramos retener como idea relevante que el pensamiento filosófico no es un lujo para tiempos de ocio, sino una necesidad vital cuando la existencia nos sacude. Y, en efecto, filosóficamente, luce que el sufrimiento —lejos de ser un obstáculo— puede ser el punto de partida para una vida más lúcida, más consciente y, en última instancia, más plena. No se trata de buscar el dolor, sino de reconocer que, cuando llega, puede abrir puertas hacia una comprensión más honda de quiénes somos y cómo queremos vivir.

Justamente, Marco Aurelio, al enfrentarse a la pérdida de hijos, a la traición política y a la enfermedad, tal como veremos más adelante a mayor detenimiento en estas breves líneas, no pidió al universo que las cosas fueran distintas, sino que elevó su espíritu aceptando la realidad con dignidad. Tal como predica el estoicismo: no podemos controlar lo que nos sucede, pero sí cómo reaccionamos ante ello.

Así entendida, la filosofía no se reduce a teorías abstractas, sino que se encarna en decisiones cotidianas, en la manera en que enfrentamos la pérdida, la incertidumbre o la frustración. Es, por tanto, un instrumento para vivir mejor, no en términos materiales necesariamente, sino en términos espirituales: con más sentido, con más dignidad, y con mayor capacidad para hacer el bien a los demás mientras cultivamos nuestra propia elevación interior.

II.- El estoicismo: fortaleza y virtud ante el dolor

Los estoicos, especialmente en la voz serena de Marco Aurelio en sus Meditaciones[2], comprendieron que no podemos controlar lo que nos sucede, pero sí cómo reaccionamos ante ello. “La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”, escribió el emperador-filósofo, resumiendo una visión del mundo en la que lo interno tiene primacía sobre lo externo. Para los estoicos, las pasiones desordenadas (miedo, ira, envidia) nos esclavizan, y solo la virtud —la sabiduría, la templanza, la justicia y el coraje— nos libera.

Marco Aurelio, al enfrentarse a la pérdida de hijos, a la traición política y a la enfermedad, no pidió al universo que las cosas fueran distintas, sino que, tal como adelantamos más arriba, elevó su espíritu aceptando la realidad con dignidad. “No desprecies la muerte, sino acéptala de buen grado, como una de las cosas que la naturaleza quiere”, escribió. Esa actitud estoica no es resignación, sino afirmación del dominio interior, el único lugar donde el ser humano puede ejercer verdadera libertad.

Y esas lecciones estoicas de Marco Aurelio fueron complementadas por ideas de otros importantes expositores de esa línea filosófica, tales como Séneca[3]y Epicteto[4], que coincidían en plantear que la verdadera libertad no depende de las circunstancias externas, sino del dominio interior sobre nuestras emociones, deseos y juicios. Para ellos, la virtud era el único bien verdadero, y vivir conforme a la razón y la naturaleza era la clave para alcanzar una vida plena, serena y moralmente íntegra, incluso en medio de la adversidad.

III.- El existencialismo: libertad, responsabilidad y el sentido en un mundo absurdo

El existencialismo, especialmente en pensadores como Jean-Paul Sartre y Albert Camus, toma otro camino, aunque se encuentra con el estoicismo en un punto esencial: la necesidad de afirmarse a sí mismo ante el sinsentido. Para Sartre, “el hombre está condenado a ser libre”[5]; no hay esencia que nos preceda, somos lo que elegimos ser. Esta libertad radical implica responsabilidad: cada elección moldea nuestra existencia y define el mundo que habitamos.

Camus, por su parte, en El mito de Sísifo[6], no niega el absurdo —el divorcio entre el anhelo humano de sentido y el silencio del universo—, pero propone una rebelión vital: seguir viviendo, creando sentido sin que exista uno dado por los dioses o la naturaleza. Sísifo, que eternamente empuja su piedra montaña arriba, es feliz porque acepta su destino y se convierte en dueño de su vida a través de la consciencia.

Resalta, pues, del existencialismo, especialmente en su vertiente francesa representada por Sartre y Camus, que, en concreto, subraya la radical libertad del ser humano y su ineludible responsabilidad de construirse a sí mismo, trazando sentido en un mundo carente de verdades preestablecidas, y asumiendo con dignidad el desafío de vivir con autenticidad.

En este contexto, “asumir con dignidad” significa aceptar la realidad de la existencia humana —con sus incertidumbres, sufrimientos y falta de sentido predeterminado— sin caer en la desesperación, el cinismo o la evasión, sino enfrentándola con entereza, lucidez y responsabilidad personal.

Desde la perspectiva del existencialismo (particularmente en Sartre y Camus), vivir con dignidad implica:

  • Reconocer que no hay un sentido dado por la naturaleza, la religión o la sociedad, pero aun así elegir vivir con coherencia y compromiso.
  • Actuar con autenticidad, es decir, siendo fiel a uno mismo, a pesar del absurdo o del sinsentido que pueda rodearnos.
  • No rehuir la libertad, aunque esta sea una carga, sino más bien ejercerla plenamente, sabiendo que cada elección construye nuestra identidad.

En suma, “asumir con dignidad” en el sentido analizado es una forma de resistencia ética y consciente ante la condición humana, donde el sujeto no se rinde ante la falta de certezas, sino que crea valor y sentido desde sí mismo.

IV.- Coincidencias y diferencias: estoicismo y existencialismo

Ambas escuelas filosóficas coinciden en puntos cruciales: la necesidad de cultivar una vida interior sólida, la aceptación del dolor como parte ineludible de la vida y la idea de que el individuo puede elevarsesobre las circunstancias. Sin embargo, difieren en el fundamento de esa elevación. Para el estoicismo, existe un logos universal, una razón divina que ordena el cosmos; la virtud consiste en vivir conforme a esa razón. Para el existencialismo, en cambio, no hay orden preexistente: el ser humano se lanza al mundo y debe inventarse a sí mismo, sin manual de instrucciones.

Mientras el estoico busca serenidad en la aceptación, el existencialista se aferra a la acción como forma de autenticidad. Ambos, sin embargo, ofrecen caminos para enfrentar el dolor, para no naufragar cuando la vida golpea sin piedad.

V.- La filosofía en la era digital: urgencia de una nueva adaptación

Hoy, en el tiempo de la interconexión mundial, las pantallas y de la inteligencia artificial, las condiciones del existir han mutado radicalmente. Vivimos interconectados, pero muchas veces más solos que nunca; informados, pero saturados de ruido; con acceso a todo, pero incapaces de discernir lo esencial. El mundo digital ha traído consigo nuevas fuentes de sufrimiento: la sobreexposición, el linchamiento virtual, la cultura del rendimiento, la adicción al consumo y a la validación externa.

Ante esto, urge una adaptación filosófica. No basta con citar a Marco Aurelio o Sartre: debemos repensar sus ideas a la luz de nuevos desafíos. ¿Qué significa “autenticidad” cuando nuestras vidas se miden en clics? ¿Cómo cultivar virtud en una sociedad que glorifica el espectáculo? ¿Cómo sostener el silencio interior si vivimos en un zumbido constante de notificaciones?

Necesitamos una filosofía del presente, que combine la serenidad del estoicismo, la libertad del existencialismo y una consciencia crítica frente a la tecnología. Una filosofía que no rechace el mundo digital, pero que tampoco se someta a él sin cuestionamiento. Como decía Camus: “Ser libre es, ante todo, ser capaz de decir no.”

Lo inteligente, en este contexto, es tomar las bondades de cada escuela y avanzar hacia una síntesis crítica y contemporánea. Por ejemplo, del estoicismo y el existencialismo pudiéramos pasar a una suerte de escuela filosófica moderna, que podríamos llamar, tentativamente, humanismo lúcido”, una corriente que promueva las buenas coincidencias filosóficas entre serenidad interior y compromiso existencial, en el sentido de cultivar la fortaleza espiritual estoica junto con la libertad responsable del sujeto existencialista.

Pero al mismo tiempo, esta nueva filosofía debería enseñar a habitar el mundo digital sin ser devorados por él: a construir una identidad auténtica más allá del algoritmo, a resistir la tiranía de la inmediatez, a discernir entre lo esencial y lo accesorio en medio del ruido, y a ejercer una ética del uso tecnológico que ponga al ser humano —no a la máquina, ni al mercado— en el centro de las decisiones.

Para ello, evidentemente, sería importante fomentar una educación filosófica desde edades tempranas, no como acumulación de teorías abstractas, sino como formación del juicio, del carácter y de la conciencia crítica. Solo así podremos atravesar este siglo —con sus promesas y amenazas— sin perder de vista lo que nos hace verdaderamente humanos.

Inspirado en el Manual de Epicteto, que —puntualmente— listó postulados generales que distinguían entre lo que está en nuestro poder y lo que escapa a nuestro control, la nueva filosofía que hemos denominado, tentativamente, “humanismo lúcido”, pudiera tener como piedra angular los siguientes postulados, formulados como principios orientadores para habitar con sabiduría la era digital y aspirar a una vida verdaderamente feliz:

1.- Cultiva el dominio de lo interior. Nada puede ser más urgente que volver la mirada hacia adentro. La serenidad no se halla en controlar el mundo, sino en gobernarse a uno mismo: pensamientos, deseos, emociones. Lo que depende de nosotros es nuestro juicio; lo demás, es contingencia.

2.- Ejercita tu libertad con responsabilidad. Ser libre no es hacer cualquier cosa, sino asumir la carga de elegir con conciencia. En un mundo sin sentido preestablecido, cada decisión es un acto fundador de sentido. Vive como si cada gesto tuyo revelara lo que crees valioso.

3.-Resiste a la tiranía de lo superficial. En medio del ruido digital, lo esencial queda sepultado. No confundas visibilidad con valor, ni estímulo con significado. Aprender a discernir es un acto filosófico y moral.

4.-Habita la tecnología, no te sometas a ella. La herramienta no debe convertirse en amo. Usa la tecnología con criterio: que expanda tu mente, no que absorba tu atención. La inteligencia artificial puede asistir tu pensar, pero no reemplazar tu conciencia.

5.-Practica la autenticidad en lo visible y en lo oculto. Que tu imagen pública no contradiga tu verdad interior. En un mundo de máscaras, ser fiel a uno mismo es una forma radical de libertad. No te pierdas en la mirada de los otros.

6.-Acepta el dolor como parte del trayecto, no como derrota. La pérdida, el fracaso, la incertidumbre: todo ello son partes ineludibles del vivir. No rehuyas la herida; transforma el dolor en profundidad. Cada golpe puede ser una invitación a crecer en espíritu.

7.-Conecta con los otros desde la compasión, no desde la competencia. El humanismo lúcido no es solipsista[7]. El bienestar propio está entrelazado con el ajeno. En tiempos de individualismo feroz, ayudar, escuchar, compartir es ya un acto filosófico de resistencia.

8.-Busca el silencio y la contemplación como ejercicio de lucidez. Desconectarse del ruido no es evasión, sino forma de reencontrar lo esencial. La filosofía comienza en el asombro, y el asombro requiere espacio interior.

Estos postulados no pretenden ofrecer una fórmula mágica para la felicidad, pero sí una brújula ética y espiritual para no naufragar en la confusión de los tiempos modernos. El humanismo lúcido que proponemos no niega el presente, lo abraza críticamente. Y en esa actitud —serena, libre y consciente— quizá se halle la mayor sabiduría posible para vivir en plenitud.

VI.- Conclusión: elegir conscientemente una filosofía para ser feliz

La felicidad, entendida, no como placer superficial, sino como realización profunda, no es un accidente: es una construcción. Y como toda construcción, necesita cimientos. La filosofía —sea religiosa, secular, racional o espiritual— ofrece esos cimientos. No hay una receta única: algunos encontrarán sentido en la fe, otros en la razón, otros en el arte o en el compromiso social. Lo importante no es el camino, sino la conciencia del camino.

En un mundo tan cambiante, tan vulnerable a la superficialidad, la clave sigue siendo la misma: vivir con lucidez. Aceptar que el sufrimiento forma parte de la vida, pero que no tiene la última palabra. Cultivar una ética personal, una visión del mundo, una filosofía que nos sostenga cuando todo tambalea. Porque, como bien lo entendieron los antiguos y los modernos, solo quien ha pensado profundamente en cómo quiere vivir, puede verdaderamente vivir feliz.


[1] Cfr SAVATER, Fernando. La aventura de pensar, p. 12.

[2] Leer Meditaciones, de la pluma de Marco Aurelio, es asomarse al alma de un emperador que, en medio del poder y la adversidad, buscó serenidad y virtud; es un manual atemporal de sabiduría para enfrentar con dignidad los vaivenes de la vida. Léelo en línea: MarcoAurelio_Meditaciones.pdf – Google Drive

[3] El pensamiento de Séneca, afortunadamente, está en línea a disposición gratuita de todos: 13 Libros de Seneca ¡Gratis! [PDF]

[4] Consulta en línea el Manual de Epicteto, escrito por dicho pensador (traducido por Margarita Mosquera): El Manual de Epicteto.pdf – Google Drive

[5] Ver en línea, en formato PDF, Una filosofía de la libertad, de la tinta de Sartre: (PDF) Jean-Paul Sartre Una filosofía de la libertad.

[6] Disponible en línea: El mito de sisifo, Albert Camus.pdf

[7] En un sentido general y no estrictamente filosófico, cuando se dice que alguien o algo es solipsista, se está señalando que es excesivamente centrado en sí mismo, encerrado en su mundo interior, ajeno o indiferente a los demás. En el contexto de este ensayo, al decir que el humanismo lúcido no es solipsista, se quiere enfatizar que esta nueva filosofía no se encierra en la subjetividad individual, sino que reconoce la importancia de los otros, de la comunidad, de la empatía y la responsabilidad compartida.

La relativización del principio de la cosa juzgada penal sobre lo civil en el derecho francés

Por.: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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Se explora cómo el derecho francés ha evolucionado desde la rígida subordinación de lo civil a lo penal hacia una mayor autonomía de la responsabilidad civil. A través de reformas legales y casos emblemáticos, se demuestra que la cosa juzgada penal ya no impide automáticamente la acción civil, revelando un giro fundamental en la relación entre ambas jurisdicciones. Una mirada imprescindible para comprender los nuevos equilibrios en la justicia contemporánea.

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Palabras claves

Cosa juzgada, responsabilidad civil, responsabilidad penal, autonomía, jurisprudencia, doctrina, indemnización, Código Civil, Código Penal, competencia, tribunal penal, acción civil, reforma legal, tendencia actual,Francia.

Contenido

I.- Introducción: el principio clásico de primacía de lo penal sobre lo civil, II.- Evolución doctrinal y crítica al principio tradicional, III.- La Ley del 10 de julio de 2000 y el artículo 4-1 del Código de Procedimiento Penal francés, IV Jurisprudencia y autonomía de la acción civil: caso de accidentes de tránsito, V.- Límites de la competencia del juez penal frente a la acción civil: caso Crim. 1er avr. 2020, F-P+B+I, n. 80.069, VI.- Autoridad de cosa juzgada penal y acciones de indemnización autónomas: caso Civ. 2, 5 juill. 2018, F-P+B, n. 17-22.453, VII.- Conclusión: hacia una separación funcional entre lo penal y lo civil.

I.- Introducción: El principio clásico de primacía de lo penal sobre lo civil

Tradicionalmente, los ordenamientos jurídicos han reconocido el principio según el cual la cosa juzgada penal se impone a lo civil, en la medida en que la autoridad del fallo penal, al constatar la existencia o no de una infracción, condiciona las decisiones del juez civil respecto a los mismos hechos. Esta lógica, basada en la supremacía de un proceso penal considerado más garantista y riguroso, ha servido de base para resolver conflictos derivados de un mismo hecho que genera consecuencias tanto penales como patrimoniales.

Sin embargo, en el derecho francés este principio ha sido objeto de una fuerte evolución, tanto doctrinal como jurisprudencial, tendente a relativizar su carácter absoluto.

II.- Evolución doctrinal y crítica al principio tradicional

Numerosos autores han considerado anacrónico el mantenimiento de la primacía de lo penal sobre lo civil, calificándola como una “sobrevivencia de la antigua confusión entre las responsabilidades penal y civil”[1]. Esta crítica se sustenta en la idea de que ambas responsabilidades responden a finalidades distintas y se valoran bajo esquemas lógicos diversos: el juez penal razona in concreto, considerando la culpabilidad personal del imputado, mientras que el juez civil aprecia la falta in abstracto, como desviación objetiva de una conducta debida[2].

Además, la función actual del proceso penal se orienta más hacia la defensa social que a la afirmación de una verdad absoluta, mientras que el derecho civil, impulsado en Francia por el desarrollo de los seguros y los mecanismos de indemnización, ha adquirido una lógica autónoma que exige separar claramente ambas esferas.

III.- La Ley del 10 de julio de 2000 y el artículo 4-1 del Código de Procedimiento Penal

El artículo 4-1 del Código de Procedimiento Penal francés, introducido por la Ley del 10 de julio de 2000, marcó un punto de inflexión. Establece expresamente que:

“La ausencia de falta penal no intencional en el sentido del artículo 121-3 del Código Penal no obstaculiza el ejercicio de una acción ante las jurisdicciones civiles a fin de obtener reparación de un perjuicio con fundamento en el artículo 1383 del Código Civil, si la existencia de la falta civil prevista por este artículo se establece”[3].

Con esta disposición, se reconoce abiertamente la autonomía de la acción civil, aun frente a una absolución penal. Se rompe, así, con la equivalencia automática entre la falta penal y la falta civil, reconociendo que la inexistencia de la primera no implica necesariamente la inexistencia de la segunda.

IV.- Jurisprudencia y autonomía de la acción civil: caso de accidentes de tránsito

En el contexto de los accidentes automovilísticos, la jurisprudencia francesa ha consolidado esta distinción. Así, la Corte de Casación ha establecido que la autoridad de la cosa juzgada penal no impide la acción civil, cuando el hecho generador de la responsabilidad civil no se identifica plenamente con la infracción penal juzgada.

Se ha reconocido, por ejemplo, que la víctima puede actuar civilmente en base al artículo 1384, párrafo I del Código Civil, sobre responsabilidad por el hecho de las cosas inanimadas, incluso cuando el imputado ha sido penalmente absuelto[4]. Esto refuerza la idea de que la responsabilidad civil tiene su propia lógica y debe evaluarse según criterios distintos

V.- Límites de la competencia del juez penal frente a la acción civil: caso Crim. 1er avr. 2020, F-P+B+I, n. 80.069

En esta decisión, la Corte de Casación francesa delimitó con claridad el alcance de la competencia del juez penal para conocer de la acción civil, ante la extinción del aspecto represivo.

En el caso, un imputado fue procesado por estafa, abuso de bienes sociales y blanqueo de capitales. El tribunal penal declaró extinguida la acción penal por el delito de estafa, pero lo condenó por los otros delitos. La Caja de Retiro Profesional, víctima del presunto delito de estafa, fue rechazada en sus pretensiones civiles y decidió apelar. A su vez, el imputado también apeló la condena civil por los demás delitos.

La Corte de Apelación, pese a la extinción de la acción penal por estafa, decidió conocer el recurso civil interpuesto por la víctima, argumentando que aún podía valorar si los hechos generaban responsabilidad civil.

No obstante, la Corte de Casación francesa casó esa decisión, sosteniendo que un tribunal penal solo puede conocer de la acción civil dentro de los límites de la acción penal. Si esta ha sido declarada extinguida —y esa decisión no ha sido impugnada válidamente—, el juez penal no puede continuar conociendo de la acción civil relativa a esos mismos hechos. Esta sentencia reafirma que, aunque exista autonomía funcional de lo civil, la competencia del juez penal está estrictamente atada a la subsistencia de la acción penal.

VI.- Autoridad de cosa juzgada penal y acciones de indemnización autónomas: caso Civ. 2, 5 juill. 2018, F-P+B, n. 17-22.453

Este caso permite matizar el alcance de la autoridad de la cosa juzgada penal sobre las decisiones civiles, especialmente en el contexto del régimen francés de indemnización por parte del Estado a las víctimas de delitos, previsto en los artículos 706-3 y siguientes del Código de Procedimiento Penal, una figura que no tiene equivalente en sistemas jurídicos como el de la República Dominicana[5].

La Corte de Casación recordó que la autoridad de la cosa juzgada penal es absoluta respecto a la existencia del hecho y la culpabilidad. Por tanto, si el tribunal penal establece que una persona cometió (o no) una infracción, el juez civil no puede contradecir esa calificación. En la especie, el tribunal penal había condenado a la víctima por haber cometido violencias voluntarias durante la misma pelea en la que fue lesionada, lo que hacía seriamente cuestionable su derecho a ser indemnizada.

No obstante, la Corte también destacó que el régimen de indemnización estatal previsto en los artículos 706-3 y siguientes tiene autonomía funcional. Por ende, el juez civil que conoce esta solicitud no está estrictamente vinculado por la decisión penal, ya que el régimen especial de indemnización prevé condiciones propias (por ejemplo, que la víctima no haya tenido una conducta culposa relevante).

Este caso evidencia que la autoridad de cosa juzgada penal tiene límites, especialmente cuando se trata de procesos que persiguen fines indemnizatorios bajo esquemas diferentes al tradicional proceso civil.

VII.- Conclusión: hacia una separación funcional entre lo penal y lo civil

La evolución jurisprudencial y legislativa francesa refleja un claro movimiento hacia la autonomía de la responsabilidad civilrespecto de la penal, rompiendo con la rígida aplicación del principio de primacía de lo penal sobre lo civil. Esta transformación se justifica tanto por razones dogmáticas —diferencia de fundamentos y finalidades— como por razones prácticas, vinculadas al aseguramiento, la protección de víctimas y la efectividad del derecho resarcitorio en Francia.

Aunque se mantiene la autoridad de la cosa juzgada penal respecto a la existencia del hecho y la culpabilidad, se reconoce cada vez más que la responsabilidad civil puede y debe analizarse de manera independiente. Este modelo progresivo, sin embargo, presenta desafíos de implementación en sistemas jurídicos sin esquemas robustos de protección a víctimas, como es el caso de la República Dominicana, donde aún se carece de mecanismos similares al fondo de indemnización estatal francés.

En definitiva, la idea de que el juez civil debe someterse de forma automática a lo decidido penalmente es hoy, más que nunca, un principio en retirada, frente al reconocimiento de la especificidad y autonomía del derecho de daños.


[1] Cfr CAPITANT, Henri et al. Los grandes fallos de la jurisprudencia civil francesa, tomo II, p. 238.

[2] El juez penal “razona in concreto quiere decir, en palabras llanas, que analiza el caso basándose en la persona específica que está siendo juzgada. Evalúa si esa persona, en su situación particular, tenía intención o conciencia del daño, si actuó con dolo o culpa, y si es culpable o no según sus circunstancias personales. El juez civil, en cambio, “aprecia la falta in abstracto. Esto significa que no se fija tanto en la intención o en las características personales del autor, sino en si hubo una conducta incorrecta desde el punto de vista general u objetivo. O sea, si alguien actuó de forma distinta a como debería actuar cualquier persona razonable en esa situación, sin importar si tenía mala intención o no. En lo penal (aún en los delitos culposos) hay que probar la culpa personal. En lo civil, basta con probar que hubo una conducta objetivamente negligente que causó un daño. Por ejemplo, una persona atropella a un peatón sin intención, porque se distrajo mirando el celular mientras manejaba. En lo penal, si se demuestra que no hubo culpa grave o que la distracción fue mínima, podría no haber condena. En cambio, en lo civil, el hecho de distraerse yabasta para que se le exija indemnizar a la víctima, porque se desvió del comportamiento esperado (manejar atento). En resumen, aunque los delitos culposos no tienen intención, el derecho penal aún exige cierto nivel de culpa personal, mientras que el derecho civil se enfoca solo en si hubo un comportamiento objetivamente negligente, sin necesidad de probar intención o conciencia del daño.

[3] Aunque el Código de Procedimiento Penal de Francia ha sido objeto de reformas y actualizaciones desde su promulgación, el artículo 4-1 no ha sido modificado ni derogado. Por ejemplo, en 2023, se introdujeron nuevas disposiciones en dicho código, pero el artículo 4-1 se mantiene en su redacción original.

[4] Civ. 24 de abril de 1929, DP 1930. 1.41, nota Savatier; Civ. 2 sect. Civ. 28 de oct. De 1954, D. 1955. 18; 1 de marzo de 1961, D. 1961.455; 12 de mayo de 1966, Bull civ. II, n. 536.  

[5] En Francia, la Comisión de Indemnización de las Víctimas de Infracciones (CIVI) está diseñada para indemnizar a víctimas de delitos graves, incluso cuando el autor del delito no ha sido identificado o es insolvente. El dinero no proviene del agresor (aunque eventualmente, se le puede reclamar), sino del Fonds de Garantie des Victimes des actes de Terrorisme et d´autres Infractions (FGTI). Este fondo está financiado mediante una contribución obligatoria incluida en las pólizas de seguros (por ejemplo, en los seguros de automóvil). En suma, la víctima solicita indemnización a la CIVI, esta estudia la admisibilidad (por ejemplo, que los hechos tengan el carácter de infracción penal); y, si se admite, el FGTI adelanta el pago de la indemnización.

¡Mataron al Chivo! El tiranicidio de Trujillo y el inicio del fin de una era sombría

Por.: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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En estas breves líneas nos aproximamos, con un enfoque objetivo y basado en evidencia histórica, al ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo el 30 de mayo de 1961, dando una mirada a sus causas, protagonistas, implicaciones y legado. Más allá de los juicios pasionales, presentamos una reflexión sobre la responsabilidad cívica, la fragilidad democrática y la necesidad de preservar la memoria histórica frente a intentos de distorsión.

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Palabras claves

Tiranicidio, dictadura,Trujillo, CIA,desclasificación de documentos,memoria histórica, autoritarismo, héroes nacionales, represión, democracia, transición, pruebas documentales, cautela de futuras generaciones.

Contenido

I.- Mirada preliminar,II.- Contexto político previo al 30 de mayo de 1961, III.- La conspiración: actores, motivos y planificación, IV.- Reacciones y consecuencias inmediatas, V.- El 30 de mayo en la memoria histórica dominicana, VI.- Conclusión.

I.- Mirada preliminar

El ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo, ocurrido el 30 de mayo de 1961, constituye, según el historiador Juan Daniel Balcácer[1], un hito decisivo en la lucha por la libertad y la recuperación de la democracia en la República Dominicana. A 64 años de esa valerosa gesta, estas breves reflexiones se centran en su significado histórico y en su legado para las presentes y futuras generaciones.

En el siglo XIX, los acontecimientos más trascendentales en la construcción de nuestra identidad nacional fueron las gestas de la Independencia de 1844 y la Restauración de 1865, impulsadas por los padres fundadores y los próceres que rescataron la soberanía.

Durante el siglo XX, la defensa de esa identidad y soberanía se expresó en tres momentos clave: la resistencia nacionalista contra la ocupación militar estadounidense (1916-1924), la conspiración política del 30 de mayo de 1961, mencionada previamente, que puso fin a la dictadura trujillista, y la revolución de abril de 1965, considerada una guerra patria en defensa de la constitucionalidad. Estos hechos, en su conjunto, marcan el rumbo de la nación hacia la libertad, la justicia y la convivencia democrática.

La historia, como disciplina, exige objetividad. No se construye con emociones ni con simpatías ideológicas, sino con evidencia contrastable y rigor metodológico. La pasión puede acompañar una hipótesis o motivar una investigación, pero no puede suplantar los hechos. En este sentido, la llamada Era de Trujillo, cuyo declive comenzó con su ajusticiamiento un 30 de mayo de 1961, ha sido documentada con pruebas abundantes, incluyendo testimonios sólidos, que configuran un período marcado por el autoritarismo, la represión y la concentración absoluta del poder[2].

Por más que se intenten rescatar ciertos logros materiales, la magnitud del daño humano, institucional y ético registrado durante este régimen ha dejado una huella indeleble en la memoria histórica del país. Esa mancha, sostenida por datos y no por juicios de valor, sigue opacando cualquier intento de reinterpretación que busque equilibrar la balanza a favor del dictador[3].

El martes 30 de mayo de 1961, a las 9:45 de la noche, marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea de la República Dominicana: ese día fue ajusticiado Rafael Leónidas Trujillo Molina, figura central de un régimen que dominó la vida política, económica y social del país durante 31 años. La emboscada en la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal (Autopista 30 de Mayo, que hoy es el Malecón del DN)[4], en la que Trujillo fue abatido por un grupo de hombres vinculados tanto a sectores militares como a círculos civiles, no fue un hecho aislado ni improvisado, fue el resultado de una conjura cuidadosamente planificada por individuos que, motivados por razones personales, políticas y patrióticas, buscaron poner fin a una dictadura que había concentrado el poder de manera absoluta[5].

La participación indirecta de organismos internacionales, como la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que Bernardo Vega sostiene que no tuvo gran incidencia en el complot para matar a Trujillo[6], también forma parte del análisis histórico del suceso. En estas breves líneas examinamos el contexto que condujo al ajusticiamiento del dictador, el perfil y las motivaciones de los implicados[7], así como las consecuencias inmediatas y de largo plazo de este hecho, no solo en la estructura política dominicana, sino también en la construcción de su memoria histórica.

II.- Contexto político previo al 30 de mayo de 1961

La dictadura de Trujillo, consolidada desde 1930, se caracterizó por un férreo control del Estado, el uso sistemático del terror y la represión, y una estructura de poder centrada en su figura. Hacia finales de la década de 1950, su régimen comenzó a experimentar un progresivo aislamiento internacional, debido a episodios como el intento de asesinato del presidente venezolano Rómulo Betancourt en 1960[8], lo que le valió sanciones diplomáticas y económicas. Al mismo tiempo, en el plano interno, se agudizaban las tensiones entre sectores descontentos del ejército, antiguos aliados del régimen, y miembros de la sociedad civil que resentían las violaciones a los derechos fundamentales y la ausencia de libertades públicas.

El debilitamiento de su legitimidad internacional y la presión creciente de gobiernos como el de Estados Unidos, en plena Guerra Fría, colocaron al régimen en una posición vulnerable. La posibilidad de que su permanencia en el poder derivara en una revolución de corte comunista, como ocurrió en Cuba, generó preocupación en Washington, lo que propició contactos discretos entre conspiradores dominicanos y agentes de inteligencia norteamericanos.

III.- La conspiración: actores, motivos y planificación

El atentado del 30 de mayo fue obra de un grupo compuesto por civiles y militares[9], entre ellos Antonio de la Maza, Amado García Guerrero, Salvador Estrella Sadhalá, Juan Tomás Díaz, Luis Amiama Tió y el general Antonio Imbert Barrera, entre otros[10]. Los motivos de los participantes fueron diversos: algunos tenían razones personales, como el asesinato de familiares cercanos por parte del régimen; otros estaban motivados por convicciones democráticas o por la percepción de que la dictadura había agotado su ciclo y ponía en peligro la estabilidad futura del país.

La planificación del atentado se desarrolló en secreto y contó con apoyo logístico limitado. Se ha documentado que la CIA conocía de la existencia del complot y que proporcionó armas que fueron ocultadas por un ciudadano estadounidense residente en el país, Simon Thomas Stocker. Aunque existe controversia sobre si estas armas llegaron efectivamente a los conspiradores, su implicación ha sido reconocida por investigaciones posteriores.

El plan consistía en interceptar a Trujillo mientras se trasladaba, como acostumbraba, sin escolta directa, desde Santo Domingo a San Cristóbal. A las 9:45 p.m. del 30 de mayo de 1961, el vehículo del dictador fue interceptado en el kilómetro 7 y medio (algunos historiadores dicen que fue en el km 9) de la autopista (que conocemos como Malecón), donde recibió más de sesenta disparos. Trujillo murió en el acto. Su chofer (Zacarías), aunque herido, sobrevivió.

IV.- Reacciones y consecuencias inmediatas

El tiranicidio[11] no significó el fin inmediato del régimen. Los conspiradores no lograron tomar el control del aparato estatal, y varios de ellos fueron apresados, torturados y ejecutados en los días siguientes. Solo algunos, como Imbert Barrera y Amiama Tió, lograron sobrevivir.

Sin embargo, el golpe simbólico fue irreversible. La figura central del sistema político había desaparecido, lo que abrió una brecha en la estructura monolítica del poder. La familia Trujillo intentó mantener el control mediante la figura de Ramfis Trujillo, hijo del dictador, pero las presiones internas y externas precipitaron su salida del país.

Internacionalmente, el hecho fue interpretado como un punto de quiebre en la política autoritaria de la región. En República Dominicana, se inició un proceso de transición con tensiones, marcado por la inestabilidad, pero también por una incipiente apertura democrática. En 1962, se celebraron elecciones libres por primera vez en más de tres décadas[12].

V.- El 30 de mayo en la memoria histórica dominicana

Con el paso del tiempo, el ajusticiamiento del dictador ha sido resignificado como un acto fundacional en la lucha por la democracia dominicana. A pesar de las controversias en torno a los métodos empleados y a la falta de coordinación posterior, el hecho ha sido reconocido oficialmente como un acto patriótico.

El 30 de mayo se conmemora como un día para recordar la resistencia a la tiranía[13], y sus protagonistas son considerados héroes nacionales. La memoria colectiva ha privilegiado una lectura que valora el coraje cívico y la necesidad de actuar frente a la opresión, incluso a riesgo de la vida.

A la vez, el caso sirve como advertencia sobre los riesgos de concentrar el poder en una figura única, y la fragilidad de los sistemas democráticos frente a liderazgos autoritarios, especialmente cuando estos logran manipular instituciones y apropiarse de la voluntad popular.

VI.- Conclusión

El tiranicidio de Rafael Leónidas Trujillo, el 30 de mayo de 1961, no solo puso fin a una de las dictaduras más prolongadas de América Latina, sino que también abrió las puertas a una compleja transición democrática en la República Dominicana. Aunque no todos los objetivos de los conspiradores se cumplieron en el corto plazo, su acción marcó el principio del desmantelamiento de un régimen sostenido por la represión, el miedo y el culto a la personalidad, al punto de, incluso, llevar al tirano a enemistarse con la Iglesia por haberse negado a concederle el título de “Benefactor de la Iglesia”[14], ¡un absurdo!

Analizar este episodio desde una perspectiva objetiva y basada en evidencia permite entender no solo los hechos concretos del ajusticiamiento, sino también sus implicaciones históricas, políticas y simbólicas. Hoy, más de seis décadas después, la historia del 30 de mayo sigue siendo una referencia indispensable para reflexionar sobre los valores democráticos, la justicia y la necesidad de preservar un Estado de derecho respetuoso de los derechos humanos.

Propicia es, para concluir, esta reflexión de Mario Read Vittini, quien planteó con aguda lucidez: “Me planteo la cuestión de si es correcta la sentencia que proclama como un hecho político general que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Y agrego yo, especialmente cuando tiene la oportunidad de escogerlo soberanamente (…)”[15]. Una cita que, más que una afirmación, nos invita a la introspección colectiva y a valorar con responsabilidad la vigencia del voto libre, la conciencia cívica y el deber de no repetir los errores del pasado[16].


[1] Este connotado estudioso de nuestra historia, en un trabajo titulado La gesta del 30 de mayo, publicado el 28 de mayo de 2025 en Diario Libre, planteó lo siguiente: Se trata de una efeméride nacional de extraordinaria significación histórica, porque es un hecho incontrovertible que el tiranicidio de 1961 propició la tan anhelada oportunidad de los dominicanos para construir su propio destino y vivir en el marco de una sociedad libre y democrática.

[2] MOYA PONS, sobre el detonante del tiranicidio de Trujillo y la explotación que hizo en vida de las riquezas del país, expone lo siguiente en su obra intitulada Manual de historia dominicana, edición 16, p. 505: “El asesinato de las Hermanas Mirabal, ocurrido el 25 de noviembre de 1960, colmó los ánimos de la gente sensata y decente contra Trujillo y acrecentó la atmósfera de profunda animadversión que ya existía contra el Gobierno. Nuevas conspiraciones surgieron, incluso entre los mismos amigos de Trujillo y entre personas que habían sido funcionarios del gobierno y colaboradores cercanos suyos. Una de esas conspiraciones contó con el apoyo de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, que también creían llegado el momento de liquidar esta larga tiranía. Alentados por ese apoyo, ese grupo de hombres, dirigidos por un amigo de infancia de Trujillo, Juan Tomás Díaz, que se encontraba en desgracia a causa de la oposición política de su hermana, urdió la trama de atacar a Trujillo a balazos cuando se dirigiera a su “Hacienda Fundación”, en San Cristóbal, cosa que hicieron en la noche del 30 de mayo de 1961. El asesinato del dictador ocurrió cuando ya el régimen se desmoronaba a consecuencia de las sanciones económicas impuestas por la Organización de Estados Americanos (OEA) el año anterior (…) la naturaleza depredadora de su régimen, que tendía a explotar las riquezas del país en su beneficio personal y familiar, creó un sistema de apropiación de los recursos económicos de la Nación que terminó por desposeer a miles de campesinos de sus tierras, obligándolos a emigrar a las ciudades, y terminó creando un gobierno encerrado en sí mismo que limitaba la participación de las mayorías en el ejercicio del poder y, al mismo tiempo, en las posibilidades de hacer fortuna (…) La naturaleza monopolística de sus empresas dejaba poco campo a la inversión privada, pues nadie se sentía seguro de no ser despojado de sus negocios, una vez estos mostraran que estaban dejando beneficios (…) Trujillo fue simplemente trujillista, no nacionalista, como se ha dicho insistentemente”.

[3] A raíz de la reciente circulación en medios locales de interpretaciones vinculadas a los documentos desclasificados sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, han resurgido versiones que pretenden cuestionar la legitimidad moral de los hombres que pusieron fin al régimen de Trujillo. No está de más señalar que tales intentos, dirigidos a empañar la memoria de quienes asumieron ese acto con coraje, y a atenuar la responsabilidad histórica del dictador y su entorno, resultan infructuosos frente al peso abrumador de las pruebas documentales y testimoniales. La evidencia acumulada a lo largo de décadas invalida, de forma categórica, cualquier intento de reescribir la historia en detrimento de la verdad y la justicia.

[4] Hay que recordar que, en aquella época, el Malecón llegaba hasta las inmediaciones de la Avenida Máximo Gómez. Luego Trujillo construyó la Feria Ganadera en las afueras. Cuando sucedió la emboscada, era realmente una carretera en las afueras (justamente, los conjurados aprovecharon ese carácter inhóspito), distinto a lo que tenemos hoy: un malecón con más kilómetros e iluminado. En el lugar preciso del tiranicidio se erigió un monumento, esto es, en el kilómetro siete y medio en la Autopista 30 de Mayo (Malecón), siendo remodelado en varias ocasiones. Un monumento que perdura como un recordatorio del valor de los dominicanos y de la prudencia que deben ejercer las futuras generaciones al momento de elegir a sus gobernantes, para evitar caer en el mismo error de otorgar el poder a quienes albergan mentalidades autoritarias.

[5] Sobre la noche del 30 de mayo del 1961, el regreso de Ramfis desde París y el desplome de la dictadura, Orlando Inoa, en su libro intitulado Breve historia dominicana, p. 233, expone lo siguiente: “Mientras el régimen trataba de reponerse, más de un complot se urdía contra la vida del dictador. Uno de ellos actuó con éxito la noche del 30 de mayo de 1961, cuando Trujillo cayó abatido a balazos en la autopista que conduce a San Cristóbal. Lo que parecía imposible a los ojos de los dominicanos, empezó a tomar cuerpo la noche de un martes que aparentaba terminar de forma bastante anodina (…) Al ocurrir el asesinato de Trujillo, en París era miércoles 31 de mayo y ya había salido el sol cuando Ramfis Trujillo, enterado por una llamada de teléfono de que algo grande había ocurrido en Ciudad Trujillo (en un principio pensó que su padre había muerto, no asesinado), se disponía a viajar lo más rápido posible. Ramfis y su comitiva llegaron a las siete de la noche (hora dominicana) del miércoles 31 de mayo. El hijo de Trujillo era secretario de Estado sin cartera y asesor técnico militar, dos cargos sin funciones ni importancia que su padre le había otorgado por si necesitaba una representación en Europa, adonde Ramfis se había ido a vivir el 8 de agosto de 1960 (…) Poco tiempo después, se trasladó a su oficina de la AMD, en la base aérea de San Isidro, tomó control del país y dispuso un funeral de Estado para su padre. Poco menos de seis meses después, Ramfis huyó del país (el 18 de noviembre) y la dictadura se desplomaba por completo, al menos en términos formales. Una nueva etapa se iniciaba en la historia dominicana”.

[6] Bernardo Vega, en un trabajo titulado La CIA y el complot para matar a Trujillo, publicado en ACENTO el 08 de abril de 2025, establece que, si desde el principio Washington no se hubiese involucrado para nada en la trama para matar a Trujillo, los sucesos del 30 de mayo no habrían cambiado.

[7] Mario Read Vittini, en su libro Trujillo de cerca, página 377 y siguientes, testimonia detalles sobre los hombres decididos que se aglutinaron alrededor de Antonio de la Maza y Juan Tomás Díaz, con los cuales, según afirma, tuvo -con casi todos- viejos y estrechos vínculos de amistad.

[8] En el periódico Hoy, del 04 de julio del 2015 salió publicado un trabajo especial de dicho medio de prensa, titulado El día que el dictador Trujillo intentó matar a Betancourt. En dicho escrito se indicó lo siguiente: “A eso de las 9:00 de la mañana del viernes 24 de junio de 1960, el vehículo de Betancourt, seguido de dignatarios y oficiales de seguridad, tomó la avenida de Los Próceres, en Caracas, para dirigirse a presenciar un desfile militar en ocasión del Día del Ejército y la conmemoración de la Batalla de Carabobo (…) Cuando el automóvil presidencial pasó junto a un carro Oldsmobile, color verde, una devastadora explosión hizo saltar por los aires el auto del ejecutivo venezolano y lo destruyó parcialmente. El mandatario resultó con quemaduras en ambos brazos, las manos y parte de la cara. En el atentado murieron el coronel Ramón Armas Pérez, jefe de la Casa Militar de la presidencia, y el asistente naval López Parra (…) El Gobierno de Venezuela solicitó una reunión urgente de la OEA, y como respuesta se designó una comisión especial compuesta por representantes de seis naciones, que encontró pruebas irrefutables que incriminaban a Trujillo en el intento de magnicidio. Asimismo, la OEA decidió a unanimidad celebrar una conferencia de ministros en San José, Costa Rica, que acordó la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales con la RD”.

[9] El historiador Juan Daniel Balcácer, en el trabajo previamente mencionado publicado en Diario Libre el 28 de mayo del 2025, titulado La gesta del 30 de mayo, rindió un merecido tributo a los héroes del 30 de mayo, en los siguientes términos: En vista de que el próximo viernes 30 de mayo el país conmemorará el 64 aniversario de la gloriosa gesta del 30 de Mayo, que hizo posible el nacimiento de la democracia que hoy disfrutamos los dominicanos, se impone que como tributo a la memoria de quienes sacrificaron sus vidas en aras de las libertades públicas, cedamos el espacio de esta columna para recordar y honrar los nombres de los principales actores en ese resonante hecho político. El grupo de Moca: Antonio de la Maza Vásquez, Antonio García Vásquez, Luis Manuel Cáceres Michel, Miguel Ángel Bissié Romero, Bienvenido García Vásquez, Pablo de la Maza Vásquez, Ernesto de la Maza Vásquez, Mario de la Maza Vásquez, Bolívar de la Maza Soto. El grupo político: Juan Tomás Díaz Quezada, Modesto Díaz Quezada, Miguel Ángel Báez Díaz, Pedro Livio Cedeño, Huáscar Tejeda Pimentel, Roberto Pastoriza Neret, Ángel Severo Cabral, Luis Amiama Tió, Manuel de Ovín Filpo, José René Román Fernández. El grupo de Salvador: Salvador Estrella Sadhalá, Antonio Imbert Barrera, Amado García Guerrero.

[10] En una publicación de ACENTO, el 30 de mayo del 2022, se expuso: “Los héroes del 30 de mayo”, así se le llamó al grupo de hombres valientes que mataron al tirano Rafael Leónidas Trujillo la noche del 30 de mayo. Conformaban el grupo el propio Antonio de la Maza, Antonio Imbert Barrera, Amado García Guerrero, Salvador Estrella Sadhalá, Huáscar Tejeda Pimentel, Pedro Livio Cedeño y Roberto Pastoriza (…) Aunque esos siete son los más mencionados, la historia recoge el nombre de otros héroes: Luis Amiama Tió, Luis Manuel Cáceres (Tunti)y los hermanos Modestoy Juan Tomás Díaz. Aquella noche, el Chevrolet azul de Trujillorecibió 70 impactos. El cuerpo del dictador recibió siete”.

[11] Según la RAE, tiranicidio es la muerte dada a un tirano: tiranicidio | Definición | Diccionario de la lengua española | RAE – ASALE

[12] En el periódico El Nacional, del 14 de septiembre del 2014, salió publicado, suscrito por dicho medio de prensa, un trabajo titulado Elecciones de 1962, en el cual se expone lo siguiente: “El Partido Revolucionario Dominicano, con el profesor Juan Bosch de candidato presidencial, ganó las elecciones del 20 de diciembre de 1962 al recibir 628,495 votos. Viriato Fiallo, candidato de la Unión Cívica Nacional, apenas alcanzó 315,877 sufragios favorables. Bosch ganó entre los segmentos conservadores y trujillistas al levantar el slogan de campaña “borrón y cuenta nueva”. Y es que los segmentos que ostentaron el poder político durante 31 años, con gran influencia en el electorado nacional, temían a que se les procese judicialmente por el cúmulo de abusos y sus grandes crímenes. Hábilmente, el candidato del PRD ganó también el apoyo de los estratos más pobres de la población al calificarlos como los “hijos de Machepa”. Y denominó “tutumpotes” a los ricos que poseían carros grandes, que, para la época, en su mayoría, eran vehículos americanos de alto cilindraje”.

[13] El 20 de mayo del 2021 el Poder Ejecutivo declaró, mediante decreto, el 30 de mayo como “Día de la Libertad”, en homenaje a la resistencia nacional y a las víctimas de asesinatos, de separaciones, torturas y abusos ejecutados durante la dictadura de Trujillo, cumpliendo así con un requerimiento que data desde el cuatro de diciembre de 1961, que lo hiciera por primera vez el abogado Eduardo Sánchez Cabral, mediante una carta pública enviada al presidente del Consejo de Estado, Joaquín Balaguer.

[14] Juan Francisco Puello Herrera, en su libro intitulado La libertad religiosa: perspectiva comparada y ámbito en la República Dominicana. El Concordato y Trujillo, p. 228, expone: “En los treinta y dos años que el dictador Trujillo estuvo al frente de su Gobierno contó siempre con el apoyo de la Iglesia Católica hasta que esta se negó a otorgarle el título de Benefactor de la Iglesia, que quería añadir a los de “Generalísimo”, “Benefactor de la Patria”, “Padre de la Patria Nueva”. De su lado, sobre esta frustrada obsesión de Trujillo por obtener el título de “Benefactor de la Iglesia”, Reynaldo Pérez Espinal, ex embajador y magister en Historia del Mundo Hispánico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, sostuvo lo siguiente en un artículo de opinión publicado el 2 de julio del 2022 en Acento: “En su enfermiza egolatría, para Trujillo era inconcebible que persona o institución alguna, se negase a cumplimentar, en servil actitud de complacencia, sus demandas y caprichos. No se podía desobedecer al “dios” impunemente, so pena de recibir como respuesta el rayo fulminante de su venganza (…) Una obsesión incoercible para el tirano fue la de poseer, en su infinita retahíla de honores, el título de “benefactor de la iglesia”. Ya desde el 16 de junio de 1955, tras conmemorarse el primer aniversario del Concordato establecido entre la Santa Sede y el Estado dominicano, el sacerdote claretiano Zenón Castillo de Aza, en resonante artículo titulado “Trujillo, Benefactor de la Iglesia”, había pedido para él, desde Roma, tan acariciado honor”. Finalmente, no fue concedida tal petición. El indicado autor transcribe el intercambio de cartas que hubo entre el monseñor Beras y Robles Toledano sobre este tema. Ver en línea: La frustrada obsesión de Trujillo por el título de Benefactor de la Iglesia | Acento

[15] READ VITTINI, Mario. Trujillo de cerca, p. 401.

[16] “Quien no aprende de las lecciones de su historia personal, envejece al margen de la experiencia” (HERNÁNDEZ MEJÍA, Edgardo. 73 pasos hacia la verdad absoluta, p. 12). Un pensamiento que aplica también a la memoria histórica de la Nación.  

La integridad judicial iberoamericana: pilar del porvenir justo y digno

Por.: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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Se explora cómo la integridad entre los poderes judiciales de Iberoamérica puede ser la clave para construir una justicia más humana, libre y solidaria. Una invitación a soñar —y actuar— por un porvenir justo y digno.

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Palabras clave

Justicia, integridad, independencia, dignidad, libertad, igualdad, solidaridad, ética, derechos humanos, cooperación, transparencia, imparcialidad, democracia, inclusión, compromiso.

Contenido

I.- Horizonte preliminar, II.- La integridad: más que una virtud, una necesidad democrática,III.- Una visión regional compartida: sinergias para una justicia transformadora,IV.- El porvenir de la justicia: ética, libertad e inclusión,V.- Conclusión.

I.- Horizonte preliminar

La XXII Cumbre Judicial Iberoamericana, celebrada en Santo Domingo en mayo de 2025, ha reafirmado un principio fundamental para la consolidación de las democracias en la región: la integridad del Poder Judicial como condición indispensable para alcanzar una justicia comprometida con la libertad, la igualdad, la solidaridad y la dignidad. Este compromiso, plasmado en la Declaración de Santo Domingo[1], no es solo una expresión de buena voluntad, sino un llamado urgente a la acción colectiva, donde la convergencia de principios, valores y buenas prácticas entre los países iberoamericanos se convierte en la ruta para transformar la justicia en un bien común accesible y confiable para todas las personas.

II.- La integridad: más que una virtud, una necesidad democrática

La integridad judicial no es una cualidad meramente moral; constituye el sustrato ético y funcional sobre el cual debe erigirse todo sistema de justicia democrático. Un poder judicial íntegro es aquel que actúa con independencia, transparencia, imparcialidad y responsabilidad, elementos que garantizan que la ley sea aplicada sin distorsiones ni favoritismos. En este sentido, la integridad es lo que otorga legitimidad a las decisiones judiciales, alimentando la confianza de la ciudadanía y fortaleciendo el pacto social.

En el contexto iberoamericano, donde persisten desigualdades estructurales, violencias, corrupción y presiones políticas, la integridad judicial debe ser una prioridad regional compartida. Solo mediante su defensa y promoción se puede proteger a jueces y juezas de injerencias indebidas, asegurando que el ejercicio de la función jurisdiccional sea libre de coacciones externas y orientado exclusivamente al cumplimiento del Derecho.

III.- Una visión regional compartida: sinergias para una justicia transformadora

El valor de trabajar juntos entre los poderes judiciales iberoamericanos radica en el poder transformador de la cooperación solidaria. La diversidad de contextos se convierte en riqueza cuando se articula una visión común, basada en productos axiológicos como el Estatuto del Juez Iberoamericano, la Carta de Derechos de las Personas ante la Justicia, el Código Iberoamericano de Ética Judicial, y otros documentos fundamentales que marcan un camino claro hacia la calidad, la equidad y la accesibilidad en la justicia.

La actualización del Mapa Judicial Iberoamericano y la adopción de nuevas tecnologías con enfoque humanista muestran cómo la región apuesta por una justicia moderna, centrada en las personas y alineada con los derechos humanos. Estas sinergias regionales, nutridas por el intercambio de experiencias, formación conjunta y evaluación de resultados, permiten a los Poderes Judiciales avanzar en bloque, evitando retrocesos que podrían surgir del aislamiento institucional.

IV.- El porvenir de la justicia: ética, libertad e inclusión

La Declaración de Santo Domingo ofrece un modelo de justicia con visión de futuro, donde cada principio –libertad, igualdad, solidaridad y dignidad– es más que un ideal: es una directriz de acción. En este modelo:

  • La libertad no se limita a la ausencia de coacción, sino que incluye el acceso efectivo a procesos judiciales justos.
  • La igualdad exige remover obstáculos estructurales y culturales que discriminan a las personas por género, condición social, etnia o discapacidad.
  • La solidaridad se manifiesta en la cooperación judicial internacional y la responsabilidad compartida ante desafíos globales como la migración, la violencia o el cambio climático.
  • La dignidad se sitúa como el fin último del sistema de justicia: proteger lo más humano de cada persona y comunidad.

V.- Conclusión: una justicia con rostro humano

La justicia iberoamericana tiene una oportunidad histórica para consolidarse como un modelo ético, inclusivo y resiliente, guiado por la integridad judicial como valor central. Cuando los Poderes Judiciales actúan con integridad y en armonía, construyen una justicia que honra su misión fundamental: ser garante de derechos, promotora de paz social y defensora de la dignidad humana.

Unidos por esta visión, los países iberoamericanos pueden ofrecer a sus pueblos una justicia que no solo resuelve conflictos, sino que transforma realidades. Así, el lema “Una justicia comprometida con la libertad, igualdad, solidaridad y dignidad” deja de ser una aspiración para convertirse en una realidad viva, nutrida por la convicción compartida de que solo con integridad, la justicia puede ser verdaderamente justa.


[1] Declaración de Santo Domingo Mayo 2025-CJI XXII FIRMADA-2.pdf

Cuando el debate construye: la obra de Froilán Tavares (hijo) en la mira nacional e internacional

Por.: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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Se examina el impacto y la vigencia de la obra de F. Tavares (hijo) “Elementos de derecho procesal civil dominicano”, destacando cómo las críticas —nacionales e internacionales— enriquecen su valor y resaltando que la defensa de esta obra por parte del reconocido jurista José Antonio Columna no solo refuerza su trascendencia, sino que confirma su lugar central en la formación y evolución del derecho procesal civil dominicano.

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Palabras clave

Froilán Tavares (hijo), derecho procesal civil, República Dominicana, elementos, crítica jurídica, José Antonio Columna, Franz Klein, sozialfunktion, proceso civil, doctrina procesal, influencia francesa, influencia italiana, Jaime Guasp, Alcalá-Zamora, pedagogía jurídica

Contenido

I.- Críticas y reconocimientos: el valor de “Elementos de derecho procesal civil dominicano” como ABC del derecho procesal en el país, II.- Una obra formativa, abierta a debate, III.- La importancia de la recepción crítica, IV.- El aporte de José Antonio Columna: recuperar y defender, V.- Conclusión

I.- Críticas y reconocimientos: el valor de “Elementos de derecho procesal civil dominicano” como ABC del derecho procesal en el país

El desarrollo doctrinal de una disciplina jurídica está profundamente vinculado a las obras que logran trascender su contexto inmediato para convertirse en puntos de referencia esenciales. En el caso del derecho procesal civil dominicano, resulta indiscutible que la obra Elementos de derecho procesal civil dominicano[1], del profesor Froilán Tavares (hijo), ha cumplido ese rol de forma ejemplar[2]. A lo largo de sus diversos tomos, dicha obra ha fungido como una herramienta de iniciación, sistematización y reflexión crítica sobre nuestro modelo procesal, ganándose justamente el calificativo de ABC de esta disciplina en el país[3].

Lo que distingue a una obra fundamental no es únicamente su aceptación, sino también su capacidad de generar debate, tanto en el ámbito nacional como internacional. En este sentido, Elementos de derecho procesal civil dominicano ha tenido el valor excepcional de provocar críticas, observaciones y elogios por parte de autores destacados, lo que confirma no solo su difusión, sino su relevancia académica y jurídica más allá de las fronteras dominicanas.

II.- Una obra formativa, abierta a debate

Como su propio título lo sugiere, los “elementos” del derecho procesal civil a los que hace referencia Tavares (hijo) aluden a los fundamentos esenciales de esta rama del derecho. Se trata de una obra de carácter pedagógico, orientada a la formación de estudiantes, que parte del reconocimiento de una necesidad histórica: la carencia que existía en el país de un texto sistemático, didáctico y adaptado a la realidad del proceso civil dominicano.

Aun partiendo de esta intención formativa, la obra ha sido objeto de juicios diversos. Desde el elogio expresado por figuras de la talla del procesalista español Alcalá-Zamora y Castillo, quien consideró que con esta obra la República Dominicana contaba finalmente con un manual riguroso y útil para la enseñanza del procedimiento civil, hasta las críticas formuladas por otro destacado profesor español, Jaime Guasp, quien señaló que la obra adolecía de falta de profundidad, limitaciones bibliográficas y dependencia excesiva de la doctrina francesa[4].

Ambas posturas, aunque contrapuestas, enriquecen la comprensión de la obra. La crítica de Guasp, aunque cuestionada por su carácter parcial (al limitarse solo al tomo IV y no haber leído los anteriores), expone una preocupación legítima por el nivel de profundidad científica de las obras jurídicas. Sin embargo, también abre el espacio para reflexionar sobre los objetivos y los públicos a los que se dirigen los trabajos académicos. En el caso de Tavares (hijo), el énfasis estaba puesto en lo pedagógico, lo cual necesariamente condiciona la técnica y el lenguaje utilizado.

III.- La importancia de la recepción crítica

Lo verdaderamente significativo de esta discusión no es la unanimidad, sino la existencia misma del debate. Que una obra nacional sea objeto de análisis crítico por parte de referentes internacionales es, en sí mismo, un reconocimiento de su impacto y relevancia. Pocas obras jurídicas dominicanas han generado este tipo de atención y discusión, lo que reafirma que estamos ante un trabajo de fondo que ha tocado una fibra importante en el estudio del derecho procesal.

La crítica, lejos de desmerecer la obra, la posiciona en el centro del pensamiento procesal contemporáneo, haciendo posible su revisión, relectura y adaptación a nuevas realidades. Es justamente en este punto donde la figura del abogado dominicano José Antonio Columna cobra especial valor.

IV.- El aporte de José Antonio Columna: recuperar y defender

En su ensayo La sombra de Franz Klein en el enjuiciamiento civil[5], el doctor Columna retoma con vigor la defensa de la obra de Tavares (hijo), no desde el sentimentalismo, sino desde el análisis doctrinal e histórico. Su enfoque permite redimensionar el aporte del profesor Tavares, no como un simple transcriptor de doctrina francesa, sino como un intelectual comprometido con la adaptación de esa doctrina al contexto dominicano, capaz de incorporar influencias de la tradición italiana y alemana, y de conceptualizar un modelo procesal más justo, eficaz y coherente con las aspiraciones del derecho moderno.

Además, Columna ofrece un enfoque comparativo e histórico al integrar la influencia del procesalista austriaco Franz Klein y su visión del proceso como instrumento de función social (sozialfunktion), mostrando que ya en la obra de Tavares (hijo) hay una aproximación a esos valores: rapidez, economía procesal, justicia y accesibilidad. Así, su obra trasciende lo descriptivo y alcanza una proyección de futuro que muchos de sus críticos pasaron por alto.

V.- Conclusión

En definitiva, Elementos de derecho procesal civil dominicano es y seguirá siendo un pilar fundacional del derecho procesal en la República Dominicana. Su clasificación como el ABC del proceso civil no es una simple etiqueta, sino el reconocimiento a su función como obra de referencia formativa y conceptual. La existencia de críticas —constructivas o no, internas o externas— es un signo de vitalidad intelectual, no de debilidad.

Que figuras como José Antonio Columna se hayan ocupado de su estudio y defensa demuestra que estamos ante una obra viva, capaz de seguir dialogando con los tiempos y de generar nuevas interpretaciones. Por tanto, más que optar por una defensa cerrada o una crítica descontextualizada, el verdadero valor de la obra del profesor Tavares (hijo) radica en su capacidad de seguir inspirando la reflexión procesal y en su papel central como puente entre la tradición jurídica continental y la realidad procesal dominicana. Y cuando, como inevitablemente sucederá, nuestro esquema procesal experimente una transformación, esta obra continuará vigente, pues ofrece la aproximación necesaria —enmarcada en su contexto histórico— para fomentar una reflexión académica profunda sobre la cuestión procesal en nuestro país.


[1] Escribimos adrede el título de este libro con mayúscula solamente en la primera palabra, siguiendo los consejos de ortografía de FUNDÉU, que explica que, en español, distinto al inglés, los títulos de obras solamente llevan mayúscula inicial en la primera palabra, a menos que el título contenga un nombre propio que, por su naturaleza, deba llevar mayúscula también. Ver en línea: títulos, escritura correcta | FundéuRAE

[2] Sus hijos José A. Tavares Cross y Margarita A. Tavares, quien fuera jueza de la Suprema Corte de Justicia durante la gestión del Dr. Jorge A. Subero Isa, revisaron la obra de su padre y han logrado que siga siendo referencia obligada en la literatura jurídica del país.

[3] Y no solamente en el plano de derecho común, también es consultada en materias que se rigen supletoriamente del derecho común, como la inmobiliaria. Doy fe de que Elementos de derecho procesal civil dominicano, sobre todo los tomos I, II y III, de introducción procesal, el proceso y la sentencia, y los recursos, es de uso recurrente también en la Jurisdicción Inmobiliaria, en la cual el principio VIII y del párrafo II del artículo 3 de la Ley núm. 108-05, de Registro Inmobiliario, prevén el carácter supletorio del derecho común, expresamente.  

[4] Cfr COLUMNA, José Antonio. La sombra de Franz Klein en el enjuiciamiento civil, pp. 20-25.

[5] Este trabajo constituye un ensayo sobre la influencia de la sozialfunktion del proceso civil, tomando como principal referente al doctor Franz Klein. Se analiza cómo dicha concepción ha orientado la evolución hacia un modelo de enjuiciamiento caracterizado por su celeridad, simplicidad, economía y accesibilidad universal, desplazando la visión tradicional del proceso como mero instrumento para la solución de conflictos, en favor de uno centrado en la obtención de decisiones justas. Asimismo, se examinan los diversos intentos de reforma del proceso civil en la República Dominicana, a la luz de estos principios.

La Revolución de 1857 y la Constitución de Moca: causas, consecuencias y lecciones para la democracia dominicana

Por.: Yoaldo Hernández Perera

Resumen

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Se analiza la Revolución de 1857 en Santiago de los Caballeros, impulsada por el rechazo al gobierno autoritario de Buenaventura Báez. Examinando cómo este movimiento dio lugar a la Constitución liberal de Moca de 1858, que consagró derechos como la libertad de expresión, el voto directo y el gobierno civil. Aunque el proyecto fue frustrado, se destacan las lecciones clave sobre la importancia de la democracia, el respeto a las libertades y la necesidad de limitar el poder absoluto.

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Palabras clave

Revolución, autoritarismo, democracia, Cibao, Buenaventura Báez, José Desiderio Valverde, Benigno Filomeno Rojas, Constitución, Moca, libertades, voto, derechos, gobierno civil, participación.

Contenido

I.- Aproximación a la temática histórica, II.- Causas de la Revolución de 1857, III.- La Constitución de Moca: un proyecto liberal,IV.- La frustración del proyecto y la lección histórica, V.- Conclusión

I.- Aproximación a la temática histórica

La historia política de la República Dominicana ha estado marcada por luchas entre tendencias autoritarias y aspiraciones democráticas[1]. Uno de los episodios más representativos de esta tensión fue la Revolución del 7 de julio de 1857, un levantamiento cívico-militar liderado desde Santiago de los Caballeros con el propósito de derrocar el gobierno del presidente Buenaventura Báez.

Este movimiento dio origen a un Gobierno Provisional en el Cibao y, eventualmente, a la Constitución liberal de Moca de 1858. Aunque la revolución fue finalmente frustrada por el regreso del caudillo Pedro Santana, su legado constitucional y sus ideales democráticos ofrecen valiosas enseñanzas para la historia institucional del país y para la preservación de la democracia en la actualidad.

Moya Pons, sobre este episodio de nuestra historia, ha sostenido que en la noche del 7 de julio de 1857 se reunieron en la Fortaleza de Santiago los principales hombres de armas de la ciudad, acompañados por los más importantes, comerciantes, propietarios e intelectuales de la región y, en vista de las recientes medidas monetarias lanzaron un manifiesto declarando su propósito de “sacudir el yugo del Gobierno del señore Báez, al cual desconocen desde ahora y se declaran gobernados (hasta que un Congreso, elegido por voto directo, constituya nuevos poderes) por un gobierno Provisional, con su asiento en la ciudad de Santiago de los Caballeros”. El gobierno se instaló inmediatamente y se nombró presidente al general José Desiderio Valverde y vicepresidente al abogado Benigno Filomeno Rojas, quienes, a la vez que recibieron el inmediato respaldo de casi todos los habitantes de las provincias del Cibao, organizaron un movimiento armado con el propósito de marchar hacia la ciudad de Santo Domingo para derrocar al presidente Báez, que se disponía a resistir la revolución amparado tras las murallas de la ciudad y reforzado con los cientos de miles de dólares en oro y en tabaco que sus agentes habían estafado a los cibaeños en las semanas anteriores.

Y continúa diciendo el referido historiador que le Gobierno de Santiago puso las tropas revolucionarias bajo el mando del general Juan Luis Franco Bidó, y en pocos días cercaron la capital, comenzando así la guerra civil. Con los recursos que tenía a su disposición, Báez no podía ser desalojado fácilmente de la capital, y sintiéndose animado por la resistencia que las fuerzas leales al gobierno opusieron a la revolución en las ciudades de Samaná y Higüey, los baecistas se dispusieron a resistir tratando de romper el cerco que los asediaba. Frente al poder que demostró Báez desde los mismos comienzos de la guerra, pues el gobierno de la capital utilizó los recursos que tenían para imponer armas y provisiones desde Curazao y Saint Thomas, el gobierno cibaeño dictó un decreto de amnistía en favor del general Pedro Santana y de sus partidarios que se encontraban en el exilio, permitiéndoles regresar por los puertos de Monte Cristi y Puerto Plata para ponerse al servicio de la revolución[2].

Tras su regreso, Santana formó un nuevo ejército y asumió el liderazgo militar de la Revolución el 18 de septiembre de 1857. La guerra, que duró casi un año y fue bien sangrienta, llevó a la emisión de papel moneda por ambos gobiernos —Santo Domingo y el Cibao—lo que precipitó la bancarrota nacional. En medio de este caos, el gobierno cibaeño promovió una nueva Constitución para sustituir la autoritaria de 1854 y dar al país un régimen verdaderamente representativo. El 25 de septiembre se convocaron elecciones, y la elección de intelectuales como diputados reflejó el vigor democrático del Cibao.

La Constitución, proclamada en Moca el 19 de febrero de 1858[3], abolió la pena de muerte por motivos políticos, garantizó libertades fundamentales, y estableció un gobierno civil, electivo y responsable. Prohibió la reelección presidencial inmediata, separó el poder militar del civil, y fijó la capital en Santiago. El general Valverde fue ratificado como presidente.

Santana, opuesto al texto liberal, reorganizó su poder y, tras el exilio de Báez, desmanteló la obra del Cibao, restableciendo la Constitución de 1854. Aunque hubo resistencia, el poder militar de Santana prevaleció. El gobierno del Cibao cayó en septiembre de 1858, y con él, la Constitución de Moca.

 II.- Causas de la Revolución de 1857

La principal causa de esta revolución fue el descontento generalizado con el régimen autoritario de Buenaventura Báez, quien gobernaba con el respaldo de una constitución conservadora que limitaba los derechos ciudadanos y concentraba el poder en el Ejecutivo. Los sectores del Cibao, en especial los productores de tabaco, comerciantes y profesionales, se sintieron marginados económica y políticamente[4]. Estos sectores aspiraban a un gobierno más liberal, democrático y representativo, en contraposición al centralismo y la represión política de Báez.

El estallido revolucionario en Santiago no solo fue una manifestación de desobediencia política, sino también una expresión clara del deseo de transformación institucional. El nombramiento del general José Desiderio Valverde como presidente del Gobierno Provisional y de Benigno Filomeno Rojas como vicepresidente reflejó el liderazgo de figuras comprometidas con la causa liberal y el respaldo de importantes sectores del Cibao.

III.- La Constitución de Moca: un proyecto liberal

La Revolución del Cibao culminó con la proclamación de la Constitución de Moca el 19 de febrero de 1858, uno de los textos más progresistas de la historia constitucional dominicana. Esta constitución estableció una serie de derechos fundamentales que incluían:

  • La libertad de expresión
  • El libre tránsito
  • La libertad de reunión pacífica
  • La abolición de la pena de muerte por motivos políticos
  • La no reelección presidencial consecutiva
  • La elección directa y secreta de los representantes del pueblo

Además, reafirmó el principio de que el gobierno debía ser civil, popular, representativo y electivo, y subordinó las Fuerzas Armadas al poder civil, eliminando su influencia deliberativa. También restableció el Poder Municipal, avanzando hacia una descentralización del poder que fortalecía la democracia local.

Estas reformas demostraban una clara intención de construir un régimen político basado en la libertad, la participación ciudadana y el respeto a los derechos humanos, en abierta oposición al modelo caudillista imperante[5].

IV.- La frustración del proyecto y la lección histórica

Pese al éxito inicial, la revolución fue eventualmente frustrada por el regreso al poder del general Pedro Santana en 1858, quien desconoció la Constitución de Moca y reinstauró la autoritaria Constitución de 1854. Esto supuso un retroceso institucional y la anulación de los logros obtenidos por el movimiento liberal del Cibao.

Esta reversión autoritaria evidencia la fragilidad institucional de la joven república y la dificultad de sostener un proyecto democrático sin una cultura política sólida que respalde sus principios. Sin embargo, el legado del movimiento de 1857-1858 no fue en vano: sembró las bases del pensamiento liberal dominicano y dejó una huella imborrable en la lucha por los derechos civiles y la democracia.

V.- Conclusión

La Revolución de 1857 y la Constitución de Moca representan un momento clave en la historia política dominicana, en el que se intentó fundar un modelo de gobierno justo, participativo y respetuoso de las libertades fundamentales. Aunque ese esfuerzo fue truncado por el retorno del autoritarismo, su ejemplo sigue siendo una fuente de inspiración para las generaciones futuras.

Las lecciones que ofrece este episodio son claras: la concentración de poder, la represión de las libertades y la exclusión política generan inestabilidad y resistencia. Por ello, es imprescindible defender con firmeza el Estado de derecho, garantizar elecciones libres y fortalecer las instituciones democráticas. Solo así se podrá evitar que la historia vuelva a repetir los errores del pasado y asegurar un futuro de libertad y justicia para todos los dominicanos.


[1] El historiador Roberto Cassá, en el marco de las ideologías políticas que han gravitado en nuestro país a lo largo de nuestra historia, publicó un interesante trabajo titulado El Estado dominicano en manos del grupo conservador, en el que expone, en suma, cómo el Estado dominicano fue moldeado por el grupo conservador tras la independencia, bajo el liderazgo autoritario de Santana, combinando intentos de institucionalización con prácticas dictatoriales, en un contexto de tensiones entre anexionismo y nacionalismo, conservadurismo y liberalismo moderado. Ver en línea: El-Estado-dominicano-en-manos-del-grupo-conservador-por-Roberto-Cassa.pdf

[2] MOYA PONS, Frank. Manual de historia dominicana, edición 16, pp. 316-317.

[3] JORGE PRATS, en su libro titulado Derecho constitucional, vol. I, 5ta. edición, p. 77, sostiene que el carácter marcadamente presidencialista y autoritario del Estado forzó al constitucionalismo a luchar por la limitación del poder del Estado por excelencia: el Poder Ejecutivo. Concentrándose dicha lucha en restringir los poderes del ejecutivo al tiempo de reforzar las prerrogativas y la independencia de los demás poderes del Estado, siendo la Constitución de Moca, de 1858, un hito en dicho proceso histórico de la limitación del poder, iniciado en 1844; señalando el referido autor que un momento culminante de dicho proceso fue la reforma constitucional del 1994, que previó la prohibición de la reelección presidencial y la inamovilidad de los jueces, que son dos anhelos históricos del constitucionalismo liberal dominicano.

[4] Sobre la ruina de comerciantes y agricultores cibaeños durante el gobierno de Báez, MOYA PONS, en su libro previamente citado, titulado Manual de historia dominicana, página 316, sostiene lo siguiente: “Con esta ruinosa operación -refiriéndose al fraude monetario de mayo del 1857- consiguió Báez cuatro cosas: primero, dar un golpe mortal a los propietarios cibaeños, que nunca le habían sido afectados desde que en 1849, él había introducido en el Congreso un proyecto de monopolio del tabaco para administrarlo él a través de unos socios franceses que él propuso al gobierno para el otorgamiento de un empréstito; segundo, proporcionar a sus allegados políticos la amanera de improvisar un pequeño capital a poca costa; tercero, reunir en oro la suma de cincuenta mil pesos que se hizo dar en compensación de los perjuicios inferidos a sus propiedades; y cuarto, tener en las cajas nacionales fondos bastantes para hacer frente a la revolución que veía ya venirle encima. Y, efectivamente, tal como se ha expuesto más arriba, en la noche del 7 de julio de 1857 se produjo el Gobierno Provisional en Santiago.

[5] En el periódico Diario Libre, del 07 de julio del 201, se publicó, suscrito por dicho medio, que -en apretada síntesis- La Constitución de Moca (1858) fue la más democrática del siglo XIX en la República Dominicana y un referente del pensamiento liberal de la época. Abolió la pena de muerte por razones políticas, instauró el sufragio directo, consagró derechos y libertades ciudadanas, limitó el poder presidencial y separó el poder civil del militar. Fijó la capital en Santiago y reorganizó el país en tres departamentos con administración descentralizada. También eliminó privilegios feudales de la Iglesia y la aristocracia. Aunque duró poco, su influencia marcó un hito en la historia constitucional dominicana.